Los 100.000 muertos de Estados Unidos: así ha fracasado el país más poderoso del mundo
Por: El País
Mayo 2020
Fotografia: EFE/Reuters

 

Una de las im√°genes m√°s elocuentes de esta crisis la ofreci√≥ un s√°bado a finales de marzo el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, cuando acudi√≥ a la sede de la ONU a recoger un lote de 250.000 mascarillas donadas por el organismo porque la todopoderosa ciudad de los rascacielos, s√≠mbolo de riqueza en el pa√≠s m√°s rico del mundo, no ten√≠a suficientes -ni mascarillas, ni respiradores, ni camas de hospital- para la ola de enfermos de covid-19 que se avecinaba. El conocido como paciente cero en Estados Unidos se present√≥ el 21 de enero en un hospital de Seattle con algo de fiebre. El primer fallecido, una mujer de 60 a√Īos de California, se produjo el 6 de febrero. A partir de ah√≠, un c√ļmulo de errores, alertas ignoradas y nuevas y viejas carencias han llevado al desastre sin que una de las comunidades cient√≠ficas m√°s robustas del planeta lo haya podido evitar.

Estados Unidos est√° a punto de alcanzar los 100.000 muertos por coronavirus (llevaba 98.493 a media tarde del martes, seg√ļn el recuento de la Universidad Johns Hopkins), lejos de los 60.000 que la Administraci√≥n calcul√≥ en sus pron√≥sticos m√°s optimistas o de los 58.000 ca√≠dos en la Guerra de Vietnam, un trauma grabado en el imaginario colectivo estadounidense como vara de medir las tragedias. M√°s de 1,6 millones han dado positivo en pruebas de diagn√≥stico. En un pa√≠s con 330 millones de habitantes, la ratio de mortalidad nacional es muy inferior a la de Espa√Īa, pero territorios muy castigados como Nueva York distorsionan la foto.

La pandemia ha retratado la brecha racial y social del país, atacando con más dureza a los pobres y las minorías, y reflejado el repliegue internacional de Estados Unidos. Donald Trump ha comparado este desafío con la Segunda Guerra Mundial, pero Estados Unidos salió de ese conflicto robustecido como líder global, como un guardián mundial de las libertades. Esta vez, mientras acelera en la carrera mundial por la vacuna, no ha podido mucho más que ayudarse sí mismo.

Alertas desde el primer día

La Administración Trump fue informada desde que llegó a la Casa Blanca de que una pandemia de esta gravedad era una amenaza muy real. No solo no preparó la respuesta, sino que redujo los medios personales y materiales para enfrentarse a ella.

El 13 de enero de 2017, siete días antes de la toma de posesión de Trump como presidente, el equipo saliente de Barack Obama informa al equipo entrante, en el ejercicio habitual de transición, del riesgo de que la gripe aviar H9N2 se convirtiera en "la peor pandemia de gripe desde 1918". Se informa de posibles desafíos como la escasez de respiradores y de la necesidad "primordial" de una respuesta nacional coordinada. En abril de 2018, al convertirse en consejero de Seguridad Nacional, John Bolton despide a Timothy Ziemer, encargado de liderar la respuesta de la Casa Blanca a una pandemia. No es reemplazado y su equipo queda diseminado. Su abrupto despido significa que ya no hay un alto cargo encargado en exclusiva de la seguridad sanitaria global.

El 9 de febrero de 2018 el presidente firma una ley que recorta 1.350 millones de d√≥lares en financiaci√≥n para 10 a√Īos a los Centros para el Control y Prevenci√≥n de Enfermedades (CDC). En septiembre de 2018 el Departamento de Salud y Servicios Humanos desv√≠a 266 millones de d√≥lares de financiaci√≥n de los CDC para destinarlos al programa de detenci√≥n de ni√Īos inmigrantes.

El primer caso de la covid-19 emerge en la provincia china de Hubei el 17 de noviembre de 2019. Para finales de ese mes, las agencias de inteligencia estadounidenses, que llevaban al menos tres a√Īos advirtiendo de la "gran amenaza" de una pandemia, alertan de una enfermedad "catacl√≠smica" y "fuera de control". En enero, el jefe de la Agencia de Alimentos y Medicaci√≥n (FDA), Stephen Hahn, pregunta al Departamento de Salud si puede empezar a contactar a las empresas sobre el abastecimiento de equipamiento de protecci√≥n personal. Le dicen que no. Le responden, seg√ļn The Wall Street Journal, que eso podr√≠a alarmar a la industria y hacer que pareciera que la Administraci√≥n no estaba preparada.

El 18 de enero Alex Azar, secretario de Salud, intenta hablar por primera vez a Trump de la epidemia. Mantienen una conversación telefónica, pero el presidente quiere hablar de cigarrillos electrónicos (Estados Unidos acababa de prohibir los de sabores) y no del coronavirus. El mismo día, Rick Bright, director de la Autoridad de Investigación y Desarrollo Avanzado Biomédico, hoy apartado por Trump, pide que se ponga en marcha un grupo coordinado de respuesta al coronavirus. Le dicen que no creen que sea urgente.

El 30 de enero la OMS declara que el brote de coronavirus es un emergencia de salud p√ļblica internacional. Tres d√≠as m√°s tarde Trump restringe la entrada al pa√≠s desde China. Un mes despu√©s, el 11 de marzo, los viajes desde Europa. Ese d√≠a la OMS declara el brote pandemia global.

 

Los CDC rechazan utilizar las pruebas de diagn√≥stico de la OMS, y deciden fabricar una propia, que finalmente resultar√≠a defectuosa, lo que produce un grave retraso en la capacidad inicial de realizar test. Para mediados de febrero, el equipo de salud p√ļblica tiene claro que habr√≠a que cerrar colegios y negocios en puntos calientes, y que el Gobierno deber√≠a recomendar la distancia f√≠sica y el teletrabajo. Pero tardan tres semanas en convencer al presidente de las terribles consecuencias de no actuar r√°pido. El 13 de marzo el presidente Trump declara la emergencia nacional.

El Trump más estrambótico y aislado

El votante medio de Donald Trump ha desdramatizado las bufonadas del presidente, concepto que engloba desde los insultos p√ļblicos contra otros l√≠deres mundiales a los fotomontajes en redes sociales o las peleas constantes con periodistas. Claro que no les gustan, dicen, ojal√° no tuitease, pero, debajo de toda esa pirotecnia, resaltan, no hay m√°s que un republicano bajando impuestos, nombrando jueces conservadores en el Tribunal Supremo y reduciendo la inmigraci√≥n irregular. Cuando el histri√≥nico Trump, un magnate convertido en showman televisivo, gan√≥ las elecciones, proliferaron an√°lisis y debates sobre si el sistema estadounidense, con sus s√≥lidas agencias e instituciones, contrarrestar√≠an las extravagancias del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

¬ŅQu√© efectos reales tiene que el presidente use una imagen con gui√Īos a la serie Juego de tronos para amenazar con sanciones a Ir√°n? ¬ŅCu√°nto importa que llame "d√©bil" y "falso" al primer ministro de Canad√° en Twitter? ¬ŅQue defina sus ruedas de prensa como conciertos de rock? ¬ŅCu√°les son los riesgos reales del estrambote?

La pregunta se respondi√≥ definitivamente el 23 de abril, cuando en medio de la peor pandemia en un siglo, con m√°s de 23.000 estadounidenses muertos, el presidente sugiri√≥ en rueda de prensa utilizar inyecciones de desinfectante para matar el virus. "Veo el desinfectante, que lo deja KO en un minuto, ¬Ņhay alguna manera de que podamos hacer algo as√≠ mediante una inyecci√≥n? Porque ves que entra en los pulmones y hace un da√Īo tremendo en los pulmones, as√≠ que ser√≠a interesante probarlo", afirm√≥. Dos d√≠as despu√©s, asegur√≥ que estaba siendo sarc√°stico. Las autoridades de emergencias del Estado de Maryland tuvieron que enviar una alerta a los ciudadanos pidi√©ndoles que no bebieran desinfectante. Hab√≠an recibido m√°s de 100 llamadas preguntando sobre su posible consumo como tratamiento.

Trump se instal√≥ en la negaci√≥n durante semanas, rest√≥ gravedad a la covid-19, lleg√≥ a decir que desaparecer√≠a como "un milagro" (27 de febrero) y la equipar√≥ con la gripe com√ļn (9 de marzo). Luego, entr√≥ en combusti√≥n. A lo largo de dos meses, ha dado informaci√≥n err√≥nea sobre las vacunas y sobre los tratamientos y ha contravenido p√ļblicamente a todos sus expertos y sus propias recomendaciones oficiales, como cuando anim√≥ a reabrir el pa√≠s el Domingo de Pascua, cuando azuz√≥ las manifestaciones m√°s agresivas contra el confinamiento y cuando asegur√≥ que no pensaba usar mascarilla. Ha agudizado sus ataques a la prensa y a los dem√≥cratas. La semana pasada, en uno de los episodios m√°s estramb√≥ticos de la crisis, se despach√≥ con que est√° tomando de forma preventiva hidroxicloroquina, un antipal√ļdico desaconsejado por su propio Gobierno fuera de ensayos cl√≠nicos y entornos hospitalarios por todos los riesgos que conlleva. Y que lo estaba tomando, sin estar enfermo, pues hasta ahora ha dado siempre negativo en la prueba del coronavirus. D√≠as despu√©s, la OMS suspendi√≥ los ensayos cl√≠nicos de hidroxicloroquina por "precauci√≥n".

En el momento más grave que ha enfrentado un presidente de Estados Unidos en varias generaciones, Trump se ha embebido de sí mismo. Durante semanas, desoyó a los técnicos y se encerró en su círculo de confianza, en el que su yerno, Jared Kushner, ocupa una posición principal. La crisis no ha servido para moderarle ni rectificar su giro aislacionista, su rechazo visceral a los organismos multilterales. Al contrario, ha suspendido la financiación de la Organización Mundial de la Salud, a la que acusa de actuar al dictado de China, ha respondido a la mala gestión de Pekín agitando teorías sin base sobre el origen del virus y ha criticado la falta de previsión de Europa. Ahora, enfatiza la proximidad de una vacuna. También el gigante asiático lo hace. Es en esta carrera por la vacuna en lo que Washington puede recuperar el terreno internacional perdido.

El desastre de Nueva York

"No aprobar√© una orden de quedarse en casa, eso asusta a la gente (...) El miedo, el p√°nico es un problema mayor que el virus". El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, rechazaba con esta contundencia las medida de confinamiento el 18 de marzo en declaraciones al podcast diario de The New York Times, cuando Estados Unidos cumpl√≠a su quinto d√≠a bajo la declaraci√≥n de emergencia, los vetos a los viajeros de Europa llevaban m√°s de una semana en vigor y los primeros territorios afectados por el brote, como California, ya hab√≠an ordenado el cierre de negocios no esenciales. Para entonces, el Estado de Nueva York ya era el epicentro de la pandemia en el pa√≠s. Hoy, supera en fallecidos a Espa√Īa, pese a contar con menos de la mitad de la poblaci√≥n.

En el relato de la pandemia en la primera potencial mundial, Nueva York requiere un cap√≠tulo aparte, no solo por lo voluminoso de las cifras -concentra una de cada tres muertes de todo el pa√≠s-, sino porque sintetiza como pocos los pecados en muchas naciones: la infravaloraci√≥n de los riesgos, las consecuencias de un sistema p√ļblico diezmado, luchas pol√≠ticas intestinas y la posterior dispersi√≥n de culpas por doquier. Que el dem√≥crata Cuomo haya vivido en esta crisis el m√°ximo hist√≥rico de popularidad muestra c√≥mo una buena comunicaci√≥n y la comparaci√≥n con un l√≠der nacional como Donald Trump puede embellecer una gesti√≥n con sonados errores.

La negativa de Cuomo al confinamiento obligatorio serv√≠a tambi√©n para enmendar la plana a su viejo enemigo pol√≠tico, el tambi√©n dem√≥crata Bill de Blasio, alcalde de Nueva York, que llevaba varios d√≠as defendiendo este tipo de medidas. El 17 de marzo los seis condados de la bah√≠a de San Francisco ya hab√≠an declarado una cuarentena obligatoria y el 19 se hab√≠a hecho extensiva a toda California. El 22, Cuomo cerr√≥ tambi√©n. El virus hab√≠a dado se√Īales de vida primero en la costa oeste, pero en Nueva York los casos empezaron a duplicarse cada dos o tres d√≠as y hoy tiene 10 veces m√°s fallecidos.

No hay un c√°lculo sobre el ahorro de da√Īos que hubiese supuesto esa semana de retraso. A la ciudad de Nueva York tambi√©n le perjudic√≥ la mayor densidad de poblaci√≥n y un estilo de vida que favorece los contagios, con millones de personas abarrotando el transporte p√ļblico y coincidiendo en peque√Īos comercios de barrio. La covid-19 hab√≠a empezado a llegar a la ciudad durante los meses de enero y febrero procedente de viajeros llegados de Europa principalmente, como han coincidido las autoridades e informes de cient√≠ficos publicados en abril.

Los hospitales de los barrios m√°s pobres de la ciudad de Nueva York, que han sufrido con diferencia los zarpazos m√°s duros del coronavirus, tuvieron dificultades para lograr respiradores y equipamiento necesario cuando recibieron, el 19 de marzo, la noticia de que iban a perder fondos p√ļblicos. Un panel promovido por Cuomo hab√≠a decidido un recorte de 400 millones de d√≥lares para Medicaid (la cobertura sanitaria de los desfavorecidos) y, pese a los llamamiento de los legisladores a rectificar, sigui√≥ adelante alegando que contar√≠a con la ayuda del rescate global aprobado por el Congreso de EE UU.

El 25 de marzo, aprob√≥ una directiva especialmente pol√©mica, con la cual miles de pacientes en recuperaci√≥n de la covid-19 fueron trasladados a residencias de ancianos, los mismos lugares que √©l mismo hab√≠a definido como "terreno abonado para el virus". Un recuento de Associated Press se√Īala que al menos 4.500 enfermos fueron enviados a estos centros, donde se han producido 5.800 muertos, m√°s que en ning√ļn otro Estado. El gobernador revirti√≥ la orden el 11 de mayo.

La err√°tica pol√≠tica de Trump y el d√©ficit de equipamiento en el √°mbito nacional tambi√©n ha marcado la crisis de Nueva York. Hace unos d√≠as, sin embargo, cuando Cuomo fue inquirido por su propia desatenci√≥n en los primeros compases de la pandemia, culp√≥ a medio mundo, incluida la prensa: "Los gobernadores no nos dedicamos a las pandemias globales, pero hay toda una comunidad m√©dica nacional e internacional que s√≠", dijo, para continuar: "¬ŅD√≥nde estaban todos los expertos? ¬ŅD√≥nde estaban The New York Times, The Wall Street Journal?".

La guerra de los gobernadores

La pandemia ha sacado a relucir como pocas otras crisis anteriores la naturaleza federal de Estados Unidos. Trump ha permitido a los gobernadores de los Estados recuperar un m√ļsculo ejecutivo que hab√≠a estado atrofi√°ndose durante d√©cadas de acumulaci√≥n de poder por parte de los presidentes. As√≠, los Estados se han convertido en inesperado contrapeso del Ejecutivo federal y, como dec√≠a Cuomo, los gobernadores se han visto obligados a enfrentarse a una devastadora crisis global que nunca se habr√≠an imaginado que entrar√≠a en sus competencias.

La falta de una estrategia federal coordinada y eficaz ha dado lugar a batallas abiertas en los Estados por conseguir material médico, adentrándose, cada uno a su suerte, en un enloquecido mercado global. "Me di cuenta de que tendríamos que montar, en nuestro centro operativo de emergencias estatal, una oficina de compras que iba a competir con el mundo", dijo la demócrata Gretschen Whitmer, gobernadora de Michigan, tras una videoconferencia con otros gobernadores en la que la Casa Blanca les indicó que deberían buscar material médico por su cuenta. "Es una locura", dijo el gobernador de Washington, el demócrata Jay Inslee, "es como estar en la Segunda Guerra Mundial y que el Gobierno federal no fabrique las botas".

Han competido entre ellos y tambi√©n con la propia Administraci√≥n federal. El gobernador de Maryland, el republicano Larry Hogan, lleg√≥ a decir que ten√≠a miles de pruebas de diagn√≥stico guardadas "en un lugar no revelado", en parte porque no quer√≠a que las confiscara la administraci√≥n Trump. En plena campa√Īa electoral, han aflorado las cr√≠ticas de que la Administraci√≥n federal favorec√≠a a aquellos Estados en manos republicanas. Y esta batalla librada por cada Estado, sin unos protocolos o directrices federales bien marcados, ha llevado a diferentes evaluaciones de la gravedad de la situaci√≥n, deficiencias en el recuento de casos, y hasta a medidas de cierre de fronteras internas y episodios de agresividad de los vecinos de un Estado contra los visitantes de otros.

En la desescalada cada uno va por su lado, ignorando en muchos casos las directrices publicadas en el ámbito federal, aunque han forjado alianzas para decidir la mejor manera de reabrir sus economías y han construido sistemas para estudiar cómo responder a rebrotes y futuras pandemias. Todo, entre presiones de un presidente Trump con prisa por la reapertura. Con elecciones en noviembre, urge reactivar una economía que constituía su principal argumento para la reelección. Y animar a la vuelta a la normalidad desde Twitter es fácil, cuando son los gobernadores los que deberán responder de las decisiones que tomen.

Trump ha dicho que su autoridad como presidente "es total", pero a la hora de la verdad ha dejado a los gobernadores el peso de la responsabilidad. Son ellos los que imponen las restricciones y las levantan. Y en los sondeos, sus respuestas a la pandemia salen mejor valoradas que la del presidente. La actitud de Trump, explicó la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Kayleigh McEnany, demuestra su compromiso con el federalismo. Otros creen que es una estrategia para eludir la responsabilidad.

 

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