El día en que Sinaloa vio despertar a la bestia de la que es presa
Por: El País
Octubre 2019
Fotografia: Gladys Serrano/El País

Eran las 14.45 de la tarde del jueves 17 de octubre cuando Culiac√°n vio despertar a la bestia con la que convive desde hace d√©cadas: el cartel de Sinaloa. Se hab√≠a dicho que ese animal estaba adormilado, afectado y disminuido tras las disputas en su c√ļpula y la anulaci√≥n de uno de sus l√≠deres hist√≥ricos, Joaqu√≠n El Chapo Guzm√°n. La bestia, acorralada, mostr√≥ los dientes en un despliegue de fuerza nunca antes visto en su cuna. Las calles de la capital se convirtieron en un campo de batalla. Soldados fueron retenidos por narcotraficantes en las carreteras y sus familias amenazadas por delincuentes. Medio centenar de presos escap√≥ de la prisi√≥n local para sumarse al caos que dej√≥ desierta una de las principales ciudades del noroeste mexicano por m√°s de 24 horas. La bestia de Sinaloa goza de una salud menospreciada por el Estado mexicano.

"Nunca nos hab√≠an faltado al respeto. Nos dijeron 'yo controlo' ¬ŅY qu√© puede hacer uno?", se pregunta Ana F√©lix, due√Īa de una panader√≠a artesanal en el centro de Culiac√°n. Supo que algo raro estaba pasando en su ciudad por la cara de terror de su empleada, que comenz√≥ a recibir v√≠deos de los tiroteos en su tel√©fono. Nunca imagin√≥ que la batalla iba en su direcci√≥n. Los soldados y militares cruzaban disparos de alto calibre a menos de dos cuadras de su restaurante. Era uno de los 14 tiroteos registrados la tarde del jueves. "Vimos a mucha gente corriendo. Baj√© las persianas, atrancamos las puertas con unas mesas y nos fuimos a la parte de atr√°s", relata.

F√©lix, como centenares de personas de Culiac√°n, pas√≥ la noche del jueves encerrada en su trabajo a la espera de que el terror terminara. Dio refugio a otras seis personas, cinco de ellas eran clientes. Les dio de cenar y puso una pel√≠cula para pensar en otra cosa. Cuando salieron, a las siete de la ma√Īana del viernes, atestiguaron un panorama que solo hab√≠an visto en ficciones b√©licas: tres coches quemados sobre el puente de la Obreg√≥n, un cuerpo tendido sobre el asfalto. "Era algo desolador. No hab√≠a ruidos ni nadie afuera de sus casas". Lo que m√°s la marc√≥ fue el penetrante olor a gasolina que flotaba en el ambiente. "Ol√≠a a miedo, ol√≠a a quemado, ol√≠a a muerte... Se me revolvi√≥ el est√≥mago con todo lo que vi", relata.

No solo los civiles vivieron en la indefensión. A 30 kilómetros de allí, sobre la carretera que conecta Culiacán con el puerto de Mazatlán, un grupo de narcotraficantes hizo un retén en la caseta de peaje de la localidad de Costa Rica. El punto es controlado por huestes de Ismael El Mayo Zambada, otro líder histórico del cartel y padrino de Ovidio Guzmán López, hijo de El Chapo. Los delincuentes se encontraron y retuvieron a un convoy de militares que escoltaba cisternas llenas de combustible. Los hombres armados sometieron y amarraron a 20 soldados (el Ejército solo reconoce a cinco retenidos). Los utilizaron como moneda de cambio por la liberación de Guzmán López, quien había sido detenido por autoridades para ser extraditado a Estados Unidos. Por la radio, los narcos lanzaron la amenaza de explotar los tanques de gasolina cerca de catedral, en el corazón de la ciudad. Los soldados fueron liberados muchas horas después. "Hasta ayer [por el viernes] soltaron a los pobres soldados. Vinieron a comprar aquí porque estaban muertos de hambre", afirma la dependiente de una tienda cercana a la caseta.

Aquella advertencia no fue la √ļnica. Mientras los soldados estaban retenidos, sus familias tambi√©n fueron amenazadas. Seis veh√≠culos de personas armadas llegaron a las 15.30 horas al n√ļmero 3080 de la calle Francisco Ram√≠rez, donde se encuentra la unidad habitacional para las esposas e hijos de los militares destacados en Sinaloa. "Tiraron para arriba, al aire. Lo hicieron para asustar a la gente", dice C√©sar, quien repara ventiladores frente al domicilio. "No llegaron a matar porque si hubiera sido as√≠ el velador no estar√≠a all√≠. Le dijeron que se saliera", asegura Freddy, empleado de una tienda cercana, quien afirma que los criminales s√≠ entraron a la unidad y a algunos departamentos. Los narcotraficantes se llevaron a otras dos personas de all√≠. 60 familias de las 140 que viv√≠an en el sitio se han ido desde el jueves.

Freddy y César creen que la decisión del Gobierno de liberar a Guzmán López fue correcta. "El presidente hizo bien. Otros presidentes no lo hubieran soltado. Usted estaría aquí escribiendo los nombres de los muertos inocentes. Vale más la vida de un inocente que la de un delincuente", dice el reparador de abanicos, como los llama.

El √©xito en la demostraci√≥n de fuerza del cartel fue posible gracias a la profunda raigambre que tiene en la zona. Al llamado de auxilio para rescatar a Ovidio respondieron cientos de personas de diferentes facciones de la organizaci√≥n. Muchos de ellos vinieron de localidades y municipios vecinos. Incluso hubo sicarios que arribaron de otros Estados. A la operaci√≥n acudi√≥ gente en la n√≥mina del grupo, pero tambi√©n quienes reciben precarias prestaciones de la empresa criminal, como un radio para transmitir la ubicaci√≥n de militares. Algunas versiones se√Īalan que quienes acudieron al llamado de rescate del jueves fueron premiados con 20.000 pesos (1.000 d√≥lares y unos 935 euros), cargadores, armamento y hasta granadas de mano.

La noche del s√°bado, un audio comenz√≥ a circular entre los grupos de WhatsApp utilizados por sicarios y operadores del cartel. Era un llamado a la mesura en tiempos de tensi√≥n a los juglares que suelen ensalzar la vida de los narcotraficantes. "Para todos los amigos que hacen corridos, m√ļsicos y compositores, aqu√≠ no hay nada que festejar, no estamos festejando ni madres... Agarren seriedad, plebada", exig√≠a la orden que pide "tumbar" de las redes sociales mensajes victoriosos o de burla tras los hechos del jueves. El audio corresponde a un comandante cercano a Ovidio y a su medio hermano, Iv√°n Archivaldo Guzm√°n Salazar.

La herida que abri√≥ en Culiac√°n el despertar de esta bestia tardar√° en sanar. Para encontrar un episodio similar hay que remontarse a mayo de 2008. De nuevo sale a relucir el nombre de Joaqu√≠n Guzm√°n, un nombre que pesa como una losa a esta regi√≥n de M√©xico. El 8 de mayo, Edgar Guzm√°n, uno de los hijos del capo, muri√≥ en un enfrentamiento con una banda rival. Dos d√≠as despu√©s, nadie en Culiac√°n sali√≥ a festejar el 10 de mayo, d√≠a de las madres, ante el temor de una matanza multitudinaria en venganza. Muchas personas aqu√≠ a√ļn recuerdan el estruendoso sonido de la bazuca utilizada en la batalla. El cuerpo de Edgar, hermano de Ovidio, qued√≥ tendido en el estacionamiento de una plaza comercial. Hoy se encuentra all√≠, en medio de cajones de aparcamiento, un gran cenotafio que recuerda todos los d√≠as los fantasmas que Sinaloa no puede sacudirse.

Tras la batalla de Culiac√°n, 230 militares de √©lite arribaron a reforzar a un Estado que hab√≠a visto reducir los homicidios gracias a la pax narca. Hoy todo ese delicado coctel de equilibrios continua agitado. Algunos de los soldados reci√©n llegados salieron a patrullar el s√°bado por las calles que 48 horas antes hab√≠an sido un campo de batalla. Fue un gesto para los lentes de los numerosos periodistas que acudieron a la ciudad. Frente a una marisquer√≠a del bulevar S√°nchez Alonso, que algunas horas antes a√ļn apestaba a gasolina de coches quemados, un sinaloense grit√≥ a los militares del convoy: "¬°Ya pa'qu√©, pariente! ¬°Ya pa'qu√©!".

 

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