Alberto Fernández, día 1: el hambre de los argentinos
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Diciembre 2019
Fotografia: Daniel Jayo/Associated Press

El nuevo presidente de la Argentina tendrá que gobernar un país pobre, en el que uno de cada diez habitantes pasa hambre. Su gestión tendrá poco tiempo para mostrar cómo puede resolver esta urgencia.

 

Puede parecer banal y hay quienes tratan de olvidarlo: ahora la Argentina es un país pobre, un país que tiene más del 40 por ciento de su población bajo la línea de pobreza. Dos de cada cinco argentinos son pobres; tres de cada cinco chicos argentinos son pobres; uno de cada diez argentinos pasa hambre. Más allá de dimes y diretes, idas y venidas, tales y cuales, pactos y pactitos, eso es lo que define.

Por esa pobreza Mauricio Macri perdi√≥ las elecciones. El d√≠a que asumi√≥, hace exactamente cuatro a√Īos, prometi√≥ "pobreza cero" y pidi√≥ que lo juzgaran por cu√°nto reduc√≠a la cantidad de pobres. El balance es preciso: hoy hay casi cinco millones m√°s que entonces. Semejante cat√°strofe social pudo producir cualquier efecto. En un continente en llamas, es casi milagroso que uno de sus pa√≠ses m√°s inflamables no se haya incendiado. Lo salv√≥, supongamos, la combinaci√≥n de dos elementos: un nivel de desaz√≥n y desesperanza extremo, que hizo que tantos creyeran que no hab√≠a salida cercana, por un lado. Y por otro, unas elecciones que permit√≠an enfocar las escas√≠simas expectativas en una direcci√≥n precisa -que para eso, finalmente, sirven estos actos-.

Por esa pobreza una opci√≥n pol√≠tica que hace cuatro a√Īos parec√≠a terminada, que desde 2013 ven√≠a perdiendo elecci√≥n tras elecci√≥n, que sufri√≥ el juicio y la condena de algunos de sus dirigentes por corruptelas varias, volver√° a gobernar. O quiz√° no: ese es, ahora, un punto en debate.

Porque, por esa pobreza, millones votaron a un raro rejunte de figuras pol√≠ticas que hace unos meses estaban todas peleadas entre s√≠ -y se dec√≠an cosas horribles- y que ahora se aliaron para hacer aquello que los peronistas hacen como nadie: conseguir poder. Por esa pobreza un abogado porte√Īo sesent√≥n, que acaba de contar en una entrevista que en abril su mayor aspiraci√≥n pol√≠tica era ser embajador en Espa√Īa -"para descansar" y "dejar lugar a los m√°s j√≥venes"-, fue nombrado candidato a presidente por su vicepresidenta y ahora tiene unos meses para mostrar qu√© tiene.

Alberto Fernández es un peronista clásico: uno que trata de quedar bien con todos los que puede, que intenta integrar a cuantos más mejor. Comparado con la rispidez de los discursos kirchneristas, su tolerancia y amabilidad funcionaron como un bálsamo, y así consiguió navegar con cierta calma la transición hacia su presidencia. Pero ya no será suficiente; es fácil decirle a cada uno lo que espera oír; es mucho más complicado contentar a todos cuando hay que definir qué se hace y qué no.

Por la pobreza, entonces, por la crisis, el nuevo gobierno empieza con tres necesidades principales: devolver cierta esperanza a los que la perdieron, conseguir pronto algunos resultados económicos y sociales y mantener la unidad de un frente interno muy complicado.

Sobre el frente interno se escribe sin parar: cada movimiento de cada Fern√°ndez -Alberto y Cristina- se lee, se relee, se interpreta con una meticulosidad digna de los divanes que supieron asolar Buenos Aires. Parece que es el aspecto que m√°s atrae a los analistas pol√≠ticos habituales; no parece ser el aspecto que m√°s influir√° en la vida de esos millones de argentinos en problemas. Los Fern√°ndez y los suyos se pelear√°n, se disputar√°n lugares, cada cual ganar√° y perder√° espacios y poderes y es probable que esas peque√Īas victorias y derrotas no cambien gran cosa de las grandes cosas.

(Si alguien todav√≠a quisiera entender -¬Ņpor qu√© querr√≠a?- el sistema discursivo del kirchnerismo, la construcci√≥n de su identidad pol√≠tica, le alcanzar√≠a con escuchar extractos de esta deposici√≥n de la nueva vicepresidenta, la semana pasada en uno de sus juicios. Ante el tribunal, Cristina Fern√°ndez, iracunda, desde√Īosa, repite con creces una frase c√©lebre de la izquierda latinoamericana: all√≠ donde Fidel Castro dec√≠a "la historia me absolver√°", ella dice "a m√≠ me absolvi√≥ la historia". Pero, sobre todo, all√≠ donde Castro la usaba para justificar su alzamiento en armas contra una tiran√≠a, Fern√°ndez la usa para explicar el desv√≠o de ciertos fondos del Estado. Las palabras se parecen, los hechos ni un poco -y ah√≠ est√° la clave-.)

Pero en esas peleas de palacio no se decidir√° el rumbo econ√≥mico y social de la Argentina pr√≥xima, lo que realmente importa: esos resultados que urge conseguir para sofocar posibles fuegos. Junto con la pobreza, otro efecto del gobierno Macri fue la constituci√≥n de una deuda externa desmesurada -solo el a√Īo pr√≥ximo vencen m√°s de 60.000 millones de d√≥lares- que el pa√≠s debe encarar de alg√ļn modo. "No hay pagos de deuda que se puedan sostener si el pa√≠s no crece. Para poder pagar hay que crecer primero", dijo hoy Fern√°ndez en su investidura, confirmando la hip√≥tesis dominante: que piensa pagar pero no sabe cu√°ndo, y eso es lo que le va a ofrecer al Fondo Monetario Internacional.

Antes que nada, el nuevo gobierno necesita recuperar la actividad econ√≥mica. La crisis actual es despiadada. Algunas cifras permiten atisbarla. Unas son macro: el Producto Bruto Interno argentino baj√≥, en los dos √ļltimos a√Īos, 11 por ciento, y la inflaci√≥n de este a√Īo superar√° el 50; otra, muy micro: en 2019 se public√≥ un 45 por ciento menos de libros que en 2016. Y otra, m√°s decisiva: el consumo de alimentos baj√≥ un 15,1 por ciento. No hay dinero, no hay actividad, la necesidad aumenta.

Por eso el nuevo gobierno anuncia medidas para "poner plata en el bolsillo a los sectores m√°s golpeados". Se trata de reactivar el consumo con peque√Īos aumentos de las pensiones y los sueldos bajos para aliviar a los m√°s apretados, dar sensaci√≥n de que la crisis pasa y conseguir que la econom√≠a vuelva a funcionar. El problema, como siempre en la Argentina, es c√≥mo lograrlo sin disparar la inflaci√≥n. El nuevo gobierno dice que sabe c√≥mo hacerlo; todos los anteriores tambi√©n lo dec√≠an.

Queda entonces, mientras tanto, el tercer punto: la administración de la esperanza. El nuevo presidente ha demostrado, por ahora, ser bueno para eso: su oratoria funciona. Los hechos, queda dicho, se le complican más. Un ejemplo reciente: aunque habla mucho de igualdad de género, su nuevo gabinete, con 17 ministros y 4 ministras, no la cumple ni un poco; se parece bastante al viejo patriarcado peronista.

Pero, como suele pasar con los nuevos gobiernos, una buena parte de los argentinos est√° dispuesta a esperar que les mejore las vidas. En este, por peronista, conf√≠an m√°s los que m√°s necesitan. Al peronismo siempre le result√≥ m√°s f√°cil aplacar a los m√°s urgidos: para eso sirvi√≥, hist√≥ricamente, desde sus principios. Sindicatos y barriadas le toleran m√°s que a ning√ļn otro. Pero esta vez la mayor√≠a de las organizaciones que suelen ocupar las calles de las ciudades argentinas ya dijeron que su tolerancia con este gobierno ser√° breve.

La cuesti√≥n es -sigue siendo- esa pobreza: dos de cada cinco argentinos, la urgencia m√°s brutal, y los millones de personas que no comen lo que necesitan. Por eso el nuevo presidente habl√≥ mucho de esa necesidad: "Sin pan no hay presente ni futuro [...]; sin pan no hay democracia ni libertad", dijo hoy, y que la primera reuni√≥n de su gobierno tratar√° el lanzamiento de una gran campa√Īa contra el hambre. Todo consiste en que ese plan consiga dejar atr√°s el asistencialismo clientelar y humillante que suele acompa√Īar, en la Argentina, a estas iniciativas: que no vuelva a repartir limosnas.

Empieza un tiempo diferente; es una incógnita. El crédito del gobierno de los Fernández es limitado. Si no lo usan rápido y bien, la Argentina, un país pobre, puede dejar, más temprano que tarde, de mirar la hoguera sudaca desde afuera.


Martín Caparrós (@martin_caparros) es periodista y novelista. Su libro más reciente es la novela Todo por la patria. Nació en Buenos Aires, vive en Madrid y es profesor at-large en Cornell y colaborador regular de The New York Times.

 

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