¬ŅDe qu√© hablamos cuando hablamos de Venezuela?
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Febrero 2020
Fotografia: Getty Images

La fuerza de la palabra Venezuela en el debate pol√≠tico tiene ya veinte a√Īos, desde que el comandante Hugo Ch√°vez Fr√≠as apareci√≥ como un parteaguas. Pero cada ideolog√≠a intenta sacar provecho de ella como puede, a despecho de la tragedia de los venezolanos.

 

Era un ministro menor; se meti√≥ con Venezuela y se meti√≥ en problemas. En estos d√≠as, acosado por medios y rivales, el ministro espa√Īol de Transportes, un se√Īor √Ābalos, debi√≥ explicar que es cierto que esa noche estuvo en el avi√≥n de la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodr√≠guez, aparcado en Barajas pero que fue porque quer√≠a ver a otro ministro venezolano amigo suyo que ven√≠a en ese avi√≥n y que no se reuni√≥ con la se√Īora Rodr√≠guez sino que, al contrario, le impidi√≥ que pisara suelo espa√Īol -porque ella tiene prohibida la entrada en la Comunidad Europea- y algunos medios le dicen que miente, que s√≠ que se reuni√≥ con ella, y algunos partidos piden su renuncia y su presidente, Pedro S√°nchez, prefiere no recibir a Juan Guaid√≥ de paso por Madrid, y el expresidente socialista Gonz√°lez se lo reprocha y el expresidente socialista Rodr√≠guez se lo encomia y en cambio el alcalde derechista de Madrid le entrega a Guaid√≥ las llaves de la capital y se lo lleva a ver al jefe de Vox, y el sainete ya lleva d√≠as y contin√ļa con br√≠os. Es Venezuela: el nombre de los dimes y diretes, esa forma de la confusi√≥n contempor√°nea, esa manera de hablar sin saber muy bien de qu√©: siempre de otra cosa. Venezuela.

Un cable de EFE parece un buen ejemplo: "Polic√≠as venezolanos rodean la oficina personal de Juan Guaid√≥ en Caracas", titulaba hace unos d√≠as la agencia de prensa estatal espa√Īola. Nos repitieron tantas veces aquello de que la noticia es que un hombre muerda a un perro; del mismo modo, noticia ser√≠a que los polic√≠as que rodean una oficina en Caracas fuesen colombianos, camboyanos o zul√ļes. Pero no que en la capital de Venezuela act√ļe la polic√≠a venezolana. Y sin embargo el gentilicio estaba en ese t√≠tulo: algo m√°s que un error, poco menos que un s√≠ntoma. El sustantivo Venezuela, el adjetivo venezolano se han transformado, √ļltimamente, en mucho m√°s que una mera descripci√≥n. Han perdido, de muchas formas, el sentido, y han ganado otros: la condena, la descalificaci√≥n, el miedo.

Por supuesto, como pasa con tantas palabras castellanas, estas tampoco significan lo mismo en distintos pa√≠ses o regiones del idioma. En Am√©rica Latina la fuerza de la palabra Venezuela en el debate pol√≠tico tiene ya veinte a√Īos, desde que el comandante Hugo Ch√°vez Fr√≠as apareci√≥ como un parteaguas y las parti√≥ a golpes de discursos y dineros.

Entonces la dizque izquierda latinoamericana se recost√≥ en Venezuela, recibi√≥ su sost√©n, defendi√≥ sus gobiernos, la exalt√≥ en sus proclamas. Y la derecha latinoamericana la us√≥ como su cuco: ya agotado el fantasma de la Revoluci√≥n cubana, necesitaban uno nuevo y el de Ch√°vez les result√≥ √ļtil, el de Maduro inmejorable. Fueron las dos etapas del uso de Venezuela: cuando le iba mejor, hasta la muerte de Ch√°vez, la amenaza era que quisieran "exportar su revoluci√≥n" a otros pa√≠ses; cuando le empez√≥ a ir muy mal, la amenaza era que les exportaran el desastre.

As√≠ que, tras diez o doce a√Īos de temer a Venezuela, la gran derecha latinoamericana empez√≥ a agradecerla: era la muestra viva del fracaso de esas tentativas que, supuestamente, quer√≠an evitar en sus pa√≠ses. Todos lo usaron; es probable que nadie lo haya usado tan bien como el expresidente colombiano √Ālvaro Uribe V√©lez, que se invent√≥ la amenaza del "castrochavismo" para transformar a sus m√≥dicos rivales electorales en lobos feroces, manadas ululantes.

A Espa√Īa, en cambio, Venezuela tard√≥ m√°s en llegar. Hasta 2014 era un tema que interesaba a casi nadie; fue entonces cuando surgi√≥, como desde la nada, Podemos. Su aparici√≥n fue fulgurante y el establecimiento espa√Īol se sinti√≥ curiosamente amenazado. Podemos no entraba en las categor√≠as conocidas, romp√≠a con el orden pol√≠tico habitual, lo cuestionaba con fuerza y, sobre todo, era tan nuevo y tan juvenil y tan agreste que sus enemigos no sab√≠an c√≥mo acosarlo. Cundi√≥ el p√°nico, hasta que alguien -esos periodistas, esos polic√≠as- "descubri√≥" que algunos de sus socios fundadores hab√≠an recibido dinero del Estado venezolano. De pronto, todo entraba en la norma: esos muchachos impolutos impetuosos inimputables tambi√©n ten√≠an sus trapos sucios; se los pod√≠a atacar como ellos atacaban a "la Casta", el club de los ricos y los pol√≠ticos espa√Īoles. Ese dinero venezolano, se transform√≥ en la versi√≥n renovada del Oro de Mosc√ļ: la "injerencia extranjera" que explicaba y descalificaba la participaci√≥n de un sector nuevo en la pol√≠tica espa√Īola. Y entonces Venezuela, que nunca hab√≠a sido un tema relevante, lleg√≥ al centro del debate.

Corr√≠a 2016; los medios serios que siempre lo hab√≠an mirado de reojo de pronto publicaban editoriales y reportajes y columnas sobre las carencias y violencias de aquel pa√≠s lejano. Y programas de la televisi√≥n m√°s masiva, tan rellenos de sangre y siliconas, despachaban heroicos enviados para mostrarnos aquel frente de batalla llamado Caracas. En unos meses, Venezuela se transform√≥, en Espa√Īa, en sin√≥nimo de todos los males. Y, como en el resto del mundo hispanoparlante, se volvi√≥ tambi√©n un eje de la definici√≥n de los pol√≠ticos -aunque, por supuesto, nunca de las pol√≠ticas-.

Ahora, todav√≠a, los pol√≠ticos de la derecha espa√Īola, que evitan hablar del resto del mundo como si lo cubriera una lepra rara, blanden Venezuela. En los debates electorales espa√Īoles nadie nunca pronuncia los nombres de Colombia, M√©xico, Argentina, Francia, China; Venezuela siempre sale de alg√ļn labio derech√≥n. Y, en respuesta, los pol√≠ticos de la dizque izquierda espa√Īola se apuran a desmentir que sus ideas tengan ninguna relaci√≥n con las que se aplican -o no se aplican- en aquel pa√≠s.

El caso es curioso: está claro que, para la derecha hispanoamericana, Venezuela -el fracaso estrepitoso de Venezuela- es una bendición, un arma que usan con abundancia y alegría. Pero, a diferencia de lo que suele pasar en estos casos, no hay otro sector -no hay una izquierda, un centroizquierda- que quiera defenderla. A lo sumo, les molesta no poder condenarla como a veces querrían.

Venezuela les resulta un engorro: les complica la vida. Por historias, por ciertas lealtades, por tozudez, algunos querr√≠an reivindicarla; es dif√≠cil cuando los informes m√°s serios hablan de la peor violencia, de un Estado que ha torturado y matado a miles de personas; es dif√≠cil cuando millones huyen corridos por el hambre. Lo intentan, igual, a su manera. A principios de enero, por ejemplo, cuando el gobierno de Maduro impidi√≥ que los parlamentarios entraran a la Asamblea Nacional, el nuevo canciller peronista argentino emiti√≥ un comunicado duro, que dec√≠a que esos actos "resultan inadmisibles para la convivencia democr√°tica" y que era necesario "facilitar ese proceso de di√°logo para que Venezuela pueda recuperar a la brevedad la normalidad democr√°tica que hist√≥ricamente ha caracterizado a ese pa√≠s". Si no hay normalidad democr√°tica, le preguntaron al presidente Fern√°ndez, ser√° que hay una dictadura; √©l lo neg√≥. Quiz√° su lealtad a su exjefa, Cristina Fern√°ndez, le impida definir as√≠ al r√©gimen de Maduro; quiz√° crea que un Estado que mata menos de 10.000 personas al a√Īo no califica para dictadura; por las razones que sean, no lo hace.

Y entonces se arman esas discusiones léxicas que, a primera vista, parecen caprichosas, vanas: si lo que pasó en Bolivia en noviembre fue o no un "golpe de Estado"; si Venezuela es o no "una dictadura". Se ve nimio, pero no lo es. El fantasma de la "palabra eficaz" -la que produce efectos en la realidad-, tan caro a las viejas religiones, reaparece en estos debates: muchas cosas dependen de que se use una palabra u otra. Si hay un "golpe de Estado" o una "dictadura", los organismos internacionales y los países ponen en marcha una serie de medidas que no ponen si no los hay. De allí tanto debate léxico: el peso de las palabras, en este caso, puede hundir construcciones relevantes.

Venezuela, entonces, la palabra Venezuela, la palabra venezolano, han cobrado en nuestros pa√≠ses una fuerza que nunca tuvieron. Nadie habla de ellos y de ella cuando habla de ellos y de ella; a la mayor√≠a de los que la nombran les dan igual sus 32 millones de ciudadanos, sus cuatro o cinco millones de desterrados, sus b√ļsquedas, sus penas. Venezuela, la palabra Venezuela, se ha vuelto un arma de la gran derecha, un lastre de las pocas izquierdas, una incomodidad constante, una palabra que dice lo que no debiera. Es extra√Īo. Todo un pa√≠s tendr√≠a que cambiar para que esa palabra, por fin, recupere el sentido. O, qui√©n sabe, todo un continente.

 

 

Martín Caparrós (@martin_caparros) es colaborador regular de The New York Times. Su ensayo más reciente, Ahorita, acaba de aparecer. Su próxima novela, Sinfín, que se publicará en marzo de 2020, transcurre en 2070.

 

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