驴D贸nde est谩 la libertad de expresi贸n en la era digital?
Por: Zakar铆as Zafra / The Washington Post
Marzo 2021
Fotografia: El Comercio

Desde la suspensi贸n de las cuentas del expresidente estadounidense Donald Trump en redes sociales por incitar al odio, hasta el bloqueo de una escritora argentina en Twitter por "promover el suicidio" luego de anunciar el t铆tulo de su novela M谩tate, amor, pasando por cientos de miles de mensajes que son filtrados a diario desde oficinas de control de contenidos, hay una zona gris de intereses, reglas indefinidas y sistemas de vigilancia digital que no parecen distinguir entre poder pol铆tico, moral privada y seguridad p煤blica. Cualquiera puede decir una "palabra no permitida" por las plataformas. Cualquiera puede ser objeto de inspecci贸n si el algoritmo lo detecta. Los derechos a expresarse de los humanos hiperconectados parecen atascados entre un est铆mulo constante a publicar en redes sus vidas y la custodia disciplinaria de la inteligencia artificial.

En un universo donde cualquiera puede tener acceso a un fragmento virtual de lo p煤blico e intervenirlo con opiniones propias y ajenas, puede sonar excesivo hablar de censura. Jam谩s hab铆amos tenido tan cerca el poder de decir algo e influir en otros. La evoluci贸n reciente de las plataformas, sin embargo, ha establecido una brecha entre la libertad de expresi贸n cl谩sica y la libertad de postear. El acto material de escribir un post y publicarlo se va alejando cada vez m谩s del ideal de movilizar una conversaci贸n p煤blica por medio de las ideas. No es a la participaci贸n social a lo que apuntan las redes hoy, sino a una experiencia consumista de contenidos ordenados por la l贸gica del monopolio privado.

Andrew Marantz recuerda en el libro Antisocial el optimismo en torno a las redes sociales al inicio de la d茅cada pasada y la "贸smosis cultural" que condujo las discusiones tempranas sobre la libertad de expresi贸n en las plataformas digitales. La apuesta de sus creadores, dice Marantz, fue lanzar esos productos al mundo dando por sentadas las diferencias, desigualdades, aspiraciones y malestares individuales y colectivos, y corregir sobre la marcha lo que escapara de la autorregulaci贸n divina del internet. Lo que dif铆cilmente se pod铆a advertir entonces era que el crecimiento exponencial de usuarios y el perfeccionamiento de un modelo de negocio que depreda la data privada y convierte las comunidades en objetivos de anuncios publicitarios, cambiar铆an por completo las reglas del juego.

El creciente poder editorial de las plataformas, y su facultad para vigilar y suspender usuarios o posteos, son el resultado de la evoluci贸n natural -aunque acelerada-del dominio de unos pocos sobre el espectro de las interacciones mundiales entre personas y datos. El algoritmo corporativo puede deformar a su gusto el espacio p煤blico digital y modelar los intereses de las audiencias. Puede, adem谩s, desmovilizar o reforzar ciertas agendas en servicio de intereses privados , como ha sucedido en procesos electorales recientes de impacto mundial. De ah铆 que hayan pasado de tribunas a tribunales instant谩neos que al mismo tiempo pueden acusar por incitar al odio, fomentar autolesiones o promover la desinformaci贸n. La pregunta clave es si los due帽os de las plataformas deber铆an tener el poder para evaluar y corregir la voz de millones de personas. La otra pregunta clave es cu谩ndo le dimos ese poder.

Las reglas de Twitter y YouTube son expl铆citas acerca del control sobre mensajes que inciten a la violencia, el terrorismo, la explotaci贸n sexual y el acoso. Facebook, con un esquema m谩s ret贸rico, reconoce en sus normas que puede permitir ciertos contenidos delicados tras una evaluaci贸n de su "riesgo de da帽o" y su inter茅s period铆stico. En gran parte la presi贸n un谩nime de la opini贸n p煤blica es la que ha logrado que las plataformas est茅n m谩s vigilantes de los discursos perjudiciales que circulan en sus canales. El problema est谩 cuando esos criterios de moderaci贸n se aplican desde la discrecionalidad de un grupo sin otra contralor铆a que la corporativa y, tras definiciones vagas de qu茅 puede y no puede decirse, queda en evidencia una especie de moral mediada por el capital. Cuando, por ejemplo, el algoritmo censura el seno de una mujer en lactancia materna pero deja abiertas cuentas de prostituci贸n y pornograf铆a hardcore. Cuando suspenden la cuenta de una ling眉ista ayuujk por cuestionar la relaci贸n entre Estado y naci贸n, pero fortalecen canales que venden contenido basura, rumores o fake news.

Como bien se帽ala Jack Balkin en el libro La libertad de expresi贸n: un ideal en disputa, el cambio tecnol贸gico ha introducido una enorme contradicci贸n social: la acumulaci贸n de utilidades por parte de las plataformas solo puede lograrse al clausurar el ejercicio de las formas de libertad y participaci贸n cultural que ellas mismas crearon. En la econom铆a de la informaci贸n, la libertad de expresarse es un derecho subordinado a la protecci贸n de los propietarios de la inversi贸n. Por eso las redes sociales pueden ser masivas pero jam谩s p煤blicas. Por eso las propuestas de regulaci贸n del Estado, que suponen esquemas de multas, controles institucionales y sanciones para limitar el poder supranacional de las plataformas, terminan siendo anacr贸nicas.

Todo apunta a un asunto que entra y sale de las pantallas: la confusi贸n entre lo p煤blico, lo publicado y lo publicitado. Si la producci贸n de contenidos y la reproducci贸n de opiniones desdibujan el marco de las interacciones con lo p煤blico en nuestros d铆as, la propia experiencia de usuario tendr谩 que darnos las pistas de una posible soluci贸n: cu谩ndo somos ciudadanos digitales y cu谩ndo solo somos usuarios de un entorno monetizado de expresi贸n. Habr铆a incluso que establecer criterios m谩s conscientes de consumo y participaci贸n que nos ayuden, por una parte, a evitar el caos de millones de mensajes sin relevancia ni interacci贸n y, por otra, a saltar el cerco algor铆tmico creado por las normas de una asamblea de accionistas. Es un hecho que la distribuci贸n de la voz p煤blica sigue en conflicto, aun cuando las herramientas tecnol贸gicas de enunciaci贸n parezcan estar en manos de todos. De ah铆 que es necesario preguntarnos de qu茅 hablamos cuando hablamos de censura en el mundo digital y cu谩l, realmente, es la libertad de expresi贸n que defendemos.

Zakar铆as Zafra es escritor y editor en M茅xico. Su libro m谩s reciente es 'Maquinaria 铆ntima: Cuerpo, Exilio, Memoria, Palabra'.

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