El virus en América Latina
Por: Juan Gabriel Vásquez / El País
Julio 2020
Fotografia: AFP

 

En Latinoamérica, donde los ciudadanos desconfían de los Gobiernos y los Gobiernos de los ciudadanos, las decisiones miopes sobre la pandemia pueden convertir una tierra ya vulnerable en apta para la violencia

A finales de mayo, respondiendo a un reportaje de este mismo peri√≥dico, suger√≠ que uno de los problemas indirectos de la pandemia que nos ha tocado es su poca rentabilidad pol√≠tica. La pandemia, dije entonces y vuelvo a decir ahora, es una de esas situaciones en que s√≥lo se pierde: pues el triunfador en cuestiones de salud p√ļblica ser√° el verdugo de la econom√≠a, y viceversa. El problema, por supuesto, es que estas situaciones desesperan a los l√≠deres de cualquier pa√≠s, y pueden muy bien conducirlos a la par√°lisis, en el mejor de los casos, o -en los casos restantes, que son los m√°s- al autoritarismo, la mendacidad y la negligencia. Algo as√≠ ha sucedido en Am√©rica Latina.

Cuando di esas opiniones apresuradas, el foco de la pandemia no se hab√≠a mudado todav√≠a a mi continente, aunque ya hab√≠a razones de sobra para preocuparse. Los negligentes, los mendaces y los autoritarios iban a lo suyo. En M√©xico, Andr√©s Manuel L√≥pez Obrador nos regalaba todos los d√≠as el espect√°culo lamentable de su tonter√≠a, posando entre multitudes y besando ni√Īos mientras suger√≠a que el mejor ant√≠doto contra el coronavirus era una mezcla de honestidad y estampitas religiosas; a Jair Bolsonaro lo ve√≠amos en desfiles militaristas, levantando ni√Īos vestidos de militares -los disfraces completos con falsas pistolas y falsos chalecos antibalas-, alegando que la pandemia era una fantas√≠a fabricada por los medios y que eventualmente pasar√≠a, igual que el embarazo de una mujer. Su hijo el congresista, un fascista de civil hecho a su imagen y semejanza, de comportamiento muy parecido a los bobos v√°stagos de Trump, insinu√≥ que la crisis no era m√°s que una conspiraci√≥n china; y un l√≠der evang√©lico, partidario influyente del r√©gimen, dijo sin que se le moviera un pelo que el coronavirus era una t√°ctica de Sat√°n para sembrar o propagar el miedo.

De manera que uno podr√≠a estar tentado de creer, viendo lo que ocurre en los dos pa√≠ses m√°s poblados de Am√©rica Latina, que los populismos y los autoritarismos -con su inveterada antipat√≠a por la ciencia y su tendencia a la superstici√≥n barata- son los mejores anfitriones para el virus. Pero la realidad, que es m√°s terca de lo que quisieran nuestras ideas pol√≠ticas, parece no tenerlo tan claro: en Ecuador se ha muerto la gente en la calle, y Chile y Per√ļ, a pesar de sus mejores esfuerzos, han entrado en el mismo rango estad√≠stico de Italia y Espa√Īa. En Colombia, desde donde escribo, esas mismas estad√≠sticas parecen estar todav√≠a del lado del Gobierno, aunque cualquiera se da cuenta de una evidencia: lo peor est√° por llegar. No s√≥lo eso: le llegar√° a una sociedad que, tras m√°s de tres meses de cuarentena obligatoria, est√° exhausta por anticipado. Los cierres de una econom√≠a fundamentalmente inequitativa ya han llevado a muchos a la desesperaci√≥n y a la pobreza, y las indicaciones contradictorias o caprichosas de nuestros l√≠deres, que han basculado entre el paternalismo y la arbitrariedad, han provocado m√°s confusi√≥n que certidumbre. Al final, un s√≠ntoma grave ha minado la respuesta pasada a la pandemia, y amenaza con entorpecer la futura: la desconfianza.

Las sociedades latinoamericanas desconf√≠an de sus instituciones, y con raz√≥n sobrada. S√≥lo en los tres meses que los colombianos llevamos encerrados, hemos sabido que los corruptos han robado unos 200 millones de euros destinados a la pandemia, que el presidente gast√≥ cerca de 900.000 euros en una estrategia de comunicaci√≥n en redes sociales, y que ese dinero ven√≠a de los fondos destinados a la implementaci√≥n de la paz. Una congresista del partido de Gobierno menospreci√≥ la pandemia, muy en la l√≠nea de Trump y de Bolsonaro, diciendo que m√°s gente se mor√≠a de influenza, y nadie le hizo notar que m√°s gente mor√≠a tambi√©n por la guerra, y eso no le impidi√≥ a su partido sabotear como pudiera los acuerdos de paz de La Habana. Pienso en esto y recuerdo que mi pa√≠s, en los √ļltimos a√Īos de su larga guerra de medio siglo, gastaba en ella el 3,2% del PIB, y sin embargo rechaz√≥ la paz que se le propuso en el referendo de 2016; no es imposible que el partido de Gobierno, que lleg√≥ al poder montado sobre ese rechazo, se pregunte ahora qu√© escenarios tendr√≠amos si aquel porcentaje se hubiera invertido en el fortalecimiento de nuestra precaria salud p√ļblica o de nuestras ayudas sociales. Pero esa pregunta exige m√°s inocencia de la que me queda a m√≠ en reserva.

Hay s√≥lo un problema tan notorio como la desconfianza que los ciudadanos sienten hacia los Gobiernos: la desconfianza que sienten los Gobiernos hacia los ciudadanos. Ahora, en tiempos de pandemia, el asunto se ha manifestado de maneras muy concretas. En Colombia, como en otras partes, se ha decretado el aislamiento obligatorio de los mayores de 70 a√Īos, y yo entiendo tanto como cualquiera la necesidad de la medida; pero me pregunto si era necesario que, arguyendo el mayor riesgo que corren, el Gobierno les retirara por las malas toda capacidad de decisi√≥n sobre sus propias vidas, incluyendo -y en especial- la de morir acompa√Īados. La intenci√≥n era proteger el sistema sanitario del colapso y evitar las imposibles decisiones √©ticas que agobiaron a los pa√≠ses europeos: dejar morir para que otro viva. Pero nadie consider√≥ nunca que tal vez el sujeto de esas medidas pod√≠a ser capaz de tomar sus propias decisiones dif√≠ciles, administrar sus propios riesgos, su propia soledad y su propio sufrimiento.

La pandemia, como todas las crisis, ha desnudado las carencias de cada sociedad. La nuestra es de temperamento parad√≥jico: no es muy dada a la responsabilidad individual y, al mismo tiempo, est√° acostumbrada a val√©rselas por s√≠ misma, sin los rescates que dan otras tradiciones democr√°ticas. Puede ser extraordinariamente solidaria, pero tambi√©n aceptar con facilidad el sufrimiento de los otros, siempre que no se vea demasiado. Las v√≠ctimas del coronavirus se cuentan todos los d√≠as, meticulosamente, mientras las econom√≠as cerradas a cal y canto y las cuarentenas inmisericordes dejan miles de v√≠ctimas menos visibles: mujeres violentadas de puertas para adentro, ni√Īos traumatizados ya para siempre, generaciones de progreso social borradas de un plumazo. Estas v√≠ctimas no tienen contador, no se ven en las redes, no causan da√Īo pol√≠tico. Enfrentados a la situaci√≥n que mencionaba yo al principio, en la que no se puede ganar, los Gobiernos han resuelto el problema con frivolidad: tratando de evitar el castigo medi√°tico.

En Am√©rica Latina no hay ning√ļn pa√≠s que no sufra de desigualdades abismales, de una violencia end√©mica o -como el m√≠o- de ambas cosas a la vez. Ahora las decisiones menos afortunadas de nuestra clase pol√≠tica, fruto de la miop√≠a o la insensatez, pueden convertir nuestros mundos vulnerables, empobrecidos y ya enfrentados en tierras aptas para violencias diversas: no hay que remontarnos al Peloponeso para recordar que las pestes y la guerra siempre han ido de la mano. Hasta ahora el virus hab√≠a afectado sobre todo a pa√≠ses ricos y m√°s o menos estables; pero en Am√©rica Latina, las prioridades desfasadas o el miedo medi√°tico pueden poner en riesgo la paz donde la paz es nueva, o inventar guerras nuevas donde no las hab√≠a antes.

 

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