F√°bulas argentinas
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Agosto 2019
Fotografia: Natacha Pisarenko/Associated Press

En estos d√≠as los medios argentinos rebosan de la verba que dos se√Īores m√°s o menos presidentes -uno que todav√≠a lo es, otro que pronto lo ser√≠a- derrochan para intentar torcer o enderezar esos destinos. Los dos se han pavoneado tanto que sabemos que sus palabras valen poco: son previsibles, miles de veces dichas, m√°s veces traicionadas -pero seguimos jugando al juego de escucharlas-. Y, mientras, por detr√°s, casi callando, el azar escribe historias verdaderas.

No hay mejor relator que el azar; no hay, sin duda, ninguno m√°s feroz. Tres momentos aparecieron esta semana en la prensa argentina: entre los tres construyen, como al descuido, un retrato despiadado de la patria.

El se√Īor llev√≥ su coche o carro a un taller para un arreglo menor: necesitaba cambiar los silenciadores del ca√Īo de escape o tubo de escape o exosto, una cosa de nada. Su coche o carro era un tremendo Mustang rojo, casi nuevo, importado, en un pa√≠s donde los coches o carros importados cuestan mucha plata. Cuando lo vio, el mec√°nico se entusiasm√≥: no sab√≠a hacer ese arreglo pero no quer√≠a perd√©rselo, as√≠ que le dijo al due√Īo que se lo dejara y mand√≥ a su empleado, un muchacho de 25 a√Īos, a llevarlo a un taller donde s√≠: ya sacar√≠a una diferencia. El muchacho fue al segundo taller; le dijeron que volviera en una hora. Entonces, impresionado por la tremenda m√°quina que estaba manejando, impresionado sobre todo por la imagen de s√≠ mismo manej√°ndola, decidi√≥ que ten√≠a que mostr√°rsela a un amigo. Lo subi√≥, salieron a pasear, se entusiasm√≥, se crey√≥ m√°s all√°, se le trab√≥ -dir√≠a despu√©s- el acelerador y termin√≥ estampando el Mustang contra una pared. Las fotos muestran un juguete roto, un c√ļmulo de errores.

(Uno simul√≥ que pod√≠a hacer algo que no pod√≠a; otro quiso hacer algo que no sab√≠a. Entre los dos lograron estrellarlo. El muchacho no tiene, faltaba m√°s, forma de hacerse cargo de los efectos de su vanidad. El coche cuesta lo que ganar√≠a, con suerte, en unos treinta a√Īos de trabajo. La respuesta, tan criolla, es uy, carajo, me met√≠ en un kilombo, ahora qu√© hacemos).

La mujer tiene 36 a√Īos, una carrera de economista en pleno ascenso, art√≠culos, cursos, asesor√≠as, convicciones muy firmes. Tanto que, desde hace unos meses, se integr√≥ a un partido de la derecha pura y dura: lo encabeza un Jos√© Luis Espert, tambi√©n economista, que propone bajar impuestos, privatizar pensiones, limitar el derecho de huelga, defender a cualquier precio la sacrosanta propiedad privada. La mujer es simp√°tica, habla bien, y el jefe del partido le propuso ser candidata a senadora por la Ciudad de Buenos Aires. Hace unos d√≠as compraba provisiones en un supermercado de su barrio, clase media alta, cuando un guardia vio algo sospechoso y la par√≥. La revisaron: su carrito de las compras ten√≠a, cuidadosamente armado, un doble fondo. All√≠ la mujer hab√≠a escondido varios chocolates, jam√≥n, queso, un gel facial, un cepillo de dientes y una pasta. La llevaron a la comisar√≠a y tuvo que reconocer su delito y, sobre todo, que lo hab√≠a preparado: el doble fondo era una prueba contundente. La condenaron a hacer trabajos de caridad cristiana. Su jefe tard√≥ un par de d√≠as en echarla; sus compatriotas, mucho menos en re√≠rsele en la cara.

(Es demasiado f√°cil hablar de la distancia entre los dichos y los hechos: la feroz defensora de la propiedad decidida a quebrarla por tan poco. M√°s impresiona ese tan poco: que alguien se arriesgue a perder todo o casi todo por unos chocolates y una crema. ¬ŅPor el gusto de vivir en el borde o por esa confianza de que nunca nada va a tener castigo? Hay personas -hay pa√≠ses- que lo hacen una y otra vez, como si no aprendieran).

El hombre tiene 49 a√Īos y llevaba casi quince trabajando de odont√≥logo: empastes, extracciones, implantes inclusive. Su esposa tambi√©n era: juntos atend√≠an un consultorio bien plantado, coqueto, en un barrio acomodado de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Manten√≠an una casa bonita y suburbana, cuatro hijos, sus gustos y placeres, su prestigio. Hace unos d√≠as una de sus pacientes fue a quejarse al Colegio de Odont√≥logos: de diez implantes que el doctor le hab√≠a colocado, ocho se le mov√≠an o se le hab√≠an ca√≠do. Cuando buscaron su registro descubrieron que no estaba inscripto.

Era, sin embargo, un tipo serio. Quince a√Īos antes hab√≠a organizado una gran fiesta para celebrar su t√≠tulo -que nunca hab√≠a obtenido-; se aprendi√≥ algunas t√©cnicas y empez√≥ a ejercer. No le fue mal. Consigui√≥ sostener a su familia, hacerse una posici√≥n, impostar una vida, enga√Īarlos a todos: enga√Īarlos a todos. Cuando lo descubrieron, su mujer public√≥ un texto en Facebook -posteado a la dos de la ma√Īana- donde cuenta que √©l no le dejaba ver sus certificados y diplomas so pretexto de que ella "se los desordenaba", y que es "una v√≠ctima m√°s, totalmente ajena a la ilegal actuaci√≥n de mi ahora exmarido": que ella y sus hijos "no somos culpables de nada, solo v√≠ctimas de un manipulador, mit√≥mano y estafador".

(Debe ser bruto descubrir de pronto que la persona con quien has pasado muchos a√Īos, tenido hijos, imaginado planes, no es el que dec√≠a -pero sucede con frecuencia; no tan claro, no tan feroz, pero sucede-. Debe ser raro descubrir que tu m√©dico no lo era: de pronto, toda esa estructura de controles que cada Estado supuestamente garantiza tambalea, la confianza de los ciudadanos tambalea, el papel del Estado tambalea. Y, por fin: debe ser duro vivir sabiendo que te pueden descubrir a cualquier hora; debe ser tanto m√°s trabajo que estudiar y recibirse de dentista, pero hay personas -hay pa√≠ses- que, se dir√≠a, lo prefieren).

No hay moraleja -ya hay suficiente moraleja-. Son historias, azares. En estos d√≠as se estren√≥ una serie sobre la vida dif√≠cil de Carlitos T√©vez, futbolista un poco m√≠tico de Boca, en sus inicios: su barrio marginal, sus amigos ladrones, sus tentaciones, sus peligros. En la serie aparece su amigo m√°s amigo, un muchacho del barrio que se mat√≥ cuando lo iba a agarrar la polic√≠a -que lo quer√≠a matar porque √©l hab√≠a matado a uno de ellos-. El muchacho ten√≠a 17 a√Īos, se llamaba Dar√≠o Coronel y ahora todos dicen que jugaba mucho m√°s que T√©vez. Como nunca termin√≥ de ser, como fue solo una promesa trunca, qued√≥ como el mejor: lo que podr√≠a haber sido.

 

 

Mart√≠n Caparr√≥s es periodista y novelista. Su libro m√°s reciente es la novela Todo por la patria. Naci√≥ en Buenos Aires, vive en Madrid. Es profesor en la Universidad de Cornell y colaborador regular de The New York Times en Espa√Īol.

 

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