La pandemia amenaza con ampliar la desigualdad en América Latina
Por: Julie Turkewitz y Sofía Villamil / The New York Times
Julio 2020
Fotografia: Federico Rios /The New York Times


En las √ļltimas dos d√©cadas, la desigualdad en Am√©rica Latina cay√≥ al punto m√°s bajo de su historia. La pandemia amenaza con revertirlo. Viajamos 1600 kil√≥metros a trav√©s de Colombia para documentar este momento cr√≠tico.Sandra Abello creci√≥ pobre, dej√≥ la escuela a los 11 a√Īos y pas√≥ su adolescencia limpiando pisos como trabajadora dom√©stica que viv√≠a en casa de sus empleadores. Pero para este a√Īo, algo notable hab√≠a sucedido.

Abello, ahora de 39 a√Īos, finalmente ten√≠a una casa en un barrio m√°s acomodado. Una de sus hijas, Karol, estaba a punto de terminar la secundaria. Otra, Nicol, cumpl√≠a 15 a√Īos, y planificaban una fiesta con un gran vestido y muchos invitados. Ahorraban para una lavadora. Abello estaba orgullosa de todo lo que hab√≠a logrado.

Entonces llegó la pandemia, y Abello perdió su trabajo de limpieza. Para mayo, había sido desalojada, lo que la obligó a mudar a sus hijas a un cobertizo en un asentamiento ilegal en lo alto de la ciudad. Por la noche, un frío penetrante se abría camino. Una vida de esfuerzos se había esfumado en cuestión de semanas.

La hija mayor de Abello, Karol, una aspirante a enfermera, lo llamó el "gran retroceso".

No hace mucho, Colombia -y Am√©rica Latina en general- se encontraba en medio de una transformaci√≥n hist√≥rica: el flagelo de la desigualdad se reduc√≠a como nunca. En los √ļltimos 20 a√Īos, millones de familias han salido de la pobreza en una de las regiones m√°s desiguales del planeta. La brecha entre ricos y pobres en Am√©rica Latina cay√≥ al punto m√°s bajo registrado.

Ahora, la pandemia amenaza con revertir esos logros como ning√ļn otro fen√≥meno en la historia reciente, dicen los economistas, lo que potencialmente puede cambiar de manera dr√°stica a la pol√≠tica y a sociedades enteras en los pr√≥ximos a√Īos.

Nosotras -dos reporteras y un fotógrafo con The New York Times- queríamos entender lo que esto significa para el futuro de la región y, en particular, para las familias que habían sido tan centrales en esa marcha hacia la igualdad económica.

Así que comenzamos a conducir, llenamos el automóvil con cubrebocas y viajamos más de 1300 kilómetros desde la capital de Colombia hasta la frontera noreste y de vuelta, y en el camino entrevistamos a decenas de personas sobre la forma en la que la pandemia ha cambiado el curso de sus vidas.

A medida que avanz√°bamos, al dejar los rascacielos de Bogot√° flanqueados por monta√Īas rumbo a las regiones tropicales, qued√≥ claro que los motores del ascenso social fallaban, ahogados por un cierre econ√≥mico que comenz√≥ en marzo y que fue m√°s duro para los trabajadores pobres y los integrantes m√°s vulnerables de la clase media.

Peque√Īas empresas hab√≠an cerrado para siempre. Las universidades se hab√≠an quedado sin estudiantes. Las escuelas que hab√≠an convertido a los hijos de los trabajadores de la construcci√≥n en ingenieros estaban cerca del colapso, incapaces de pagar a los profesores. Los agricultores hab√≠an quemado sus cultivos, arruinados por los mercados perturbados.

Los adolescentes hab√≠an recurrido a la venta de drogas para alimentar a sus hermanos. Mujeres j√≥venes y ni√Īas hab√≠an sido empujadas a la prostituci√≥n para pagar las cuentas. Las madres y los padres comenzaron a racionar la medicina de sus hijos, sin saber cu√°ndo tendr√≠an dinero para m√°s. Las personas ricas se retiraron a sus casas de campo, mientras que otras familias vend√≠an sus celulares para comprar la cena.

"Nunca fue mi sue√Īo retroceder", dijo David Aguirre, de 32 a√Īos, quien hab√≠a pasado de guardaespaldas de bajo nivel a ser el jefe de su propia granja de fresas.

Había invertido los ahorros de toda la vida en su negocio, abierto solo unos meses antes de que llegara la pandemia. Ahora no estaba claro si la granja sobreviviría. Cuando nos conocimos, acababa de despedir a sus cuatro trabajadores y desechar una cuarta parte de su cosecha, incapaz de encontrar un comprador y sin poder pagar a sus empleados para que la recogieran. Las bayas yacían secas y agrietadas a nuestro alrededor, envenenadas con Roundup, y le preocupaba volver al peligroso trabajo de proteger a los ricos.

"Un sacrificio de muchas personas, d√≠as de seis a seis de la tarde, lluvia, sol", dijo. "¬ŅY para que todo quede as√≠, en nada?".

Bogot√°

Incluso en el primer día de nuestro viaje, pudimos ver cómo se ampliaba la distancia entre ricos y pobres.

Nos dirigimos a las colinas sobre la capital, a un campamento de cobertizos de construcci√≥n apresurada que hab√≠a sido durante mucho tiempo el √ļltimo recurso para familias desesperadas.

Cuando comenzó el confinamiento, el asentamiento creció rápidamente con gente como Abello, que habían progresado -empleados de panadería, conserjes de escuelas- pero perdieron sus trabajos y apartamentos. La pandemia no solo había detenido su progreso. De repente los convirtió en invasores.

Ese día, la policía llegó con un equipo de demolición, dijo que el asentamiento era ilegal y que estaba construido de una forma demasiado precaria como para vivir en él, aunque derribarlo exacerbase el sufrimiento en la pandemia.

Las paredes del cobertizo de Abello cayeron con un ruido aterrador.

Por segunda vez en la breve vida de la crisis, ella y su familia no tenían dónde ir.

Medellín

A ocho horas de Bogotá, la escuela apareció como un santuario en una colina, rodeada por un amplio jardín y un portón.

La instituci√≥n, Mi Segundo Hogar, hab√≠a desempe√Īado un papel que cambi√≥ la vida de las familias de recursos modestos a lo largo de los a√Īos, al ofrecer educaci√≥n a bajo costo y de alta calidad. Produjo auxiliares de vuelo y farmac√©uticos en familias donde los padres hab√≠an ido descalzos a clases.

Ahora, cuando las clases presenciales han sido canceladas en toda América Latina, la escuela estaba vacía. Los padres desempleados habían dejado de pagar las pensiones, a veces disculpándose profusamente por mensajes de texto, y la escuela apenas pagaba a los maestros.

En el patio, la rectora, Lina Castrillón, dijo que Mi Segundo Hogar corría peligro de cerrar. Técnicamente, las clases ahora eran en línea, pero solo una parte de los estudiantes podían conectarse todos los días. Muchos no tenían computadoras, o intentaban iniciar sesión a través del celular, y los datos eran caros.

No era solo que sus estudiantes iban a desandar en su aprendizaje, dijo Castrillón. Le preocupaba que esta interrupción alteraría fundamentalmente sus vidas, lo que provocaría deserciones y salarios más bajos, y retrasaría a toda una generación. En casa, desconectados de la escuela, dijo, "la visión" -de un mejor futuro- "se les está perdiendo".

Durante a√Īos, Colombia fue un claro ejemplo de la brecha de riqueza en la regi√≥n, y de las luchas para reducirla.

La prolongada guerra contra fuerzas rebeldes surgió de la ira por la desigualdad. Las divisiones de clase están tan integradas a la sociedad que en las conversaciones informales algunas personas pobres se refieren a las más ricas como "sumercé", una reliquia del colonialismo. Las ciudades están divididas en "estratos", que significan la clase social de cada uno.

Los ricos viven en el estrato seis. Los pobres viven en el estrato uno. Aquellos en asentamientos informales -que legalmente no existen- viven en lo que las personas coloquialmente llaman de "estrato cero".

Pero la vida ha cambiado, considerablemente. De 2002 a 2018, Colombia, uno de los países más desiguales en una región extremadamente desigual, redujo su tasa de pobreza a cerca de la mitad, al 27 por ciento. El país firmó un acuerdo de paz histórico con el principal grupo rebelde, y prometió ayudar a miles en los márgenes económicos y sociales a unirse al éxito de la nación.

La brecha entre ricos y pobres se manten√≠a obstinadamente alta en comparaci√≥n con gran parte del mundo. En los a√Īos noventa, el 10 por ciento m√°s rico de Am√©rica Latina y el Caribe ganaba alrededor de 50 veces m√°s que el 10 por ciento m√°s pobre, seg√ļn Mat√≠as Busso, economista del Banco Interamericano de Desarrollo.

Para cuando la pandemia se desató, las personas con mayores ingresos hicieron un promedio de 22 veces más que los más pobres. Así que, aunque la desigualdad se aferró en la región, había caído a un mínimo histórico, dijo.

Ahora, la pandemia podr√≠a llevar los niveles de desigualdad y pobreza a como estaban en Colombia a inicios del siglo XXI, seg√ļn un an√°lisis realizado por profesores de la Universidad de los Andes. "Un retroceso de dos d√©cadas", lo llaman.

Los economistas predicen regresiones similares en toda la regi√≥n, y el Banco Mundial advierte que solo este a√Īo m√°s de 50 millones de personas en Am√©rica Latina y el Caribe podr√≠an sumirse en la pobreza.

"La crisis actual es probablemente la mayor amenaza a la desigualdad que hemos experimentado", dijo Busso.

En Medell√≠n, vimos a cientos de madres solteras hacer fila afuera de un banco de alimentos que se hab√≠a expandido significativamente cuando comenz√≥ la crisis. Una mujer, Mar√≠a Camila Salazar, de 22 a√Īos, dijo que su madre, Mar√≠a Eugenia Carvalho, de 53, se hab√≠a desnutrido tan peligrosamente que sus delgados hombros ahora sobresal√≠an de su cuerpo.

"Nos acostamos sin comer, sin darle nada a los hijos", dijo.

Antes de la pandemia, Carolina Urda, de 31 a√Īos, quien dirige el banco de alimentos, hab√≠a trabajado para expandir un negocio de costura y lavado destinado a llevar a mujeres en trabajos inestables -ni√Īeras, recolectoras de reciclaje- a algo m√°s seguro.

Las mujeres ahora no ten√≠an ning√ļn trabajo, y Urda pasaba horas cada semana en la tarea de recolectar comida para alimentar a sus familias.

"No queremos m√°s comidas", dijo, sacudiendo los pu√Īos con frustraci√≥n. "Queremos mujeres empoderadas, autosuficientes, empresarias aut√≥nomas".

Bucaramanga

Quizás la imagen más impactante del retroceso de América Latina fue la carretera.

Habíamos esperado encontrar rutas vacías. En cambio, kilómetro tras kilómetro, encontramos procesiones de migrantes venezolanos que arrastraban sus maletas de regreso a casa.

Hab√≠an llegado a Colombia solo unos a√Īos o incluso meses antes, parte de un √©xodo de migrantes que escapaban del colapso pol√≠tico y econ√≥mico de Venezuela. Muchos hab√≠an esperado aprender un oficio u obtener un t√≠tulo en Colombia, o simplemente ganar suficiente dinero para ayudar a sus familias en Venezuela.

Ahora, debido a la pandemia, las personas que conocimos hab√≠an perdido cualquier peque√Īo v√≠nculo que ten√≠an a una vida en Colombia -un empleo, un apartamento- y migraban a la inversa, de vuelta a una naci√≥n donde estaban casi seguros de que les esperaba el desastre. La mayor√≠a dijo que ten√≠an familiares en Venezuela que pod√≠an ayudarlos, mientras que en Colombia ya no ten√≠an nada.

"Se acab√≥ la esperanza", dijo un hombre, Rafael Decena, de 50 a√Īos.

Desde que comenz√≥ la pandemia m√°s de 80.000 venezolanos han regresado a su pa√≠s, seg√ļn las autoridades colombianas.

En Bucaramanga, una ciudad mediana de Colombia, cientos de familias migrantes acamparon a las afueras de un parque para descansar. Una noche, lleg√≥ una caravana de autobuses, una flota enviada por el gobierno colombiano para llevar a las personas los √ļltimos 190 kil√≥metros a la frontera.

Roraima Daversa, de 26 a√Īos, y su hijo Amado, de 9 a√Īos, subieron al autob√ļs con los pies agrietados y con ampollas.

Hab√≠an pasado noche tras noche durmiendo al costado del camino. Cuando Daversa tom√≥ asiento, las l√°grimas comenzaron a rodar por su rostro. Sinti√≥ alivio. Ella y Amado ya no ten√≠an que caminar. "Todos los d√≠as me pregunt√≥: '¬ŅCu√°ntos d√≠as nos faltan?'".

Pero también había desconsuelo.

Daversa, quien estudió gestión ambiental en Venezuela, esperaba ahorrar dinero en Bogotá y volver a su país para abrir un negocio. Ahora estaba de vuelta, peor que cuando se fue.

C√ļcuta

En C√ļcuta, una ciudad pegada a la frontera venezolana, una joven de 17 a√Īos estaba de pie con una camiseta color cereza y shorts de mezclilla, mientras tiraba de un bolso con un lazo brillante y balanceaba nerviosamente un tal√≥n. Unos pocos hombres se acercaron. Una larga fila de carros pas√≥ rugiendo.

Cuando comenzó el confinamiento, su padre perdió su trabajo en la construcción y el refrigerador se vació. Empujada a la desesperación, tomó la difícil decisión de ir a un parque local, donde los hombres comenzaron a pagarle por sexo, seis dólares por encuentro. Ahí ni siquiera era la más joven en hacerlo.

Alguien tenía que traer dinero, dice, "me tocó".

Antes de la crisis, vend√≠a art√≠culos peque√Īos -cigarrillos, caramelos- en la calle. Pero siempre hab√≠a so√Īado con volver a la escuela y convertirse en una crimin√≥loga como esas poderosas mujeres de la televisi√≥n. Tener relaciones sexuales con extra√Īos es "horrible", dijo, y cuando tiene que hacerlo, para distraerse, se imagina a s√≠ misma en un sal√≥n de clases, con sus amigos.

En las √ļltimas dos d√©cadas, la asistencia a la escuela y el aumento del acceso al control de la natalidad jugaron un papel crucial en la reducci√≥n de la brecha de la riqueza en el pa√≠s, al permitir a millones de mujeres estudiar y trabajar, cuando tantas de sus madres se vieron obligadas a quedarse en el hogar.

Sin embargo, cuando la pandemia lleg√≥, el n√ļmero de mujeres forzadas a prostituirse aument√≥ en C√ļcuta, dijo Alejandra Vera, directora de un grupo local de apoyo. Tambi√©n lo hizo la cantidad de embarazos no deseados, ya que las restricciones de viaje y la p√©rdida de empleos dificultaron la obtenci√≥n de condones y otro tipo de anticonceptivos.

Una ma√Īana, la joven de 17 a√Īos, cuyo nombre no revelamos porque es menor de edad, se despert√≥ antes del amanecer ante las s√ļplicas de su hijo, de seis meses, que quer√≠a caminar por el piso y jugar.

Hizo caf√© y dej√≥ al ni√Īo con su padre en una casa al final de la calle. Su madre, de 54 a√Īos, la vio marcharse desde el patio. Sab√≠a lo que estaba haciendo su hija. Es dif√≠cil para ella hablar de eso.

"No critico ni condeno", dijo la madre.

"Trabajos ahora no hay", agregó, derrumbándose. "Esto no es una vida".

Bogot√°

De vuelta en Bogot√°, Abello, la madre que hab√≠a sido desalojada dos veces en medio de la pandemia, se mud√≥ con una amiga, ambas familias api√Īadas juntas.

Karol, la aspirante a enfermera, estaba haciendo todo lo posible para mantenerse al día con sus clases, pero no podía iniciar sesión en la página web de la escuela sin internet, por lo que una amiga descargó las tareas y se las envió por mensaje de texto. Luego las completó a mano, tomó fotos y las devolvió por la misma vía. Pero fue difícil, y le preocupaba estar atrasándose.

Nicol, la hija m√°s joven, cumpli√≥ 15 a√Īos. Tuvieron una peque√Īa celebraci√≥n, solo la familia, y ella visti√≥ el viejo vestido de Karol, negro, con tul.

Cuando la cuarentena se flexibilizó, Abello finalmente regresó a su trabajo de limpieza en una panadería. Pero sus clientes de las casas nunca le pidieron que volviera, y ahora gana aproximadamente la mitad que antes. No estaba claro cuándo podrían mudarse a un lugar propio.

"A mi mamá difícil le agarró", dijo Karol. "Espero que apenas acabe esto, mi mamá pueda conseguir un nuevo trabajo para volver a lo de antes".

"Pues, ojal√°", dijo.

Jenny Carolina González colaboró con este reportaje desde Bogotá.

Julie Turkewitz es jefa del bur√≥ de los Andes, que cubre Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Per√ļ, Surinam y Guyana. Antes de mudarse a Sudam√©rica, fue corresponsal de temas nacionales y cubri√≥ el oeste de Estados Unidos. @julieturkewitz

 

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