La rebelión contra las élites en América Latina
Por: Michael Shifter / The New York Times
Enero 2020
Fotografia: Tomas Munita para The New York Times

En 2019, manifestantes callejeros conmocionaron ciudades de todo el mundo. Am√©rica Latina en particular experiment√≥ una mayor agitaci√≥n social que en cualquier otro momento de la historia reciente. Las crisis pol√≠ticas y las movilizaciones masivas estallaron en Hait√≠, Honduras, Ecuador, Per√ļ, Bolivia, Colombia, Chile y en muchos otros lugares. En las √ļltimas semanas, las manifestaciones han menguado, pero no han cesado y es probable que 2020 traiga m√°s agitaci√≥n.

La turbulencia deriva de muchos de los problemas persistentes en la región, los cuales son más predominantes en algunos países que en otros: estancamiento económico, poderes judiciales politizados, corrupción, delincuencia y, en algunos cuantos casos, un gobierno autoritario. América Latina es la segunda región más desigual del mundo. El fracaso para abordar estos problemas -y para cumplir sus promesas- ha ocasionado que los gobiernos pierdan legitimidad ante los ciudadanos, quienes se sienten cada vez más insatisfechos con la forma en que funciona, o no funciona, la democracia en sus países.

Sin embargo, igual de pertinente para el momento actual es la percepción generalizada de una falta de justicia, de que las élites económicas y políticas gozan de una serie de privilegios y prerrogativas que se le niegan a la mayoría de los ciudadanos. Algunos de los resentimientos acumulados de la región se deben a la sensación que tienen aquellos que ostentan la mayoría del poder y la influencia de que tienen derecho a todo, quienes además casi nunca les otorgan a los demás el respeto y la dignidad que merecen.

Las protestas, amplificadas por las redes sociales, revelaron que a pesar de algunas mejores sociales y económicas reales -en especial en los países sudamericanos productores de materias primas a finales de la década de los dos miles-, la ruta de la movilidad social para la mayoría de los ciudadanos sigue siendo precaria. El enojo se mantuvo contenido hasta que el crecimiento económico comenzó a disminuir en 2013. Las fracturas sociales emergieron, originadas en la incapacidad de los gobiernos de satisfacer las expectativas intensificadas de las nuevas clases medias.

En ning√ļn otro lugar las manifestaciones han sido tan sorprendentes, y violentas, como en Chile, que durante mucho tiempo hab√≠a sido considerado como el pa√≠s con uno de los mejores desempe√Īos econ√≥micos de la regi√≥n y un modelo de paz social y estabilidad pol√≠tica. Esa percepci√≥n se desvaneci√≥ en octubre, cuando millones salieron a las calles para exigir cambios radicales al modelo econ√≥mico e institucional del pa√≠s. Luc√≠a Dammert, catedr√°tica de la Universidad de Santiago en Chile, sugiere que a pesar de que las se√Īales de advertencia eran evidentes, la imagen favorable del pa√≠s hizo que la crisis fuera "impensada" en Chile.

Cuando viv√≠ en ese pa√≠s durante los primeros a√Īos de la transici√≥n democr√°tica tras el gobierno del dictador Augusto Pinochet en 1990, la mayor√≠a de los ciudadanos deseaban un consenso y, en general, los partidos gobernantes, se lo otorgaban. Sin embargo, tambi√©n estaban limitados por una constituci√≥n obsoleta, impuesta por la dictadura. Con el tiempo, se desarroll√≥ una desconexi√≥n entre los partidos pol√≠ticos de todos los espectros y los grupos de ciudadanos que se sent√≠an mal representados.

Chile tiene uno de los ingresos per c√°pita m√°s elevados de Am√©rica Latina, pero los servicios educativos y de salud est√°n fuera del alcance de muchos ciudadanos, la deuda de los hogares es elevada y la mayor√≠a del poder econ√≥mico yace en manos de unos pocos. Las nuevas generaciones, que no se formaron durante los a√Īos de Pinochet, han sido menos complacientes y exigen m√°s reformas de amplio espectro. Como observ√≥ Dammert, se est√° forjando un nuevo Chile "con un rostro joven y mucho menos temor de manifestar su descontento".

El cambio generacional es profundo y fundamental para entender lo que est√° ocurriendo en toda la regi√≥n latinoamericana (y el mundo). La escisi√≥n tambi√©n puede verse en Colombia, donde los estudiantes universitarios han estado a la vanguardia de las manifestaciones en contra del gobierno. Ciertamente, las protestas estudiantiles eran m√°s comunes cuando estudi√© en Colombia a mediados de los setenta. Pero hoy los manifestantes se comunican de inmediato a trav√©s de las redes sociales y tienen varios reclamos y demandas, como mejores servicios p√ļblicos, pensiones m√°s altas y la implementaci√≥n plena del acuerdo de paz de 2016 entre el gobierno y los rebeldes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

En Per√ļ, el s√≥lido crecimiento econ√≥mico que se ha visto en d√©cadas recientes ha estado contrarrestado por una clase pol√≠tica que se encuentra inmersa en una crisis de credibilidad. En la d√©cada de los ochenta, fui testigo de primera mano de la incapacidad de detener la hiperinflaci√≥n y una insurgencia virulenta que deterior√≥ a los partidos pol√≠ticos. A finales de septiembre, aprovechando una ola de sentimiento popular contra la corrupci√≥n -todos los expresidentes vivos de Per√ļ enfrentan cargos de corrupci√≥n-, el presidente Mart√≠n Vizcarra disolvi√≥ el congreso, que era considerado corrupto y alejado de la voluntad del pueblo. Al igual que en otras partes de Am√©rica Latina, las demandas y las expectativas cada vez mayores de la sociedad est√°n superando la capacidad de respuesta del gobierno.

Las élites políticas y económicas latinoamericanas distan de ser homogéneas. Algunas están comprometidas con reformas sociales y políticas serias que abordan las causas subyacentes del descontento actual. Otras favorecen el aumento a los impuestos de los ricos. Existen numerosos ejemplos, en especial a nivel local, de programas innovadores que ayudaron a nivelar el terreno de juego mediante la modernización de los sistemas educativos o la generación de oportunidades de desarrollo social y económico. En respuesta a una demanda social real, todos los partidos en Chile acordaron redactar una nueva constitución para sustituir la que se promulgó bajo la dictadura de Pinochet. Aunque esto difícilmente resolverá la crisis, es un paso en la dirección correcta.

A diferencia de algunos otros pa√≠ses de la regi√≥n, Chile tiene los recursos necesarios para, por ejemplo, aumentar las pensiones y mejorar los servicios p√ļblicos como la educaci√≥n y la atenci√≥n m√©dica. Dichas medidas son importantes para aumentar los ingresos y ayudar a reducir la amplia brecha entre los ricos y los pobres.

Sin embargo, tras vivir en Am√©rica Latina durante cincuenta a√Īos, he visto muy pocos esfuerzos sostenidos para crear v√≠as seguras y estables de movilidad social. Revertir esa tendencia requiere no solo un crecimiento s√≥lido y pol√≠ticas de redistribuci√≥n, sino adem√°s dar un mayor acceso al poder econ√≥mico y pol√≠tico, romper los nexos entre los intereses privados y la clase pol√≠tica y lograr la justicia igualitaria ante la ley. En los albores de una nueva d√©cada, ese llamado urgente puede escucharse en las calles de toda Am√©rica Latina.

 

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