Latinoamérica para los latinoamericanos
Por: Gaspard Estrada / The New York Times
Febrero 2020
Fotografia: Nicolas Asfouri/Agence France-Presse ‚ÄĒ Getty Images

Estados Unidos siempre ha considerado a América Latina como su área natural de influencia. No es una coincidencia si el Departamento de Estado estadounidense conduce su política hacia la región desde la oficina de "asuntos hemisféricos", una manera de dar por sentado que quien manda en América son los (norte) americanos, conforme a lo dictado por la doctrina Monroe. Cuando esta supremacía ha sido puesta en duda, Estados Unidos no ha titubeado en usar su conocimiento, su dinero, sus leyes y sus armas para mantener su hegemonía.

Sin embargo, la irrupción de China en la región ha cambiado las reglas del juego. Y es que Pekín, al volverse el primer inversionista y el segundo socio comercial de Latinoamérica, supo aprovechar el desinterés estratégico de la política exterior de Estados Unidos en su llamado "patio trasero" -por estar concentrado en los conflictos del Medio Oriente y Asia-, para imponerse como su rival con implicaciones geopolíticas en el corto y largo plazo.

La rapidez y la profundidad de estos cambios contrastan con la lentitud con la cual las √©lites latinoamericanas han asimilado su alcance. En un momento de dificultades econ√≥micas, ver llegar (muchos) d√≥lares frescos provenientes de Pek√≠n, ha sido percibido como una salvaci√≥n a corto plazo. Pero conforme se afianza la influencia de China en la regi√≥n, cabe preguntarse si convertirse en el patio trasero de Pek√≠n, despu√©s de haber sido el de Washington, es una buena idea, o si no ser√≠a mejor que los latinoamericanos tomen su destino en sus propias manos para defender la mayor conquista de la regi√≥n en los √ļltimos cuarenta a√Īos: la democracia.

A pesar de tratarse de reg√≠menes pol√≠ticos totalmente distintos, China y Estados Unidos comparten la voluntad de mantener a Am√©rica Latina bajo su influencia. Estados Unidos dice apoyar de manera irrestricta los valores democr√°ticos denunciando a los reg√≠menes venezolano, cubano y nicarag√ľense, pero hace del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro -quien p√ļblicamente ha demostrado su admiraci√≥n por las dictaduras militares y cuestionado la conveniencia de la democracia-, su principal aliado en Latinoam√©rica. China, por su lado, defiende una relaci√≥n arm√≥nica entre pares, sin intromisiones. Pero las condiciones tan desiguales en las cuales se dan estos acuerdos le dan a China una capacidad de influencia tal que agendas que no son del agrado de Pek√≠n, como la defensa de los derechos humanos y de la libertad de expresi√≥n, son progresivamente dejados de lado en aras de mantener la relaci√≥n con ese pa√≠s.

Para contener, de alguna manera, la influencia china, Estados Unidos ha criticado esta "diplomacia de la trampa de la deuda": argumentan que estimularía la corrupción, la destrucción del medioambiente y de los empleos locales y socavaría el Estado de derecho. Pero esta estrategia no ha tenido éxito.

En realidad, Washington ha contribuido a modificar el perfil de las inversiones chinas, que ahora ganan licitaciones p√ļblicas en campos m√°s diversos y de m√°s largo plazo, incluso en pa√≠ses cercanos a Estados Unidos, como Colombia. Y esto no implica que Pek√≠n renuncie a ejercer su poder de prestamista -en particular con los pa√≠ses que no tienen acceso a los mercados internacionales-, mientras presiona por cuestiones pol√≠ticas, como la ruptura de relaciones diplom√°ticas con Taiw√°n (al menos tres naciones de la regi√≥n ya lo hicieron).

La "iniciativa de la franja y de la ruta", principal apuesta diplom√°tica del presidente de China, Xi Jinping, ha tenido un eco singular en Am√©rica Latina: diecinueve pa√≠ses ya se han adherido a este mecanismo, gracias, en buena medida, a la intensa actividad diplom√°tica del jefe de Estado chino. Desde su llegada al poder, en 2013, Xi ha visitado doce pa√≠ses de la regi√≥n, m√°s que Barack Obama y Donald Trump juntos durante los √ļltimos once a√Īos. Y en cada una de estas visitas, sus maletas han llegado cargadas de inversiones. Si bien no todos han osado cruzar el Rubic√≥n, por miedo a las represalias de Estados Unidos, la capacidad financiera china es tal que hasta los aliados m√°s cercanos de Donald Trump est√°n considerando acercarse m√°s a Xi Jinping, quien en noviembre de 2019 le ofreci√≥ a Jair Bolsonaro 100.000 millones de d√≥lares en cr√©ditos. Y de la misma manera que a Estados Unidos, a Pek√≠n no le importar√° que el gobierno brasile√Īo persiga a las minor√≠as, ataque a los periodistas, censure la cultura e intente silenciar a la oposici√≥n.

Frente a ello, Am√©rica Latina tiene dos opciones: dejar fluir la inercia y volverse una regi√≥n bajo la influencia de una potencia que no promueve los valores democr√°ticos o imaginar soluciones innovadoras para que el desarrollo econ√≥mico y social contribuya a fortalecer la democracia y el Estado de derecho. Si se decide por la segunda opci√≥n, es necesario asumir que el manejo de la econom√≠a y de la pol√≠tica precisa cambios estructurales. La econom√≠a de Am√©rica Latina tiene varias trabas que impiden su crecimiento, como la baja productividad, el peso de la econom√≠a informal, el tama√Īo de la evasi√≥n fiscal y la persistencia de la corrupci√≥n. Sin embargo, el rentismo, fruto de la relaci√≥n de promiscuidad entre el dinero y la pol√≠tica, contribuye en gran medida a obstaculizar el crecimiento econ√≥mico y la movilidad social.

En un momento en el que las sociedades latinoamericanas están en rebelión contra sus élites, privilegiar políticas que contribuyan a mejorar la cohesión social y la redistribución del ingreso contribuiría a disminuir el descontento y polarización entre los latinoamericanos, lo que permitiría aumentar la confianza y, con ello, la inversión. Tal vez las élites prefieran mantener sus viejas prácticas de hacer acuerdos en lo oscurito, ahora con nuevos amos, aunque eso signifique sacrificar al pluralismo y a los derechos humanos. Pero Latinoamérica debe estar con la democracia, por encima de todo.

 

 

Gaspard Estrada es director ejecutivo del Observatorio Político de América Latina y el Caribe (OPALC) de Sciences Po, en París.

 

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