Los donativos estadounidenses no son la solución a las tragedias del mundo
Por: Jacob Kushner / The New York Times
Enero 2020
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Fotografia: Damon Winter

Fabienne Jean no solo es la víctima más conocida del sismo de Haití de 2010, sino también el rostro de la reconstrucción y el poder nocivo de las promesas que Estados Unidos no cumplió.

 

La primera vez que vi a la famosa Fabienne Jean, ven√≠a cojeando hacia m√≠ lentamente, pero con la elegancia inconfundible de la bailarina que era. Dos a√Īos hab√≠an pasado desde que los donadores y los medios de Estados Unidos hab√≠an convertido a Fabienne en un s√≠mbolo de recuperaci√≥n del devastador terremoto que sacudi√≥ a Hait√≠ en 2010. Quienes le deseaban lo mejor le hab√≠an prometido de todo, desde una nueva casa y una visa estadounidense hasta su propia academia de baile. En aquel momento, ella manten√≠a las esperanzas. Sin embargo, nada de eso suceder√≠a.

La √ļltima vez que vi a la famosa Fabienne Jean estaba sentada sin hacer nada en su apartamento en un s√≥tano de Puerto Pr√≠ncipe, sin poder trabajar ni bailar, a√ļn nost√°lgica por su breve encuentro con la generosidad estadounidense. Sac√≥ su tel√©fono y empez√≥ a ver fotos. "¬ŅViste esta, Jacob?", me pregunt√≥ mientras re√≠a y me mostraba una foto de ella posando en una playa de Florida. Once meses despu√©s, falleci√≥.

Antes del desastre, Fabienne, una artista del Teatro Nacional de Haití, había bailado sobre el escenario con algunas de las bandas más importantes del país y había lucido atuendos extravagantes en desfiles del carnaval. Pero el terremoto derrumbó un muro de concreto sobre ella, el cual aplastó su pierna derecha. Para salvarle la vida, doctores estadounidenses provenientes de Nueva York le practicaron una amputación por debajo de la rodilla. Fabienne pensó que nunca volvería a bailar.

Pero pocas semanas despu√©s, un hombre de Nuevo Hampshire le prometi√≥ lo contrario. El sujeto, due√Īo de una compa√Ī√≠a de pr√≥tesis, hab√≠a viajado a Hait√≠ para ayudar a los amputados del terremoto. Se sinti√≥ cautivado por el esp√≠ritu optimista de Fabienne y le dijo que la ayudar√≠a.

 

El mundo estaba desesperado por recibir buenas noticias de Haití. Por el terremoto habían muerto entre 46.000 y 316.000 personas, la mayoría en cuestión de minutos, lo que lo convirtió en uno de los desastres naturales más letales de la historia moderna. Fabienne fue una de las incontables víctimas sobrevivientes que resultaron heridas, y una de los 1,5 millones de personas -casi el 15 por ciento de la población- que fueron desplazadas de sus hogares.

Los estadounidenses se sintieron conmovidos por el dolor de Hait√≠. Una encuesta del Pew Research Center revel√≥ que la mitad de los estadounidenses donaron o planeaban donar dinero para ayudar a la recuperaci√≥n de Hait√≠. Por su parte, el gobierno de Estados Unidos prometi√≥ una suma incre√≠ble de 4400 millones de d√≥lares en ayuda. Para comparar, seis a√Īos antes el gobierno estadounidense hab√≠a ofrecido solamente 350 millones de d√≥lares tras el terremoto del oc√©ano √ćndico que hab√≠a cobrado la vida de 230.000 personas y desplazado a otros 1,7 millones.

Los estadounidenses también se sintieron conmovidos por Fabienne. Luego de que The New York Times publicó un artículo de primera plana con su historia, los donadores y doctores empezaron a luchar -incluso a competir- para ayudarla. Luego, el Times publicó un segundo artículo de primera plana sobre Fabienne, lo que consolidó su estatus como el rostro más conocido del terremoto de Haití.

Los donadores trajeron a Fabienne a Estados Unidos, donde se le dise√Ī√≥ y obsequi√≥ una pr√≥tesis. Estados Unidos vio por televisi√≥n c√≥mo volvi√≥ a bailar por primera vez tras la tragedia: gritaba y se balanceaba marvillada con su pierna ortop√©dica. En el aniversario del terremoto, el Times public√≥ otro retrato en primera plana de una Fabienne sonriente, con su nueva pierna descansando triunfalmente sobre su hombro.

Fabienne era la metáfora perfecta de la recuperación. El terremoto le había quitado la pierna, pero los doctores y los donadores estadounidenses habían intervenido para reconstruir su cuerpo y su vida.

O al menos así parecía.

Para mi sorpresa, cuando la localicé en 2012, Fabienne estaba viviendo en un sucio apartamento con su madre moribunda y su joven hija, Christina, llena de energía. El hombre de Nuevo Hampshire había dejado de enviarle dinero para los traslados a las sesiones de fisioterapia y a los ensayos en el Teatro Nacional. Fabienne dependía de la caridad de amigos -no estadounidenses, sino haitianos- para sobrevivir.

La bailarina que había perdido una pierna y había logrado bailar otra vez, ya no bailaba. El espíritu de Fabienne parecía abatido. Aprendió que las promesas pueden ser perniciosas. "Agradezco a Dios que no morí. Estoy viva", me dijo. "Pero esta situación no es buena para mí. Después de la gran cantidad de promesas que las personas me hicieron, nada ha pasado".

Con el tiempo, el mundo pas√≥ a otra cosa. Nuevos desastres ocuparon las primeras planas -la cat√°strofe de Fukushima en 2011, la guerra civil siria en 2012- y los periodistas consiguieron nuevas historias de personas que contar. Tanto Fabienne como Hait√≠ desaparecieron de las noticias, de la manera como suelen hacerlo las v√≠ctimas en lugares remotos. Yo me mud√©, pero cada vez que regresaba a Hait√≠, pasaba a visitarla. El mes pasado, su apartamento en el s√≥tano estaba cerrado con llave. La entrada estaba en silencio. Cuando toqu√© la puerta de una vecina para preguntar si Fabienne hab√≠a salido, me enter√© de que Fabienne hab√≠a fallecido un mes antes, tras un ataque epil√©ptico. Hab√≠a estado sufriendo de convulsiones durante a√Īos; su t√≠o cree que fueron el resultado del da√Īo cerebral que sufri√≥ durante el terremoto. "Toda la asistencia que Fabienne recibi√≥ fue para su pierna", me dijo su t√≠o. "En aquel entonces, nadie pensaba en los problemas dentro de nuestras mentes".

Fabienne muri√≥ joven, a cinco semanas de su cumplea√Īos 41. El mes pasado, Christina me llev√≥ a la habitaci√≥n donde vivi√≥ y muri√≥ su madre. Alcanz√≥ un saco, con una bandera estadounidense enorme estampada y las palabras "arroz estadounidense de calidad premium". El saco alguna vez contuvo "ayuda alimentaria": arroz que, gracias a los subsidios del gobierno de Estados Unidos, fue cultivado por agricultores estadounidenses y enviado a Hait√≠, donde dej√≥ sin trabajo a agricultores haitianos. Ahora vac√≠o, era el saco en el que Christina ten√≠a guardada la √ļltima pierna ortop√©dica de su madre.

No reconoc√≠ la pierna. Christina me explic√≥ que las piernas donadas por los estadounidenses hab√≠an dejado de servirle a Fabienne hac√≠a tiempo. Le causaban dolor y a menudo se desprend√≠an cuando caminaba o bailaba. As√≠ que, durante muchos meses, Fabienne ahorr√≥ todo el dinero que pudo, y al final se compr√≥ una nueva pierna por su cuenta. Fue con esta pierna, fabricada en Hait√≠, que Fabienne bail√≥ por √ļltima vez el domingo antes de su muerte, cuando una de sus canciones favoritas empez√≥ a sonar en la radio.

¬ŅAcaso Estados Unidos le hab√≠a fallado a Fabienne? Despu√©s de la enorme cantidad de promesas que los pol√≠ticos y las organizaciones ben√©ficas estadounidenses hicieron sobre reconstruir Hait√≠ tras el terremoto, al parecer ni siquiera pudimos reconstruir una sola vida: la vida de la persona que recibi√≥ m√°s atenci√≥n y promesas que cualquier otra.

"Cuando le prometes algo a alguien, lo motivas", me dijo un traductor haitiano que trabajó como enlace entre Fabienne y sus donadores estadounidenses. Pero a medida que pasa el tiempo y nada sucede, las promesas incumplidas pueden quebrar la voluntad de una persona, hasta el punto de enfermarla físicamente, me dijo. "Eso fue lo que le sucedió a Fabienne. Eso afectó su mente, su cuerpo y cada parte de su ser".

Durante diez a√Īos he investigado el fracaso que significaron los miles de millones de d√≥lares destinados a reconstruir y reestructurar a Hait√≠. He escrito sobre un puerto financiado por Estados Unidos que nunca se construy√≥. He relatado los desaciertos de las buenas intenciones de los voluntarios estadounidenses. He revelado que Estados Unidos estuvo deportando inmigrantes haitianos a pesar de saber que enfrentar√≠an condiciones potencialmente mortales en su pa√≠s natal. He reportado sobre el modo en el que el gobierno y las organizaciones ben√©ficas de Estados Unidos desperdiciaron millones de d√≥lares en contratistas estadounidenses en vez de invertir los fondos de ayuda a nivel local. (Los investigadores han calculado que apenas un 2,3 por ciento de todo el dinero que la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional le "otorg√≥" a Hait√≠ termin√≥ en manos de compa√Ī√≠as o firmas haitianas -la mayor√≠a fue a parar a manos de contratistas estadounidenses de Washington y sus alrededores-, y solo alrededor de un 9 por ciento de los fondos concedidos en los dos a√Īos posteriores al terremoto fueron canalizados al gobierno de Hait√≠).

La historia de lo que le sucedió a Haití es la historia de lo que le sucedió a Fabienne. Estados Unidos hizo grandes promesas y no las cumplió.

¬ŅQu√© le deb√≠amos nosotros, como consumidores de noticias y como estadounidenses, a Fabienne? ¬ŅTenemos el derecho a publicar y a contemplar im√°genes de cuerpos negros con el fin de empatizar con su sufrimiento desde lejos? ¬ŅPara contemplar nuevamente, con satisfacci√≥n, cuando alcanzan sus puntos m√°s altos? Y si contemplamos, as√≠ como observamos a Fabienne, ¬Ņtenemos el derecho de luego mirar hacia otro lado?

¬ŅQu√© le debemos a Hait√≠? Millones de nosotros enviamos dinero a organizaciones ben√©ficas estadounidenses sin primero estudiarlas o leer sobre sus planes, si es que ten√≠an alguno, para reconstruir esa naci√≥n. Dar dinero es f√°cil y satisfactorio. Descifrar c√≥mo usar ese dinero para unir todas las piezas de una vida hecha a√Īicos, por no hablar de un pa√≠s, es uno de los esfuerzos m√°s dif√≠ciles y complejos que cualquiera puede emprender.

En mi √ļltima ma√Īana en Hait√≠, un amigo periodista haitiano ofreci√≥ llevarme a m√≠ y a algunos de los familiares de Fabienne a visitar su tumba. Condujimos hasta la iglesia donde se realiz√≥ su funeral, luego cruzamos r√°pidamente la calle ajetreada rumbo al cementerio. El resto de nosotros mantuvo distancia mientras Christina miraba en silencio la tumba de su madre.

Le hice una pregunta a la familia de Christina: si toda la atenci√≥n prestada a Fabienne le hab√≠a fallado al final, ¬Ņestaban seguros de que era una buena idea que yo escribiera otro art√≠culo? S√≠, insistieron. "Porque probablemente pueda ayudar a su hija, a darle visibilidad", me dijo su t√≠o. Sin Fabienne, la familia no ha sido capaz de pagar la colegiatura de Christina. Quiz√°s lo que yo publique pueda "ayudarla a triunfar", me dijo. "Es una labor muy importante la que est√°s haciendo".

Pero diez a√Īos despu√©s de que el Times, MSNBC y otros medios de comunicaci√≥n elevaron la historia de Fabienne -una d√©cada despu√©s de que millones de estadounidenses hicieron promesas desde el fondo de su coraz√≥n o abrieron sus billeteras con la disposici√≥n de ayudar- no creo estar tan convencido. Quiz√° nuestra obligaci√≥n moral hacia personas como Fabienne sea esta: si nos permitimos contemplarlos, no miremos hacia otro lado despu√©s. En vez de eso, involucr√©monos y asumamos la compleja labor que implica reconstruir una naci√≥n y una vida.

La solución no es prometer menos. Es ver que esas promesas se cumplan. Eso, al menos, es lo que me dijo la tía de Fabienne. "Dijeron que iban a construirle una casa... nada pasó".

"Vinieron a este país y luego lo abandonaron".

 

 

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Jacob Kushner es un periodista de investigaci√≥n que divide su tiempo entre √Āfrica y el Caribe. Para la realizaci√≥n de este reportaje recibi√≥ el apoyo del Centro Pulitzer de Reportajes de Crisis.

 

 

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