Maradona, el apellido de un país
Por: Alejandro WallNovember/ The Washington Post
Noviembre 2020
Fotografia: (Rodrigo Valle/Getty Images

 

Una contrase√Īa se convirti√≥ durante d√©cadas en el salvoconducto para cualquier argentino que caminara por el exterior, mucho m√°s si se trataba de un pa√≠s en el que no se dominaba el idioma: "Argentina Maradona". A ese c√≥digo le siguen historias infinitas. Comidas gratis, un trago, amistades, romances fugaces, gritos y abrazos napolitanos, un partido de f√ļtbol, un taxi que llega a tiempo, la salvaci√≥n de una desgracia, la indicaci√≥n justa para volver a casa, un parto urgente. Diego Maradona fue un pasaporte -una estampita- que abri√≥ mundos, un sustantivo que nunca necesit√≥ de traducci√≥n, el apellido definitivo de un pa√≠s.

Su muerte, a los 60 a√Īos, deja en shock a ese pa√≠s, la Argentina, que se siente hu√©rfana como nunca. Pero tambi√©n lastima a los millones que lo lloran en el mundo, incluso a quienes no sab√≠an que lo quer√≠an tanto. La muerte de Maradona no era una muerte inesperada, era una muerte imposible. Todo lo que se pod√≠a hacer con un cuerpo para vencerlo, Diego lo hab√≠a hecho. Lo llen√≥ de sustancias, lo someti√≥ a operaciones, le entreg√≥ picos de stress y presi√≥n, lo llev√≥ de ac√° para all√°, sin descanso; lo expuso en un campo de juego a las patadas rivales y en el campo de las aventuras a las patadas propias. Lo quebr√≥ emocionalmente. Entreg√≥ el cuerpo, su cuerpo, a la felicidad colectiva. Diego fue un fabricante de felicidad.

Diego las hizo todas y todas las que se le pusieron enfrente las fue esquivando en lo que era su propio arte. Se imant√≥ -y nos imant√≥- de una sensaci√≥n de invencibilidad. No parec√≠a haber finitud en Diego, D10s. Y en realidad es que Diego no hizo lo que quiso; hizo lo que pudo con lo que fue. Con lo que signific√≥ ser Maradona, mucho m√°s que un jugador de f√ļtbol, un artista. Su obra fue ser la encarnaci√≥n del Sue√Īo del pibe, un tango de 1942 que alguna vez √©l mismo interpret√≥ en televisi√≥n. Si el potrero (la cancha de tierra) fue el mito fundante del f√ļtbol argentino, Maradona lo complet√≥.

Maradona naci√≥ en Villa Fiorito, un barrio perif√©rico de Buenos Aires, lo que tampoco tiene traducci√≥n: una villa miseria. Y de ah√≠, el villero fue directo a ser un Zeus del f√ļtbol, como lo llam√≥ el periodista espa√Īol Santiago Segurola. Maradona entreg√≥ su vida a la reivindicaci√≥n de Fiorito, del barro, de una madre que no com√≠a para que pudieran comer √©l y sus siete hermanos. Su historia es la historia de la desigualdad de la Argentina, de Am√©rica Latina. Es todo lo que hay que entender para entender al Maradona que arremete contra el oro del Vaticano y el poder de la FIFA; el que se tat√ļa al Che Guevara y se hace amigo de Fidel Castro, el que va a N√°poles y saca la pus del norte rico y el sur pobre, el que pide igualdad para los futbolistas y anuncia un sindicato.

Las contradicciones, en las que siempre hurgan sus detractores, son parte de su humanidad desmesurada. Y la belleza de Maradona radic√≥, sobre todo, en su humanidad. Quienes a esta hora lo lloran -y lo lloran mucho, a oleadas- es por lo que fue como futbolista, pero tambi√©n lo que fue como persona. El hombre adentro de la cancha estaba condicionado al hombre afuera de la cancha, y al rev√©s. Se repite mucho en este dolor colectivo y popular que a Diego se lo despide como a un familiar, un amigo, con la clase de dolor que s√≥lo se siente por un hermano. Diego construy√≥ una cercan√≠a con absoluta simpleza. Fue Fiorito para los argentinos. Fue N√°poles para los italianos. Fue los excluidos para el mundo, los olvidados. ¬ŅQu√© otra cosa pod√≠a ser Maradona? ¬ŅQu√© otra cosa pod√≠an pretender de un hombre al que hasta en los √ļltimos d√≠as le infiltraron un drone en el fondo de la casa donde intentaba recuperarse?

Diego es un nombre com√ļn en la Argentina. Pero decir El Diego s√≥lo es decirlo a √©l. En la Argentina decimos El Diego. Y tambi√©n decimos La Claudia, la mujer que lo acompa√Ī√≥ en los momentos m√°s extraordinarios. Nuestra realeza del barro. Eran nosotros, los comunes, pase√°ndose entre la realeza formal, ah√≠ arriba. Si algo podr√≠a resumir a Maradona, y nada lo resume, es su partido contra Inglaterra en el Mundial 86, cuatro a√Īos despu√©s de la guerra de Malvinas, un di√°logo entre el gol con la mano y el gol m√°s maravilloso de la historia. Un hombre jugando como nadie mejor jug√≥ el deporte que hab√≠an inventado ellos, los ingleses.

Maradona est√° en canciones, libros, cr√≥nicas, poes√≠as, como si se tratara de una obra paralela. Pero Diego siempre fue su propio narrador. Una m√°quina verbal, como dice el soci√≥logo Pablo Alabarces. Fue el hombre al que la efedrina lo sac√≥ del Mundial 94 en Estados Unidos. Y el que escribi√≥ su propio epitafio: "Me cortaron las piernas". Despu√©s del doping, Diego nunca pudo volver a Estados Unidos, aunque lo intent√≥ con el sue√Īo de llevar a su nieto a Disney, aunque lo recomendaron m√©dicos para alg√ļn tratamiento. S√≥lo piso Nueva York por unas horas como escala a Londres. Pero poco se supo que en una ocasi√≥n, durante una visita a su hermano Lalo, que vive en Toronto, Canad√°, su subi√≥ a un auto y fueron hasta la frontera. La historia se cont√≥ siempre con sigilo, la reconstruimos junto a Andr√©s Burgo para un libro. Maradona cruz√≥ a Estados Unidos, lleg√≥ a hasta una estaci√≥n de servicio en la que se mov√≠a una bandera, se baj√≥, se tom√≥ una foto y se fue. Alguien quiz√° tenga ese recuerdo. La foto de una rebeld√≠a. As√≠ fue su vida, la que desde hoy es bandera.


Alejandro Wall es periodista especializado en deportes. Actualmente es columnista de Pasaron Cosas, por 'Radio con Vos', y co-conductor de Era por abajo. Escribe para 'Tiempo Argentino' y otros medios. Ha publicado cuatro libros deportivos, entre ellos 'El √ļltimo Maradona'.

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