Pandemia de pantallas: la verdad est√° fuera del algoritmo
Por: Zakarías Zafra / The Washington Post
Septiembre 2020
Fotografia: Javier Torres/AFP via Getty Images

 

La sensaci√≥n es aut√©ntica: la vida se dividi√≥ en dos. La anterior -biol√≥gicamente protegida- contrasta con esta, paranoica y fr√°gil, amenazada no solo por un virus, sino por la digitalizaci√≥n acelerada de la realidad. En un mundo donde lo colectivo fue suspendido por el distanciamiento social y lo p√ļblico trasladado sin anestesia al espacio de las pantallas, cabe preguntarse por el lugar de la veracidad. Puertas adentro, la adicci√≥n por navegar sobre noticias catastr√≥ficas -ahora llamada doomscrolling-, la orientaci√≥n dr√°stica de las vidas social, familiar, laboral y acad√©mica a los m√°rgenes de los dispositivos y la propagaci√≥n de la infodemia en los meses m√°s agudos del confinamiento, han roto los puntos de contacto con la realidad. Aunque la hiperconexi√≥n lo contradiga, estamos solos en una tarea muy dif√≠cil: la interpretaci√≥n del mundo.

En la soledad de las pantallas, la opini√≥n es noticia y el universo emocional de unos se acumula sobre la realidad de otros. La crisis de desconfianza hacia los gobiernos, los medios y cualquier instancia de decisi√≥n en torno al COVID-19 ha tenido como base, adem√°s de la desinformaci√≥n, el derecho a una verdad propia, estimulada por un uso socialmedi√°tico de la raz√≥n que no busca otra cosa que la confirmaci√≥n de sus propios supuestos. El "yo creo en lo que veo" parece m√°s sospechoso en un contexto de aislamiento preceptivo e hiperconexi√≥n. La se√Īal de alarma est√° en la dificultad de articular un sentido frente a la rapidez con que los hechos y los juicios se contagian y se reorganizan. Una consecuencia m√°s del avance exponencial de la viralidad.

La pandemia, tras la abolici√≥n del contacto f√≠sico con el exterior, agudiz√≥ la costumbre de ver y entender el mundo a trav√©s de las pantallas. El encierro -traducido en una gran masa de usuarios conectados en un infinito de opiniones, comentarios, noticias, filtros y "me gusta"- produce retazos de realidad que no tienen otro espacio de reconstrucci√≥n que los timelines. Si la emergencia sanitaria individualiz√≥ al extremo una vida que ya ven√≠a separada de lo colectivo, lo que se ve interrumpido ahora es la posibilidad de confrontar lo que ocurre en distintas escalas. El algoritmo que dise√Īa la experiencia en l√≠nea despoja a los usuarios de la capacidad de ver un panorama completo y ponerlo en contraste con otros. La verdad objetiva, como advirti√≥ Roberto Blatt en el libro Historia reciente de la verdad, queda recluida en una burbuja subjetiva de pensamiento √ļnico.

En la nueva normalidad hiperconectada, el problema no solo est√° en qui√©n ocupa lo p√ļblico, sino en qui√©n -y c√≥mo- conquista la narrativa bajo la cual lo p√ļblico se representa. Bots, fake news, cadenas de Whatsapp, "me gusta" comprados: quien controle la sensibilidad de la data tiene la verdad. Esa parece la m√°xima de esta era de vigilancia que entrega escenas personalizadas a medida que las sustrae del paisaje complejo de lo humano. El peligro, como lo que sucedi√≥ con la oficina del odio en Brasil, podr√≠a estar no en que la realidad sea reproducida en redes, sino que lo dicho en redes termine por desmontar la realidad. Una cancelaci√≥n llevada al l√≠mite.

Esto resulta especialmente preocupante en América Latina, donde la incidencia sobre el poder de las tecnologías digitales es la más baja del mundo. El dato, además de sugerir que la realidad parece virtualmente repartida, indica que el lugar donde se organizan las interpretaciones está muy lejos de aquel donde se producen los hechos. Una mesa servida para la manipulación. En una sociedad digital llena más de opiniones que de testimonios, donde se privilegian las emociones por encima de las deducciones, la miopía o la ajenidad podrían convertirse en las formas de relación con la verdad. Un cuadro que devuelve la imagen de un mundo distorsionado, narcisista, impaciente y, en el fondo, antidemocrático.

Salir del algoritmo, en este contexto, toma un sentido de protesta. La huida por la v√≠a del "marginalismo digital", esa forma de separaci√≥n de la teleexistencia que recupera el Manual de Escapolog√≠a de Antonio Pau, puede admitir matices: en lugar de un retorno a lo anal√≥gico, establecer acuerdos m√°s significativos con lo que consumimos en las redes. Reconstruir la relaci√≥n con lo p√ļblico, incluso con el uso de herramientas y plataformas digitales, que puedan incentivar otras formas de participaci√≥n m√°s all√° de la producci√≥n-de-contenidos. Intercambiar la mirada afuera, donde importan los cuerpos, la ciudad, los acuerdos sociales, y la mirada adentro, la del mundo reimaginado en conexi√≥n.

La tarea no parece f√°cil. Esta realidad acelerada nos invita a repensar las cosas de una manera m√°s √°gil y menos ingenua. C√≥mo retomar la perspectiva colectiva en un tiempo donde reina la sospecha, el distanciamiento y la desintegraci√≥n de lo p√ļblico es una interrogante que va a rodearnos por un buen tiempo y, dadas las evidencias, no podemos esperar la llegada de la inmunidad social para responderla. Si ya es un riesgo no distinguir los s√≠ntomas de la mentira, tal vez sea peor no poder reconstruir la realidad que, d√≠a a d√≠a, habitamos por pedazos desde un avatar.

 


Zakarías Zafra es escritor y editor en México. Su libro más reciente es 'Maquinaria íntima: Cuerpo, Exilio, Memoria, Palabra'.

 

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