Política y estética del meme
Por: Jorge Carrión /The New York Times
Agosto 2020
Fotografia: Jorge Carrión cuenta personal de Twitter

Estos mensajes breves y generalmente irónicos son el auténtico telón de fondo de nuestra época. Y antes de reírnos y compartirlos, valdría la pena analizarlos, especialmente por su contenido político, pero también como una forma artística.

 

"Mallarmé afirmó que en el mundo todo existe para culminar en un libro. Hoy todo existe para culminar en una fotografía", escribió Susan Sontag en 1977. A juzgar por los contenidos que más circulan por nuestras bandas anchas, se podría afirmar que en 2020 todo existe para culminar en un meme.

Los memes son mensajes visuales sencillos, de consumo instantáneo, por lo general irónicos, concebidos para navegar por las redes sociales a velocidad superheroica. Se trata de archivos de imagen o de vídeo que a menudo incluyen texto. Su naturaleza se ubica entre lo popular y lo populista. Son, al mismo tiempo, la encarnación digital e hiperbreve del chiste o del panfleto. Se han vuelto importantes por su potencia viral, por su poder político. Pero no hay que olvidar que, al mismo tiempo, son efectivas construcciones estéticas.

Las fotograf√≠as, los cad√°veres exquisitos, los c√≥mics o los grafitis tardaron mucho tiempo en ser considerados arte. En estos momentos, formas de expresi√≥n tan distintas como las canciones de trap, los hilos de Twitter o los memes est√°n entrando en ese dif√≠cil territorio. Pero el meme plantea una dificultad te√≥rica que no encontramos en otras manifestaciones culturales. ¬ŅPuede ser arte una forma que, por su propia anatom√≠a, no puede aspirar a la excelencia, que solamente pretende ser comunicaci√≥n y contagio? Supongo que s√≠, si lo es un urinario desde hace ya un siglo.

Antes de continuar, tengo que confesar que no me gustan los memes. No los comparto, casi ni los recibo. Pero eso no importa, porque se han vuelto fundamentales en la comunicación contemporánea. Y la crítica cultural aspira a trascender los gustos propios y analizar los objetos de interés general.

Los memes constituyen un aut√©ntico tel√≥n de fondo de nuestra √©poca. Dice la investigadora y activista An Xiao Mina en Memes to Movements que son el "street art" de internet. Si el rap o el grafiti dieron expresi√≥n art√≠stica al malestar social de los a√Īos ochenta, muchos de los memes que se producen y consumen expresan el virtual del siglo XXI. Aunque haya sido convertido en un arma propagand√≠stica sobre todo por la derecha y la extrema derecha, su difusi√≥n ha alimentado la indignaci√≥n y las protestas tanto de los aficionados al deporte como de los fans de series de televisi√≥n, tanto de los movimientos progresistas como de los conservadores. A todos nos une, para bien y sobre todo para mal, el poder imantador de los memes.

Ese poder radica en la formalizaci√≥n de una idea. En un dise√Īo. En la selecci√≥n de ciertas im√°genes y su combinaci√≥n con ciertas palabras. Es importante diseccionar su est√©tica para entender su capacidad de penetraci√≥n en nuestras mentes, que transforman en agentes de contagio. ¬ŅPor qu√© esa artesan√≠a tan precaria consigue secuestrar nuestra atenci√≥n durante tres segundos y que pulsemos el bot√≥n de "compartir"? Porque apela a la dimensi√≥n m√°s exportable de nosotros mismos.

En su contenido, los memes digitales apuntan a una diana con varios círculos concéntricos: el sexo, la comida, el humor, la pertenencia a una comunidad o la autorrealización. Su objetivo es la difusión masiva. No en vano son la evolución digital de lo que Richard Dawkins definió como meme en su libro clásico de 1976, El gen egoísta: las ideas virales, los conceptos que triunfan en las sociedades humanas y pasan a formar parte de la genética cultural.

Desde que en 1999 Susan Blackmore publicó The Meme Machine hasta que en 2013 llegó a nuestras librerías Memecracia. Los virales que nos gobiernan, de Delia Rodríguez, la literatura académica y de divulgación siguió y actualizó la teoría de Dawkins, llevándola a la lógica y la locura de internet. En la bibliografía más reciente sigue predominando una lectura sociológica, tecnológica y política; pero la aproximación estética se va abriendo camino.

En proyectos monogr√°ficos virtuales, como el brasile√Īo Museu de Memes; en exposiciones de espectro m√°s amplio, como la que ha comisariado Mery Cuesta este a√Īo para el Centro de Arte Dos de Mayo sobre Humor absurdo; o en festivales como el pionero Memefest, o el del Centro de Cultura Contempor√°nea de Barcelona con el mismo nombre, constatamos el inter√©s global por pensar y representar esos artefactos m√≠nimos y cotidianos en los √°mbitos de la producci√≥n y el archivo del arte.

La forma de los memes es desconcertante y -por extra√Īo que parezca- hipn√≥tica. Primaria, amorfa, amateur. Un meme no puede ser, por su propia naturaleza, bello ni perfecto. Su est√©tica incluye todo aquello que proscriben en principio las bellas artes: la fealdad, el reciclaje ic√≥nico, la falta de ortograf√≠a, el p√≠xel. Aunque algunos pocos pervivan, la inmensa mayor√≠a desaparece poco despu√©s de su entrada en el scalextric que conecta todas las pantallas. Tienen que ser tan aerodin√°micos como un mosquito y tan vulgares como un mensaje de texto o el selfi de un amigo: para contagiar lo apuestan todo a una artesan√≠a que se camufla entre los mensajes de la vida cotidiana.

Su confecci√≥n recurre a lo m√°s elemental de la l√≥gica del collage: el corta y pega. Aunque existan creadores profesionales de memes y agencias de desinformaci√≥n que los fabrican en cadena, cualquiera puede acceder a generadores (Memegenerator, Imgflip) o incluso dejar que los produzca un algoritmo (como el de This Meme Does Not Exist). El meme es la expresi√≥n m√≠nima del remix. El ep√≠tome del hazlo t√ļ mismo. La autor√≠a de un meme, necesariamente compartido y variado en su trayecto vital, es colectiva. Tras leer uno impactante, a menudo nuestro inconsciente llega a la misma conclusi√≥n: qu√© bueno, lo podr√≠a haber hecho yo mismo, voy a reenviarlo.

Si bien millones de personas se pueden llegar a re√≠r, simult√°neamente, por el mismo meme, tambi√©n grandes masas de poblaci√≥n pueden decidir cambiar sus percepciones sobre la inmigraci√≥n, un partido pol√≠tico o la violencia de g√©nero tras recibir esas vi√Īetas de opini√≥n, esas p√≠ldoras ef√≠meras, esos chistes textovisuales.

La propia Sontag, en su c√©lebre ensayo "Contra la interpretaci√≥n", escribe: "La mejor cr√≠tica, y no es frecuente, procede a disolver las consideraciones sobre el contenido en consideraciones sobre la forma". La funci√≥n de la cr√≠tica -a√Īade- consiste en mostrar el c√≥mo y el qu√© de la obra, no en interpretarla. Eso deber√≠amos hacer con los memes.

Los lectores tenemos que permanecer atentos ante ese nuevo ecosistema de la influencia y la atenci√≥n. La cr√≠tica pol√≠tica de internet, donde todo pasa por una ingenier√≠a y un dise√Īo centrados en la experiencia del usuario, debe ser tambi√©n est√©tica. Los memes nos entran por los ojos. No lo olvidemos.

No podemos permitir que sean un monopolio de la ultraderecha, un veh√≠culo para la transmisi√≥n de racismo, homofobia, machismo o teor√≠as de la conspiraci√≥n. Los medios de comunicaci√≥n m√°s responsables y serios y los proyectos pol√≠ticos progresistas deber√≠an poner en circulaci√≥n sus propios memes. Y todos nosotros tendr√≠amos que reflexionar cr√≠ticamente durante unos segundos sobre el contenido que hemos recibido en nuestro tel√©fono antes de compartirlo. O, mejor a√ļn, de preferir no hacerlo.

 

Jorge Carrión, colaborador regular de The New York Times, es escritor y director del máster en Creación Literaria y del posgrado en Creación de Contenidos y Nuevas Narrativas Digitales de la UPF-BSM. Su nuevo libro se titula Lo viral.

 

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