Rompiendo el techo del tranvía
Edición "dat0s 229"
Por: Zana Petkovic
Febrero 2020
Fotografia: Revista dat0s 229

Hace algo m√°s de 30 a√Īos estaba viajando en un tranv√≠a de mi ciudad. Un joven y alto basquetbolista que en aquel entonces reci√©n comenzaba con su carrera profesional estaba parado a mi lado. Apenas pod√≠a caber por su alta estatura en el mismo medio de transporte antiguo y bullicioso. Aquel d√≠a, recuerdo, me llam√≥ la atenci√≥n su nada normal postura y su cuello casi por completo doblado, su cabeza agachada, apretada por un techo de aluminio. Hoy en d√≠a recuerdo esa imagen como si fuera ayer y tengo la leve impresi√≥n que una gran parte de la humanidad est√° caminando de la misma manera. Agachada asumiendo esa postura artificial de llevar un peso tan grande que es casi imposible levantar la cabeza hacia el cielo.

El dolor en cierto momento comienza a ser tan fuerte que uno comienza a gritar, levanta la cabeza y rompe el techo. Ah√≠, en ese preciso momento, uno se da cuenta que el techo en realidad no es ni siquiera de metal blando, es decir aluminio. Hab√≠a sido de cart√≥n. Cu√°n grande es el sentimiento de verg√ľenza por no haber levantado la cabeza antes y por estar sufriendo tanto tiempo ese dolor inimaginable y torturador, es ya tema de cada uno. Una vez que el discurso pol√≠tico comienza a separarse por completo de la vida real, encontrar una estrategia que funcione en ese mismo mundo, se convierte en una tarea casi imposible. Alguien lo dijo. √Čsta separaci√≥n entre el discurso y la vida real lleva a una sociedad hacia el rompimiento de la comunicaci√≥n entre estos dos actores cuya cohabitaci√≥n no solo que se torna confusa y dif√≠cil. Se convierte en peligrosa y amenazante.

Es, acaso, por este motivo, que los que mueven los hilos comienzan a apurarse en establecer las palancas de poder más duras y amenazadoras. Así como se apura el comerciante callejero en venderle su reloj de oro falso, pues sabe que si deja un segundo que su víctima razone, perderá su ganancia. Somos testigos de un fenómeno planetario: utilizar el descontento para crear las herramientas de destrucción de millones de personas.

Una vez m√°s se confirma la teor√≠a que describe la ideolog√≠a del poder como un c√ļmulo de deseos y autoenga√Īos que el aparato gobernante construye como auto proyecci√≥n de felicidad y prosperidad. Todo reflejado sobre una pantalla rasgada de la vida real. El esfuerzo empleado construye una imagen falsa que se empe√Īa en imponerse a la gran masa que camina con la cabeza agachada, territorios y pueblos hace mucho tiempo conquistados.

Los elegidos autoproclamados libertadores elaboran una larga lista de argumentos para justificar su meta que resulta ser un simple y burdo robo. La falsa conciencia lleva la autoestima a las alturas de una arrogancia salvaje. Primaveras árabes y revoluciones naranjas, experimentos realizados en las sombras de los campos de petróleo dieron pobres resultados. El desconocimiento de las culturas y costumbres al tratar de introducir la democracia con espada y fuego, fracasaron.

Entonces comenzó una nueva estrategia. La estrategia de la mentira.

La mentira es la verdad del funcionamiento de un nuevo orden autosuficiente, autocomplaciente y su base filos√≥fica e intelectual. La mentira se ha infiltrado en todos los poros del pensamiento y comunicaci√≥n. Se ha convertido en el reflejo condicionado de la forma de ver y expresarse. Es signo de reconocimiento y, de cierta manera, es el mantra de las elites mundiales que, como interlocutores e intermediarios para convencer y doblegar a la masa empobrecida y oprimida, postula a los multimillonarios cuyos par√°metros definen verdades √ļtiles o in√ļtiles. Seg√ļn les sea conveniente. Su ceguera asusta. Su poder tambi√©n. Y regresando a la imagen del tranv√≠a y aunque todo parece definido, mi optimismo natural, que dicho de paso me fue regalado en mi nacimiento y doy gracias por ello todos los d√≠as de mi vida, me hace creer que los que piensan que es posible acostumbrar a la gente a vivir en esa posici√≥n antinatural de cabeza agachada casi de esclavos, est√°n muy equivocados. ¬ŅO no?

 

Imprimir
Enviar Articulo

Lo más leido en:
Opinion
Artículos Relacionados:
Personajes
Jorge Zepeda Patterson / El País
Martín Caparrós / The New York Times
Cayo Salinas
Cayo Salinas
El llanto de un √°rbol Dat0s 193
Columnistas
Am√©rica Latina necesita aumentar el n√ļmero de pruebas y rastreo de contactos para reabrir 
Por: Luis Felipe López-Calva / The Washington Post
El virus en Am√©rica Latina 
Por: Juan Gabriel Vásquez / El País
La pandemia de la soledad 
Por: √Ālvaro Santana-Acu√Īa / The New York Times
'Dreamers' o c√≥mo perder el miedo 
Por: Jorge Ramos / The New York Times