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La literatura de la nueva escala humana
Por: Jorge Carrión /The New York Times Lunes, Marzo 23, 2020-Hrs.

El COVID-19 nos ha recordado que el ser humano no es el centro del mundo. Varias novelas y ensayos recientes han empezado a representarnos en unas proporciones más adecuadas y más éticas, en consonancia con el reto de no acabar de destruir el planeta.

Para crear la Constelación de los Caídos desde el desierto de Atacama, los familiares, sus simpatizantes y Amnistía Internacional se proponen bautizar veintiséis estrellas con los nombres de las veintiséis personas que fueron ejecutadas allí en octubre de 1973, durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. "Crearemos el primer monumento en el universo donde se conocerán sus historias y sus vidas a través de sus estrellas", escribe la escritora Nona Fernández en Voyager.

El t√≠tulo ya nos se√Īala cu√°l es el lugar de los seres humanos en la escala que asume la novela. Aunque la narradora nos cuente la vejez de su madre, su propio parto o la vida de Mario Arg√ľelles Toro -uno de los exterminados-, el texto abre su diafragma hacia el cosmos. La historia del universo, la magnitud de las constelaciones o el nacimiento y la muerte de los soles nos insertan en un espacio y un tiempo en los que no somos pr√°cticamente nada (la mota del polvo de una estrella que hace miles de a√Īos que desapareci√≥, aunque la veamos brillar todav√≠a).

Si durante las √ļltimas d√©cadas una parte de la literatura que importa ha trascendido las fronteras nacionales o continentales y se ha atrevido a narrar la dimensi√≥n humana del mundo entero -lo que ha provocado un incipiente canon de libros globales-, ahora nace una nueva narrativa de I+D: de investigaci√≥n y desarrollo de nuevas perspectivas art√≠sticas.

Sus primeros títulos no solo conciben a sus personajes como puntitos rojos en mapas de Google Earth, sino que incluso llegan a invertir la perspectiva para escapar del biocentrismo o del códigocentrismo: en vez de narrar espacios arquitectónicos, urbanos o transnacionales, cuentan la biosfera, el fondo de la Tierra o el espacio y el tiempo cósmicos. Para hacer más precisa y más justa la representación de lo real.

No es casual la convivencia en nuestras librer√≠as -a principios de este 2020- de los ensayos narrativos Subterr√°neo, de Will Hunt, Bajotierra, de Robert Macfarlane, y El subsuelo, de David W. Wolfe. Aunque los avances cient√≠ficos y tecnol√≥gicos hayan permitido en las √ļltimas dos d√©cadas conocer mejor las profundidades terrestres, la existencia de esos libros se debe tanto a ese nuevo conocimiento como a la toma de conciencia colectiva de que vivimos en el Antropoceno. El impacto de la actividad humana en el planeta durante los dos √ļltimos siglos ha sido devastador. Por creernos cada uno de nosotros el centro del mundo, lo hemos puesto en peligro.

La escala de representaci√≥n literaria y art√≠stica de la modernidad, eminentemente antropoc√©ntrica, ya no es v√°lida. El antrop√≥logo Eduardo Kohn ha escrito sobre nuestra incapacidad de vernos como parte de una gigantesca y extraordinaria red de cooperaciones con los reinos animal, vegetal y mineral. Empezar a percibir la realidad en un conjunto que incluye tanto a la copa del √°rbol como a sus ra√≠ces, tanto el aire como las capas fre√°ticas, ayuda a tomar conciencia de que debemos asumir el da√Īo para lograr repararlo.

Las nuevas tecnologías de perforación del suelo y de esterilización de las muestras extraídas han permitido confirmar la existencia -a miles de metros de profundidad- de complejos ecosistemas de seres microscópicos que viven sin luz solar ni oxígeno (algunos respiran óxido) y que hay más biomasa bajo la superficie de la Tierra que en contacto directo con su atmósfera. Hemos forzado, por tanto, una visión de la realidad en que el foco está en nuestro campo visual o en el de nuestros drones o satélites, cuando en realidad las semillas de la vida se encuentran debajo de la tierra y del agua. Como dice David W. Wolfe en El subsuelo, Darwin nunca afirmó en un libro que la vida probablemente naciera en un caldo de cultivo cercano a la orilla (lo hizo en una carta a un amigo). Lo más probable es que las primeras bacterias surgieran a gran profundidad. "Con cada nuevo descubrimiento subterráneo", escribe el prestigioso ecólogo estadounidense, "se hace más evidente que el nicho ocupado por el Homo sapiens es más frágil y mucho menos central de lo que pensábamos".

No se trata solamente de la escala espacial, tambi√©n hemos impuesto una percepci√≥n del tiempo seg√ļn generaciones, vidas animales o humanas y linajes, que es ajena a la evoluci√≥n de la mayor√≠a de los fen√≥menos del mundo natural. "Un bosque de troncos de seiscientos a√Īos que se extiende m√°s all√° de donde alcanza a ver. Los pilares de una nave de una catedral rojiza. √Ārboles m√°s viejos que los tipos m√≥viles", leemos en El clamor de los bosques, de Richard Powers. Aunque en la novela encontremos un archipi√©lago de intensos personajes humanos, el √©nfasis est√° puesto en los seres vegetales m√°s viejos y poderosos del mundo. Algunos tan ancianos como todas las generaciones de una de las familias protagonistas o m√°s antiguos que la literatura moderna que -a trav√©s de la obra de Shakespeare, Cervantes o Montaigne- invent√≥ el yo.

El tiempo profundo, escribe Robert Macfarlane en Bajotierra, "es el tiempo geol√≥gico, la cronolog√≠a del subsuelo", que se mide "en unidades que reducen a la nada el instante de la humanidad: √©pocas y eones, en vez de minutos y a√Īos". Algunas escritoras y escritores -como los mencionados y muchos otros- se est√°n atreviendo a ampliar radicalmente el foco para hacerse cargo de esas nuevas proporciones del cartograf√≠a de lo real. Unas proporciones m√°s adecuadas, m√°s √©ticas y m√°s acordes con el enorme reto al que se enfrenta la humanidad.

Aunque la industria editorial se empe√Īe en clasificar muchos de estos libros como "nature writing" o "climate fiction", su punto de vista -bioc√©ntrico en lugar de antropoc√©ntrico, geol√≥gico e incluso c√≥smico- se est√° contagiando a todos los g√©neros y tendencias. En nuestra √©poca de selfis y autoficci√≥n, todav√≠a constituyen unas narrativas minoritarias. Pero tiempo al tiempo: tienen la fuerza transformadora de la aut√©ntica vanguardia.

 

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Jorge Carrión (@jorgecarrion21) es escritor y crítico cultural. Es autor de la trilogía de ficción Los muertos, Los huérfanos y Los turistas.