Extractos de una obra amena, histórica e insólita: “Errores, lapsus y otros gazapos de la historia”

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Foto: cortesia Google

El autor de libro  “Errores, lapsus y otros gazapos de la historia” Gregorio Doval  publicó  una  colección en 2011, repleta -como indica su prólogo- de sucesos increíbles, pero  ciertos; o creídos, pero falsos; incluso, legendarios, pero curiosos… Una multitud de acontecimientos gratamente curiosos,  sorprendentes y ejemplares que la historia oficial y  ortodoxa generalmente suele dejar de lado y que ponen en cuarentena lo que creíamos saber, pero lo hace de una forma divertida, por cuanto insólita; amena, por cuanto informativa, e instructiva, por cuanto rigurosa (…)En esta colección de obras desinhibidas y amenas, pero rigurosas y didácticas, sí importarán las nimiedades, entendidas como argumentos con que demostrar que el ser humano,  cuanto más solemne es, más ridículo resulta; cuanto más angustiado está, tanta más astucia  desarrolla, y cuanto más relajado e íntimo, más grotesco. Se demostrará que no es raro encontrar, tras cada hecho histórico, una verdad que sonríe y, tras cada gran personaje, una  sombra bufa o un demonio doméstico. Y se llegará a la conclusión de que nada pare ce lo  que es ni nada es lo que parece, y de que nada resulta más común que lo sor prendente.

 

Un pequeño adelanto de esta agradable lectura es la que sigue…

 

Dudando si atacar o no a los persas, Creso (siglo vi a. C.), el último rey de Lidia, preguntó al oráculo de Delfos si su ataque tendría éxito. El oráculo le contestó que, si conducía  un ejército hacia el Este y cruzaba el río Halys, destruiría un gran imperio. Reforzado por  ese vaticinio, Creso organizó una alianza con Nabónido de Babilonia, Amosis II de Egipto  y la ciudad griega de Esparta e invadió Persia. Sin embargo, las fuerzas persas derrotaron a  la coalición en Capadocia, en la batalla del río Halis (547 a. C.). Los persas invadieron Lidia,  tomaron su capital y encadenaron al propio Creso. Al ser liberado, este acudió de nuevo  a Delfos, esta vez con la pregunta: « ¿Por qué me engañaste?». La sacerdotisa del oráculo  le contestó que no le había engañado, pues, en efecto, Creso había destruido un gran  imperio, el suyo propio