No podría definir el corto lapso de tiempo que dura el signo del reconocimiento. Cómo podría decir: “milésima del segundo”, cuando es más corto que un parpadeo. Después de unas horas comienzo a sospechar si realmente sucedió. Es el instante de reconocer a alguien. ¿A mí? Hace tiempo que casi dejó de hablar. Estos días las palabras son cortas, casi unas silabas nada más. Reacciona sólo al oír ciertas palabras. “Ingeniero”, “trabajo”, “caminos”, “puentes”, “universidad”. Debe ser que fueron los años de su mayor felicidad. Épocas de trabajo, fuerza física y mental. Tuvimos suerte, su cama esta junto a la ventana. Del otro lado del vidrio: verano, calor, paisaje impresionista; río, bosques, aire denso en estos 39 grados del verano serbio. Nosotras tres. “Mujeres de mi vida”, solía decir. Alguna vez parecía triste por no poder transmitirnos su pasión para construir. Nunca hablaba de sus penas y tristezas. Parecía no tenerlas. Ahora esta abstraído. Todavía tiene fuerza en sus manos. “La ventana debe estar cerrada”, dice su enfermera. De lo contrario Branko podría desarmarla. Lo dice con cariño y oye con interés nuestras historias y recuerdos sobre esa fuerza en sus manos. Una vez ayudó a unos jóvenes del vecindario a mover su auto con esas manos. Su mujer, mi madre, les pone crema, recuerda sus caricias.

¿Cómo se mantiene un narco Estado? Es el título de la revista Pecat. La compro a veces para revisar temas actuales. Un Kosovo albanes sin serbios (el proyecto norteamericano), hoy en día es cultivo de casas de prostitución, trata de blancas, gasolineras, comida contaminada y criminalidad sin control.

Mi padre construía caminos en Kosovo durante los setenta del siglo pasado. No puedo visitar la casa donde nací, pues nadie garantiza que regresaré viva de ahí. Kosovo ha sido un eterno campo de batalla. “Claro que los turcos nos quieren”, grita uno en medio de la discusión que se podría titular: “La derrota”. Fue una derrota nuestra aceptación de hacer acuerdos con Kosovo, o fue un gesto que nos incluye en el club de honestos, concientes, miembros del mundo globalizado donde la historia escriben los que menos la tienen. Terminada la guerra de los ejércitos turco y serbio, cada lado recogía sus muertos y heridos. Oficialmente, la batalla terminó. Cuenta la historia que un comandante serbio entró donde estaba el sultán turco con la disculpa de tener que saludarlo (costumbre medieval entre los grandes) y aprovechó de matar al enemigo con un golpe preciso de arma blanca. Sin embargo, nos quieren porque nunca nadie en la historia hizo algo semejante. Nos dicen “serbistan”, con respeto mientras su mayor ingreso por turismo es gracias a los turistas de Serbia que prefieren ir allí que a las costas mimadas de Montenegro. Nadie nos atiende con tanto cariño y detalle como ellos, comentan entre amigos.

Mi padre construyó la casa de playa en Montenegro. Ni tres terremotos la movieron. Trato de darle frutillas; los mercados de Belgrado están llenos de fruta y las frutillas son su fruta favorita. Recuerdo su viaje a Los Yungas hace años. Mi padre decía: “esto es mejor que Indiana Jones”. El hace todo en estudios, esto es real. Recuerdo su sonrisa al comentar una y otra vez su viaje a Bolivia que sus amigos escuchaban tantas veces. La llama sólo a mi madre por su nombre. Una de las pocas preguntas que responde sin falta es: ¿Cómo se llama tu esposa?, no titubea y sus ojos brillan. Un instante, una milésima de segundo. Una medida para todo. El tiempo que necesito para llevarlo de paseo hasta la orilla del Danubio. Doscientos pasos cortos en una hora para ver el Danubio. Impresionismo, es el ambiente natural. Medida para el número de cucharas de sopa, medias y poleras con sus iniciales bordadas. Sus camisas, su ropa interior, todo bordado con BP. Tuve la suerte de poder hacerlo. Branko logró varias veces que las empresas ahorren su presupuesto cambiando el diseño de sus proyectos, siempre medido, cuidadoso, perfeccionista. Se nota aunque esté enfermo, que fue un hombre inteligente y apuesto. “Fuerte también”, dice.

Nota del editor: esta columna fue escrita pocos días antes del fallecimiento de Branko, padre de Zana Petkovic. Un homenaje merecido para él condolencias para la familia.

EtiquetasEscritores