Golpes, contragolpes y recontragolpes
Por: Alberto Barrera Tyszka/The New York Times
Noviembre 2019
Fotografia: RPP

La polarización ha terminado por destruir la credibilidad en los políticos. Los problemas más profundos de América Latina no pueden simplificarse: antes de que nos devore el caos, es urgente reinventar la política.

La toma de poder por asalto, en cualquiera de sus variantes, parece estar cada vez m√°s presente en las noticias. Golpes y contragolpes, reales o imaginarios, f√°cticos o tan solo denunciados, empiezan a tener una puntual frecuencia en el continente. Bolivia es el ejemplo m√°s reciente y, de nuevo, nos ofrece una se√Īal sobre el fracaso de la pol√≠tica en Am√©rica Latina.

Finalmente, la polarizaci√≥n, que tan rentable fue en algunos momentos, ha terminado por destruir la credibilidad en la pol√≠tica y en los pol√≠ticos. No importa la ideolog√≠a o el color de su partido, su sentido del humor o su cursiler√≠a. Lo que est√° en crisis es su sentido mismo, su funci√≥n. Los ciudadanos hemos comenzado a pensar que la pol√≠tica y los pol√≠ticos ya no sirven para dirimir nuestras diferencias, para resolver los problemas fundamentales de la vida en com√ļn.

Ya la ecuación pavloviana, que ante cualquier suceso reacciona de manera instantánea culpando al "imperio norteamericano" o al "castrocomunismo", se agotó, no logra dar cuenta de la compleja realidad que vivimos. El esquematismo que pretende explicar todo en términos de izquierda y derecha resulta todavía más frívolo en Bolivia, un país que -precisamente- ha construido gran parte de su propia historia sobre la lucha por reconocer, pronunciar y ejercer su propia heterogeneidad, su enorme diversidad.

Los problemas son m√°s hondos y las narrativas simples comienzan a naufragar. Nuestras historias siguen a veces pareciendo inveros√≠miles pero, ahora, vamos dejando atr√°s el realismo m√°gico y avanzamos firmemente hacia el absurdo tr√°gico. Tenemos presidentes que se autoproclaman, instituciones que se reconocen y se desconocen con sorprendente rapidez, autoridades sin autoridad y poderes simb√≥licos... Lo √ļnico que permanece intacto es la represi√≥n. Los ej√©rcitos no se detienen, los asesinatos siempre son m√°s.

Desde la interrupción en el recuento de los votos en las elecciones del 20 de octubre hasta el día de hoy, todo en Bolivia ha ido empeorando, enredándose. Los propios liderazgos, de los distintos sectores, han ido asfixiando la crisis, acabando con la política, simplificando el conflicto a los ámbitos de la emoción o de la violencia.

Evo Morales ha sido errático y contradictorio. Mantuvo un silencio cómplice durante las 24 horas que el sistema electoral suspendió inexplicablemente el proceso de conteo rápido de votos. Basado en un informe de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Morales anunció una nueva convocatoria a elecciones. Pero más tarde acusó de fraude a la OEA y la denunció como parte de una conspiración internacional en su contra. Renunció a la presidencia para que hubiera paz en Bolivia. Pero dos días después, desde México, dijo que iba a regresar a La Paz para "pacificar" al país. En medio de esta marea, sin embargo, ha tenido un éxito importante: logró salir de un agujero, donde estaba condenado a explicar un fraude, y saltar al relato épico donde vuelve a ser un pobre indígena cocalero, víctima de una conspiración blanca y universal. Abandonó la política y se refugió en la telenovela.

Los distintos liderazgos de las diferentes oposiciones bolivianas tambi√©n han actuado de manera ca√≥tica e incoherente. Destaca, por supuesto, Jeanine √Ā√Īez Ch√°vez, quien en medio de una situaci√≥n confusa, termina asumiendo la presidencia como si ella misma hubiera obtenido una victoria hist√≥rica en contra de sus adversarios. Renuncia a un papel de mediadora en el conflicto y pretende entonces apropiarse de un protagonismo heroico que no tiene ning√ļn respaldo y que, encima, se sostiene sobre la legitimaci√≥n de la represi√≥n. Por no mencionar a Luis Fernando Camacho, un dirigente con ambici√≥n de cristero, que propone arrasar con la pluralidad de la sociedad boliviana gritando: "¬°Satan√°s, fuera de Bolivia!". Otra vez: el fervor sustituye a la pol√≠tica.

Los excesos narrativos siempre enturbian el cuento. Que Luis Almagro, el secretario general de la OEA, se comporte a veces como un predicador religioso, no implica que los 36 t√©cnicos de la OEA que auditaron el proceso electoral boliviano sean una secta ciega al servicio de los oscuros intereses de Estados Unidos. As√≠ como tampoco que Daniel Ortega y Nicol√°s Maduro -ambos en el poder despu√©s de elecciones igualmente fraudulentas- cuestionen "el golpe" en Bolivia implica que el proceso haya sido transparente y est√© apegado a las leyes. Hay que dejar de pensar y de vivir la historia en t√©rminos de las Cruzadas. El s√°bado 16 de noviembre, Juan Guaid√≥, l√≠der de la oposici√≥n venezolana, culmin√≥ una manifestaci√≥n popular convidando a los presentes a marchar hasta la embajada de Bolivia. Como si la confusa situaci√≥n boliviana pudiera funcionar de alguna manera en el contexto de la exhausta batalla por la democracia en Venezuela. La invitaci√≥n parec√≠a, m√°s bien, una acci√≥n desesperada por encontrar alg√ļn milagro para resucitar la esperanza.

Los terribles errores de la dirigencia de la oposici√≥n boliviana no mejoran a Evo Morales. Pero tampoco su intenci√≥n de perpetuarse en el poder, el fraude electoral cometido y la manipulaci√≥n posterior, mejoran a √Ā√Īez ni le dan un permiso para actuar como le d√© la gana. Ninguno de los dos son los √ļnicos actores. Ninguno de los dos son la representaci√≥n exclusiva de modelos pol√≠ticos y utop√≠as excluyentes. Creer que todo lo que ocurre es consecuencia de una pugna entre la izquierda y la derecha supone pensar desde la narrativa y no desde la realidad.

Las protestas en Chile dicen otra cosa, hablan de una crisis que ha desbordado a los pol√≠ticos y a sus paradigmas. El caso de Bolivia ahora tambi√©n desnuda la tentaci√≥n de explicar cualquier conflicto con la denuncia de una conspiraci√≥n ideol√≥gica internacional. Para no ver y enfrentar lo que sucede, se va m√°s all√°, a un lugar distante, donde una fuerza oscura mueve los hilos de lo real. Los pol√≠ticos se denuncian y se acusan mutuamente, se aferran al supuesto enfrentamiento antag√≥nico entre dos modelos, mientras las poblaciones se enfrentan cada vez m√°s solas a sus tragedias. Hace una semana, una delegada sindical en Venezuela, en una protesta por la salud p√ļblica, se vio obligada a aclarar: "No queremos tumbar a nadie, queremos que reabran el hospital". Los golpeados de siempre ahora deben vivir advirtiendo que ellos no son golpistas.

La polarización se devuelve y juega en contra de sus protagonistas. Si no se desactiva esta dinámica, el horizonte seguirá bamboleándose entre el autoritarismo y las sociedades disfuncionales. La multiplicación de los golpes. Antes de que nos devore el caos, urge recuperar y reinventar a la política.

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Alberto Barrera Tyszka es escritor venezolano. Su libro m√°s reciente es la novela Mujeres que matan.

 

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