La era de la mascarilla
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Marzo 2020

Es difícil entender la ola global de pánico causada por el coronavirus. La enfermedad ha puesto al desnudo la fragilidad de un mundo interconectado e interdependiente. Si acaso hay alguna lección, es que la globalización nos hace a todos vulnerables: estamos más cerca del caos de lo que los poderosos pensaban.

Alguna vez recordaremos esos d√≠as en que el mundo se divid√≠a en personas con mascarilla y sin mascarilla. Y nos reiremos y alguno dir√° bueno, s√≠, pero no era lo mismo pon√©rselos para no contagiar que para no contagiarse, dos ideas tan distintas de la vida. Y otro se acordar√° de la sofisticaci√≥n que hab√≠an alcanzado y las fortunas que hicieron sus fabricantes y la desesperaci√≥n de los que no los consegu√≠an y el incre√≠ble mercado negro de mascarillas y esas cosas. Y sonar√°n las carcajadas al revivir aquellas paranoias, cuando todo era amenaza y hab√≠a que cuidarse de los besos, los pomos de las puertas, los apretones de manos, las manijas de los autobuses, las monedas y casi todo lo dem√°s. Y entonces alguien, el pesado del grupo, se pondr√° serio y preguntar√° si, pens√°ndolo ahora, no lo ven incre√≠ble: "¬ŅNo es incre√≠ble que millones de personas de pronto tuvieran tanto miedo, que mostraran de repente ese ego√≠smo que siempre intentan ocultar, esta pulsi√≥n de protegerse, de desconfiar de todo, de temer todo lo exterior, de atribuirle propiedades tremebundas? La era de la mascarilla nos ense√Ī√≥ bastantes cosas". Y Mirta o Antonio lo mirar√°n y le dir√°n hermano, eso seguro que lo tra√≠as escrito, ¬Ņno?

Pero faltan unos a√Īos; ahora mismo el mundo est√° en modo desastre, incomprensible. La primera regla del columnismo ap√°trida dice que nunca digas que no entiendes. Y te explica que los lectores quieren que los ayudes a entender, no que les tires tu incomprensi√≥n por la cabeza. Pero yo no entiendo el coronavirus: denodadamente no lo entiendo.

Y ese tuit del actor espa√Īol Eduardo Noriega termin√≥ de hundirme en el pantano de la incomprensi√≥n. Dec√≠a que "si cada invierno nos informaran en tiempo real de los atendidos (490.000), hospitalizados (35.300), ingresados en UCI (2500) y fallecidos (6300) por gripe en Espa√Īa, vivir√≠amos aterrorizados". Las cifras me parecieron sorprendentes; busqu√© el informe del Centro de Nacional de Epidemiolog√≠a del Ministerio de Sanidad espa√Īol para la temporada 2018-19 y all√≠ estaban, en la p√°gina 35, con toda claridad, los n√ļmeros citados. El a√Īo pasado se murieron de gripe en este Estado espa√Īol 6300 personas. Con coronavirus, en este mes y medio, 36.

Seis mil trescientas muertes es un mont√≥n de muertos. Quiz√° los grandes medios, siempre quejosos, siempre atentos a estas cosas, descubran por fin su panacea: si empiezan a transmitir en directo cada nueva v√≠ctima de la gripe podr√°n -considerando que la temporada griposa dura menos de medio a√Īo- ofrecer unos 35 √≥bitos al d√≠a, un par por hora en las horas despiertas, un espect√°culo incesante, un terror sin medida. Por ahora no lo entendieron y se limitan al coronavirus: treinta y tantos muertos en Espa√Īa, todos muy mayores.

En 1969, Adolfo Bioy Casares public√≥ una rara novela titulada Diario de la guerra del cerdo, donde grupos de j√≥venes se dedicaban a matar viejos por las calles. Ahora el virus -que deber√≠amos llamar Bioy- hace lo propio: los muertos espa√Īoles, por ejemplo, ten√≠an una media de edad de 85 a√Īos, mayor que la esperanza de vida del pa√≠s, que est√° en 82,8. O sea: eran personas que, estad√≠sticamente, ya hab√≠an vivido lo que deber√≠an. Y casi todos l√≥gicamente complicados, como esa se√Īora de 99 a√Īos que ten√≠a, dicen los diarios, algunas "patolog√≠as previas".

Pero es f√°cil hablar de los medios. Si fueran los √ļnicos promotores del p√°nico el mundo estar√≠a un poco mejor. El problema es que todos, los gobiernos, los grandes grupos econ√≥micos, las industrias, los ciudadanos, se embarcaron en esta nave hacia ninguna parte. De pronto pareci√≥ como si nada en el mundo fuera m√°s importante, como si nada escapara al poder de ese virus.

Y de verdad -disculpen- no lo entiendo. Busco m√°s cifras: han muerto, al d√≠a de hoy, martes 10 de marzo, en todo el mundo, 4.284 personas por el coronavirus, de los cuales unos 3.000 eran ancianos chinos, y en 35 pa√≠ses de Europa no se ha muerto nadie y en toda √Āfrica una persona, igual que en Am√©rica Latina, un se√Īor muy enfermo que llegaba de Italia a la Argentina. Pero se cancelan eventos y desplazamientos y encuentros y congresos y festivales varios, miles de empresas mandan a casa a sus trabajadores, cierran las f√°bricas y se rompen las cadenas productivas y el mundo pierde millones de millones de d√≥lares/euros/yuanes en el derrumbe de sus bolsas y la baja de las materias primas y esos cierres y cancelaciones.

(En Madrid las autoridades acaban de cerrar las escuelas y universidades por quince d√≠as. Cientos de miles de padres no saben qu√© hacer con sus hijos; no pueden dejarlos en casa solos, no pueden dejar de trabajar. El virus no ha matado, en todo el mundo, a ning√ļn ni√Īo).

 

Es muy difícil encontrar una justa proporción entre los efectos y las causas: con todo respeto, una enfermedad que en un par de meses produjo esta cantidad de víctimas no parece en condiciones de causar estos desastres. Y las bolsas de valores sin valor son un ejemplo claro: el miedo a los efectos económicos del virus provoca efectos económicos mucho peores que los que temían. Entonces sería interesante -necesario- pensar qué los causa.

Es dif√≠cil, casi imposible descubrirlo. Pero influye, sin duda, el viejo gusto del apocalipsis. Nos chiflan los apocalipsis: la sensaci√≥n de que todo est√° a punto de saltar por los aires. Siempre tuvimos alguno en ejercicio, pero el √ļltimo que conseguimos -el cambio clim√°tico- es una amenaza a tan largo plazo que hac√≠a falta uno m√°s inmediato. Y ten√≠amos tantas ganas que nos armamos un apocalipsito con una gripe nueva y ambiciosa. Los apocalipsis son una tentaci√≥n incesante de los hombres; son como las galer√≠as del horror de los parques de diversiones y son, como ellas, inofensivos: su gran ventaja es que nunca se realizan. Si no, obviamente, no estar√≠amos aqu√≠ pensando tonter√≠as.

(En Italia, las autoridades sanitarias prohibieron a los jugadores de f√ļtbol que se tocaran al saludarse antes del partido. Despu√©s, cuando el √°rbitro pite, se rozar√°n, revolcar√°n, toquetear√°n tupido).

Entonces hay que considerar también el miedo a lo nuevo, a lo desconocido: la misma tara que les hace rechazar a los migrantes les hace temer a estos virus exóticos, ignotos. Y hay que considerar también la paranoia de las multitudes: "Si los gobiernos se preocupan tanto debe ser que hay algo que ellos saben y nosotros no, debe ser que esta enfermedad no es tan inocua como dicen, debe ser que, como siempre, nos ocultan la verdad". Y hay que considerar también la paranoia de los enterados: "Si le dan tanta importancia a algo tan menor es que quieren distraernos con eso para esconder alguna otra cosa que no quieren que miremos o sepamos".

Y hay que considerar tambi√©n la paranoia de los varios poderes: da la impresi√≥n de que las empresas y los gobiernos se cubren por si acaso. Las empresas, para que sus empleados no los querellen si trabajando se contagian; los gobiernos, para que sus s√ļbditos no les reprochen su inacci√≥n. Y entonces toman medidas duras que acrecientan el miedo y entonces sus s√ļbditos m√°s asustados les piden medidas m√°s duras y entonces toman medidas m√°s duras que acrecientan el miedo.

Y hay que considerar también esa fuerza rara que toma el pánico cuando se hace bola de nieve y arrasa todo porque consigue convertir cualquier cosa en una prueba más de su razón. Y entonces el cambio en conductas y discursos, la aparición de lo irracional, de lo ridículo, las precauciones más grotescas, la manera en que ahora tantos miran a cualquiera que tosa en un vagón de metro -por no hablar del pobre terrorista que estornuda-. Mascarillas a gogó.

(La malaria, por ejemplo, mata cada día unas veinte veces más personas que el coronavirus; la malaria, por supuesto, solo ataca en los países pobres).

 

Nada de esto, sin embargo, termina de justificar la sobrerreacción de los hombres frente al virus -y la factura increíble que pagarán por ella-. Pero creo que se pueden sacar, por ahora, de este episodio dos conclusiones provisorias: la interdependencia y la fragilidad de nuestro mundo.

No recuerdo otro hecho que haya mostrado tan claramente aquello de que si China se resfría el mundo estornuda. Esta vez no se resfrió: unos cuantos campesinos se comieron unos bichitos raros, se infectaron y el mundo tiene arcadas y no se recupera, y el cierre de unas fábricas asiáticas baja, digamos, la demanda del cobre chileno y su precio se cae y un pescador de Puerto Montt, en la punta del mundo, debe vender más baratos sus pescados y su familia come menos y putea en chileno por un cierre chino, y así en todo el planeta.

Tampoco recuerdo ninguno que haya desnudado tanto la debilidad de casi todo: estamos mucho m√°s cerca que lo que cre√≠amos del caos global. Tanto l√≠o por un virus menor. Es sorprendente comprobar la fragilidad de todo eso que cre√≠amos rocosamente s√≥lido, cemento armado. En unos d√≠as los grandes y poderosos del mundo perdieron fortunas, la confianza de sus s√ļbditos, el control de muchas situaciones. Los gobiernos, la gran banca, los petroleros altivos, los fabricantes de punta, los financistas recontraglobales, los que rigen y manejan el mundo, los que nos hab√≠an convencido de que nunca nada los desarmar√≠a, deben estar asustados pregunt√°ndose si aprenderemos la lecci√≥n y decidiremos desafiar, cual virus chino, sus poderes que ya no se ven tan poderosos.

Quizás esa sea, al fin y al cabo, la revelación de la era de la mascarilla.

 

 

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Martín Caparrós (@martin_caparros) es colaborador regular de The New York Times. Su ensayo más reciente es Ahorita. Su novela Sinfín, que se publicará este mes, transcurre en 2070.

 

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