Los intereses chinos en el Ártico

Ander Sierra
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buque rompehielos del instituto investigación polar china en el ártico

China es consciente de que, sin una base que justifique su presencia en los asuntos árticos y sin una implicación sólida, puede quedar al margen de la toma de decisiones y de los proyectos que se desarrollen.

China empieza a temer seriamente las aspiraciones expansionistas y territoriales de Estados Unidos. La intervención en Venezuela marca un punto de inflexión en la política exterior de Washington y demuestra hasta dónde está dispuesto a llegar para materializar los objetivos enmarcados en la Doctrina Monroe y en el denominado Corolario Trump.

La administración republicana no se limitará únicamente al país latinoamericano y buscará imponer su voluntad en otros puntos del hemisferio occidental para, entre otros objetivos, expulsar a China. Uno de esos escenarios, hasta ahora relativamente inadvertido, es Groenlandia, una enorme isla perteneciente a Dinamarca y situada en el corazón del Ártico.

Como ocurre en Venezuela, Donald Trump alega motivos de seguridad nacional y alude al supuesto “control” que ejerce China en Groenlandia, sobredimensionando la realidad de la situación. “Si no lo hacemos [controlar la isla], Rusia o China se apoderarán de Groenlandia, y no vamos a tener a Rusia o China como vecinos. ¿De acuerdo?”, declaró el presidente republicano.

Así pues, Estados Unidos ya baraja distintas opciones para hacerse con el control de la isla, que van desde la compra del territorio hasta el uso de la fuerza, pasando por movilizar e impulsar el movimiento independentista groenlandés.

El objetivo es claro: dominar un activo clave que permitiría reforzar su presencia en el Ártico, una región cada vez más relevante como consecuencia del deshielo. A su vez, esto le permitiría contrarrestar los intereses chinos en la zona y evitar que tenga voz y voto en las dinámicas árticas. Pero, ¿qué intereses tiene Pekín?

La presencia china en el Ártico

China percibe al Ártico como una región cada vez más relevante desde el punto de vista estratégico. La postura china sobre este espacio entró en un punto de inflexión en 2018, cuando publicó su primer Libro Blanco, titulado La política ártica de China.

En el documento, se autodefine como un “Estado cercano al Ártico” pese a la evidente distancia geográfica, alegando que las “condiciones naturales y sus cambios” tienen un “impacto directo en el sistema climático y el entorno ecológico” del país y que participa activamente “en los asuntos transregionales y globales del Ártico”.

Del mismo modo, China aboga en el Libro Blanco por una gobernanza “multilateral” que tenga en cuenta a los “Estados de dentro y de fuera del Ártico” para alcanzar “el beneficio mutuo y el progreso común”.

Con esta declaración, Pekín busca una legitimación política para participar en las dinámicas árticas y promover un enfoque más inclusivo que vaya más allá del Consejo Ártico, actualmente compuesto por ocho países –Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Rusia, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia– y al que China se incorporó en 2013 como Estado observador.

Pekín es plenamente consciente de que, sin una base que justifique su presencia en los asuntos árticos y sin una implicación sólida, puede quedar al margen de la toma de decisiones y de los proyectos que se desarrollen. Al mismo tiempo, esta narrativa le permite presentarse ante los países con presencia geográfica en el Ártico como un socio necesario y clave para desarrollar iniciativas energéticas, científicas o comerciales.

Esta postura se apoya en la idea de que China lleva décadas implicada en el Ártico. En el texto se menciona el Tratado de Svalbard de 1920, al que el país se unió cinco años después, cuando aún era la República de China. Este acuerdo reconoce la soberanía noruega sobre el archipiélago de Svalbard, pero concede derechos económicos a todos los firmantes en ámbitos como la explotación de recursos naturales, la navegación o la investigación científica.

Ciertamente, desde entonces China ha desarrollado diversas actividades y políticas en el Ártico, sobre todo en tiempos recientes. Entre ellas, ha impulsado la Ruta de la Seda Polar, una vertiente de la Nueva Ruta de la Seda –una de las iniciativas más emblemáticas del mandato de Xi Jinping– destinada a “facilitar la conectividad y el desarrollo económico”.

Así pues, China tiene interés en construir infraestructuras y en participar en proyectos en el Ártico. Aunque se desconoce con exactitud el volumen invertido, algunas fuentes, como el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos, sostienen que la potencia asiática ha destinado al menos 90.000 millones de dólares a la región.

No obstante, conviene matizar el alcance real de esta presencia. Un estudio del Centro Belfer de la Universidad de Harvard señala que “muchas cifras que circulan en el debate público inflan el número al mezclar proyectos reales con propuestas fallidas o nunca ejecutadas”. En el caso de Groenlandia, hoy tan en boga, añade que la “ansiedad” que genera China “tiene más que ver con lo que podría ocurrir que con lo que realmente ha ocurrido”.

Los intereses chinos en el Ártico

Los esfuerzos chinos por consolidar una presencia física y diplomática deben entenderse a la luz de los numerosos intereses que tiene en esta región. Los más evidentes están relacionados con cuestiones comerciales.

Las rutas marítimas que se abren a través del Ártico como consecuencia del deshielo son navegables durante cada vez más tiempo y con menor complejidad logística. De este modo, se acortan tanto las distancias como los días de trayecto desde los puertos chinos hasta Europa.

Uno de los principales objetivos de la Ruta de la Seda Polar es potenciar la Ruta Marítima del Norte (RMN), que discurre a lo largo de la costa norte de Rusia y permite reducir casi a la mitad el tiempo necesario para llegar a los puertos europeos. El año pasado, por ejemplo, el buque Puente de Estambul zarpó desde el puerto de Ningbo-Zhoushan hasta Felixstowe, en Reino Unido, en un trayecto de 21 días. Aunque no es la primera vez que se realiza una ruta similar, sí resulta novedoso por asemejarse a un servicio de línea regular y no a una expedición puntual o especializada.

Asimismo, el Ártico es rico en recursos naturales como petróleo, gas natural, tierras raras u oro, activos en cuya exploración, extracción y consumo China está interesada. En cierto modo, Pekín ya participa en este ámbito, por ejemplo a través de su implicación en el proyecto ruso Yamal LNG.

Otra dimensión clave es la estratégica. La Ruta Marítima del Norte permitiría a China evitar cuellos de botella como el estrecho de Malaca, el mar Rojo o el canal de Suez, vías especialmente vulnerables a ataques, bloqueos o interrupciones que tendrían un impacto directo sobre su comercio marítimo.

Esta lógica también se proyecta al plano militar. Pekín muestra un interés creciente por reforzar su presencia en el Ártico. Según un informe de la inteligencia danesa publicado en 2025, la potencia asiática “aspira a desarrollar en un plazo de cinco a diez años una capacidad independiente para operar tanto buques de superficie como submarinos en aguas árticas”.

Por ahora, su actividad se limita sobre todo a operaciones y ejercicios conjuntos con Rusia –el país con el que mantiene un mayor alineamiento en el Ártico–, pero este patrón podría evolucionar hacia una postura más independiente a medida que se intensifique la competencia estratégica con Estados Unidos.

Por último, no hay que olvidar las cuestiones científicas, clave para comprender los efectos del cambio climático y su impacto en el clima, la biodiversidad y la seguridad ambiental del país. Desde 1999, China ha organizado numerosas expediciones polares con su flota de rompehielos y opera una estación permanente en Svalbard.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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