
Bandera del León y el Sol que representa a la otrora monarquía del shah
Ante la escalada interna iraní, Israel y sus socios europeos y estadounidenses, que ya en su momento celebraron que Tel Aviv les hiciera “el trabajo sucio” atacando Irán, vuelven a intentar fomentar un cambio de régimen.
Esto tampoco es noticia. Pero es de lo más importante que podría estar ocurriendo en el mundo. Con permiso de Donald Trump y su imperio en expansión. Irán está en erupción. Y no es la primera vez, ni va a ser la última. Aun así, el país persa se enfrenta a una situación límite de la que hay mucha tela que cortar.
Lo primero que hay que señalar es que este tipo de movimientos masivos de protestas no son extraños en Irán durante la última década, con manifestaciones o movimientos opositores que han derivado en acciones armadas en no pocas ocasiones. Sin embargo, la estabilidad del sistema político se ha ido erosionando con cada elemento que se unía a la lista de problemas sociales del país.
De manera relativamente reciente se han visto muchas raíces al conflicto interno iraní. La falta de acceso a agua o electricidad en ciertos momentos ha sido uno de los motores del descontento. En otras situaciones han aparecido la rectitud religiosa frente a los derechos de las mujeres, las demandas de las minorías étnicas periféricas o incluso la elevada mortalidad por la pandemia de covid. El coste de la vida, como en esta ocasión, ha sido el protagonista de la desafección con el sistema, con la elevada inflación apuntando a la gestión del Banco Central iraní.
Pero independientemente del elemento local inicial entre los mercados, las protestas en Irán son siempre un asunto muy codiciado entre los que buscan catalizar un cambio de régimen impulsando este descontento genuino. Por este motivo y la creciente espiral de inestabilidad que Irán ha cosechado en torno a sus intereses en Oriente Medio desde 2023, se puede hablar de que el modelo iraní había entrado en una crisis de régimen.
La propaganda está situando a Irán como un ente monolítico y donde todo gira alrededor de una élite que se sostiene sin bases de apoyo. Pero a diferencia de lo vivido durante la anterior administración, más cercana al ayatolá, desde que llegó al gobierno iraní Masoud Pezeshkian en el año 2024, el ala moderada de la política iraní ganó mucho peso.
Las elecciones que llevaron el último cambio a la República Islámica fueron notablemente más competitivas que las anteriores, donde los perfiles moderados apenas pudieron elegir un candidato sin gran popularidad. Y con Pezeshkian llegó la esperanza de las periferias y los sectores más liberales de que sus demandas serían escuchadas.
Sin embargo, rápidamente el nuevo gobierno se enfrentó a una gran crisis internacional con el colapso del gobierno sirio; las invasiones israelíes del Líbano, Gaza y Siria; la guerra lanzada contra la República Islámica por parte de Israel; los ataques estadounidenses contra Irán y sus socios yemeníes; y la contradicción interna de querer negociar un acuerdo nuclear al tiempo que se veían sin armas de disuasión frente a sus rivales.
Ante la escalada interna, Israel y sus socios europeos y estadounidenses, que ya en su momento celebraron que Tel Aviv les hiciera “el trabajo sucio” atacando Irán, vuelven a intentar fomentar un cambio de régimen. En junio de 2025 la guerra lanzada por Israel acabó con piezas clave de los programas militares y nucleares, especialmente entre la Guardia Revolucionaria. Pero la supervivencia del régimen permitió que saliera incluso reforzado. Opositores de diferentes líneas dejaron sus diferencias aparte y rechazaron el intento de Israel de imponer un cambio de régimen, con el retorno del shah y de la bandera monárquica.
Si bien en aquel momento la implicación de Israel frenó su ascenso, en 2026 el heredero del shah, Reza Pahlavi, ha buscado asumir el liderazgo de las protestas y movilizar las masas con intención de capitalizarlas y promover un cambio de régimen que suponga su retorno. La mencionada espiral de violencia, que culminó con un corte de internet de varios días, ha catalizado los movimientos de impugnación, a los que se han unido perfiles de diferentes regiones con sus propias demandas.
Israel ha calentado la situación con su propuesta de nuevos ataques ante Donald Trump, pero la situación que deseaba desencadenar contra Hezbolá e Irán en 2026 podría retrasarse a causa de la crisis interna iraní, donde sería más inteligente por parte de Israel no intervenir.
De todos modos, la élite reformista se ha visto bastante incapaz de resolver las cuestiones que han movido las protestas, entre una división de poder entre facciones más radicales cercanas a sectores clericales y militares, así como unas sanciones que los europeos han tratado de reimponer, aunque el gobierno iraní buscase negociar un acuerdo en lugar de confrontar.
Todo ello deja en posición más débil al ejecutivo de Pezeshkian, motivo por el cual desde casi el principio de su administración no quiso formar parte del mismo Javad Zarif, uno de los pesos de la administración reformista de Hasan Rouhani, que llevó a cabo el anterior acuerdo nuclear.
La situación actual está sobrepasando los disturbios y está llegando al alzamiento contra ciertas instituciones, con episodios no tan esporádicos de uso de la bandera monárquica, especialmente entre la diáspora. Pero el entramado de poder regional apunta hacia un posible colapso, especialmente bajo el interés israelí y una amenaza estadounidense sobre la mesa para atacar si la represión escalase en Irán.
La dificultad para establecer un nuevo contrato social que pueda salvar el sistema choca con los intereses divergentes de cada sector. Pero, aunque el ejemplo de Venezuela espolea las intenciones de Estados Unidos e Israel, también cabe aprender que no es tan sencillo llevar a María Corina Machado al Palacio de Miraflores. Sobre todo, sin ocupar el país.
Incluso con el asesinato del ayatolá con el que amenazó el gobierno israelí en junio de 2025 no está nada claro que cualquier transición en Irán pudiera terminar de manera pacífica y, ni mucho menos, sencilla. Las fuerzas centrífugas periféricas del Juzestán, Azerbaiyán, Kurdistán y Baluchistán chocan con un núcleo persa que, tanto los liberales como los monárquicos, podían no saber manejar sin un conflicto civil.
El sucesor del shah está tan vinculado a Israel que sería enormemente complicado asentar el retorno de la monarquía en Irán. Todo está abierto y son numerosos los intereses cruzados, pero de nuevo, y ya van bastantes años, la coyuntura no es favorable para la República Islámica de Irán. Sin embargo, eso pensábamos en 2025 y aquí estamos.












