La Estrategia de Defensa Nacional de Trump y sus implicaciones para China

Descifrando la Guerra
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Estrategia de defensa nacional 2026 Departamento de guerra de EEUU

La estrategia de Trump no reduce la rivalidad con China, sino que la desplaza hacia un terreno más implícito, donde la disuasión, la ambigüedad calculada y la presión indirecta sustituyen a la confrontación abierta.

La reciente publicación de la nueva Estrategia de Defensa Nacional (NDS) por parte del Departamento de Guerra de Estados Unidos introduce un reajuste significativo en las prioridades estratégicas de Washington.

En línea con la Estrategia de Seguridad Nacional difundida previamente por la Casa Blanca, el documento consolida la impronta doctrinal de la presidencia de Donald Trump, caracterizada por la consigna de “Estados Unidos primero”, una concepción restrictiva del compromiso exterior y una revisión crítica de las alianzas y marcos estratégicos heredados de décadas anteriores.

A diferencia de las estrategias formuladas durante la administración de Joe Biden, que identificaban a China como el “desafío estratégico central” del siglo XXI, la nueva NDS desplaza el foco hacia amenazas más inmediatas y domésticamente sensibles.

La defensa se redefine, en primer término, en clave fronteriza y hemisférica. La migración irregular, el narcotráfico y la criminalidad transnacional en el hemisferio occidental pasan a ocupar un lugar prioritario en la jerarquía de riesgos. Este giro no es meramente retórico, sino que refleja una reordenación más profunda del imaginario estratégico estadounidense, cada vez más centrado en las Américas y menos dispuesto a sostener compromisos globales costosos.

La Estrategia de Defensa Nacional y China

En este nuevo marco, la aproximación a China presenta matices relevantes. El documento aboga por mantener “relaciones respetuosas” con Pekín y evita el lenguaje de confrontación explícita que caracterizó a la estrategia anterior.

China deja de ser definida como el “principal rival sistémico” para pasar a ocupar un lugar más ambiguo: un competidor relevante, pero no necesariamente una amenaza inmediata que requiera una escalada discursiva o militar.

La Estrategia de Defensa Nacional subraya la disuasión “a través de la fuerza, no de la confrontación”, con el objetivo de garantizar que “ni China ni ningún otro actor pueda dominarnos a nosotros ni a nuestros aliados”.

Este tono más mesurado pudiera indicar el interés de Estados Unidos en no abrir múltiples frentes estratégicos simultáneos, sino gestionar riesgos de forma selectiva, priorizando aquellos que afectan directamente a su territorio y estabilidad interna.

Sin embargo, esta moderación retórica hacia China no equivale necesariamente a una distensión sustantiva. El propio documento deja abierta la necesidad de confirmar este enfoque mediante medidas concretas que permitan mantener la estabilidad de la relación bilateral.

En ausencia de tales gestos, el riesgo es que el lenguaje conciliador funcione más como un recurso táctico destinado a evitar una escalada prematura que como la expresión de una política de coexistencia duradera.

Taiwán: la línea roja intacta

El caso de Taiwán ilustra bien esta ambigüedad. La NDS 2026 evita mencionar explícitamente a la isla. No obstante, esta omisión no debe interpretarse como una rebaja de su importancia estratégica. Por el contrario, Taiwán sigue siendo identificado de forma implícita como la pieza clave del equilibrio de poder en el Indo-Pacífico, especialmente en el marco de la primera cadena de islas.

El documento reafirma el compromiso estadounidense con la disuasión en esta zona crítica, subrayando la necesidad de impedir que potencias como China alcancen una posición de dominio regional.

Se insiste en el fortalecimiento de la defensa antimisiles a lo largo de la primera cadena de islas y en la consolidación de alianzas con los países de la zona. La lógica subyacente permanece inalterada: negar cualquier intento de alterar por la fuerza el statu quo en el estrecho de Taiwán.

La centralidad de Taiwán no es solo militar, sino también económica. La estrategia recuerda que el Indo-Pacífico está llamado a concentrar más de la mitad de la economía global en las próximas décadas, lo que convierte su estabilidad en un interés nacional vital para Estados Unidos. Desde esta perspectiva, la defensa de Taiwán trasciende el plano simbólico y se inserta en una visión estructural del orden económico internacional.

Para China, sin embargo, Taiwán constituye la línea roja por excelencia. Las autoridades de Pekín reiteran que la isla es una parte inalienable del territorio chino y que su reunificación es un asunto interno, no sujeto a interferencias externas.

Declaraciones oficiales, como las del portavoz Guo Jiakun, rechazan frontalmente cualquier planteamiento estadounidense que sugiera la legitimidad de una intervención, subrayando que no se aceptará ningún cambio unilateral del statu quo que provenga del exterior.

La Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos deja claro, además, que el compromiso con Taiwán no debe traducirse en una asunción unilateral de costes. Washington presiona abiertamente para que Taipéi incremente de forma sustancial su gasto en defensa y profundice su cooperación con la industria militar estadounidense. En este sentido, la administración Trump mantiene una línea de continuidad con etapas anteriores, aunque con un énfasis más transaccional.

Las autoridades taiwanesas han respondido a estas exigencias con una serie de medidas concretas. El presidente Lai Ching-te ha impulsado un presupuesto especial de defensa cercano a los 40.000 millones de dólares y ha anunciado el objetivo de elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB para 2030.

A ello se suman la ampliación del servicio militar obligatorio de cuatro a doce meses, los ejercicios Han Kuang y la implementación de una estrategia de “resiliencia de toda la sociedad”, orientada a preparar al conjunto de la población para escenarios de crisis prolongada.

Este refuerzo defensivo, aunque coherente con la lógica de la disuasión, incrementa también la sensibilidad del dossier taiwanés y refuerza la percepción china de que Estados Unidos está utilizando a la isla como instrumento estratégico, aun cuando evite mencionarla explícitamente en sus documentos doctrinales.

China ante una crisis en la cúpula militar

La publicación de la nueva NDS coincide, además, con un momento especialmente delicado para China en el plano interno. El país se encuentra inmerso en una profunda remodelación de su cúpula militar, marcada por una nueva oleada de investigaciones y purgas en el seno del Ejército Popular de Liberación (EPL).

El caso más destacado es el del general Zhang Youxia, vicepresidente de mayor rango de la Comisión Militar Central (CMC) y considerado durante años uno de los aliados más fiables de Xi Jinping.

Su ausencia prolongada de actos públicos desde comienzos de año y la apertura de una investigación por “graves infracciones de la disciplina y la ley” han alimentado las especulaciones sobre su caída.

Junto a él, otros altos mandos, como Liu Zhenli, también han sido objeto de investigaciones, mientras que figuras clave como He Weidong han sido expulsadas y sustituidas en los últimos meses.

Estas purgas se inscriben en una campaña anticorrupción de largo recorrido que ha sancionado a más de 200.000 funcionarios desde la llegada de Xi al poder en 2012. No obstante, su concentración actual en el estamento militar sugiere objetivos que van más allá de la mera disciplina administrativa. Se trata, ante todo, de reforzar la lealtad política del EPL y garantizar el control absoluto del Partido sobre las fuerzas armadas.

Las reformas estructurales iniciadas en 2015, las más profundas desde los años cincuenta, buscan modernizar el aparato militar y adaptarlo a las exigencias de la disuasión y la guerra moderna. Aunque muchas de estas reformas se completaron formalmente en 2020, los ajustes continúan y se prevé que la modernización se prolongue hasta 2049. La actual inestabilidad en la cúpula militar pone de relieve las tensiones inherentes a este proceso.

¿Reinicio entre China y Estados Unidos?

La nueva Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos refleja menos un abandono del pulso estratégico con China que una recalibración de prioridades. El énfasis en el hemisferio occidental, la moderación retórica hacia Pekín y la omisión explícita de Taiwán responden a una lógica de gestión selectiva del riesgo, condicionada por factores internos y electorales.

Sin embargo, los elementos estructurales de la competencia sino-estadounidense permanecen intactos. Taiwán sigue siendo el punto más sensible de la relación bilateral y la principal fuente potencial de escalada.

La coincidencia temporal entre la publicación de la NDS y la crisis en la cúpula militar china añade un factor adicional de incertidumbre, al introducir interrogantes sobre la cohesión y la capacidad de respuesta del EPL en un contexto de presión externa.

En conjunto, la estrategia de Trump no reduce la rivalidad con China, sino que la desplaza hacia un terreno más implícito, donde la disuasión, la ambigüedad calculada y la presión indirecta sustituyen a la confrontación abierta.

Este enfoque puede ofrecer margen de maniobra a corto plazo, pero difícilmente resolverá las tensiones de fondo que estructuran la relación entre ambas potencias y cuyo abordaje no será fácil de gestionar en tanto cierta sensación de crisis y vacío cunde en el aparato militar chino a las puertas de la celebración de su primer centenario (2027).


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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