Los costes estratégicos de atacar Irán

Descifrando la Guerra
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Foto: U.S. Central Command (CENTCOM)

La estrategia iraní se articula en torno a la lógica de la resistencia prolongada, donde la paciencia y la consistencia operativa se convierten en instrumentos centrales para sostener una estabilidad relativa bajo una presión externa extrema.

En Estados Unidos persiste la tentación de concebir un enfrentamiento con Irán como una opción modular: ataques limitados, operaciones punitivas y acciones calibradas destinadas a restaurar la disuasión sin alterar el equilibrio estratégico general. Esta lógica, nacida de una episteme que privilegia la acción discreta y el control escalonado, ha demostrado su utilidad en otros escenarios.

Con Irán, sin embargo, resulta cada vez menos viable. Un ataque estadounidense contra territorio iraní difícilmente sería interpretado como una operación puntual o como un episodio más en una rivalidad prolongada.

Sería leído, en cambio, como una ruptura estratégica: el punto a partir del cual el poder acumulado de Estados Unidos en Oriente Medio comienza a generar efectos adversos que se refuerzan mutuamente, exponiendo los límites de un paradigma de dominación basado en la modularidad y la disociación del contexto.

La cuestión no es si Estados Unidos puede atacar a Irán; técnicamente, puede hacerlo. La verdadera cuestión es qué empieza a perder en el mismo instante en que decide actuar: qué constelaciones de influencia se desalinean, qué equilibrios implícitos se erosionan y qué fuerzas latentes se activan en un sistema internacional ya fragmentado.

Las recientes declaraciones de altos funcionarios iraníes deben leerse a la luz de este marco. Cuando Teherán advierte que cualquier ataque será tratado como una guerra total, no está trazando líneas rojas operativas precisas ni señalando una escalada incremental. Está, más bien, eliminando una categoría analítica: la noción de un ataque limitado deja de existir como opción creíble dentro de su marco ontológico de seguridad.

Esta postura no surge de la belicosidad, sino de décadas de gestión estratégica en un entorno estructuralmente hostil, en las que la República Islámica ha preservado su seguridad mediante una prudencia calculada que concibe la supervivencia como un ejercicio de resiliencia estructurada.

Durante años, Irán ha dependido de la disuasión indirecta, la influencia asimétrica y una gestión cuidadosa de la escalada como instrumentos de control del riesgo. La contención ha sido una elección deliberada y sostenida, orientada a proyectar capacidad y determinación sin sacrificar flexibilidad operativa.

Este enfoque ha permitido a Teherán construir un conjunto de capacidades resilientes, capaces de absorber shocks, disuadir agresores y sostener una estabilidad relativa bajo presión persistente.

La claridad estratégica actual busca sustituir la ambigüedad que en el pasado permitió absorber golpes sin desencadenar escaladas mayores. No se trata de provocar un conflicto, sino de fijar con precisión las consecuencias de cualquier acción externa, reclamando la autoría narrativa de la crisis y estableciendo sus términos de manera duradera.

Más allá de la inestabilidad

Irán atraviesa actualmente un panorama más complejo que en cualquier otro momento de las últimas décadas. La convergencia de inestabilidad doméstica, presión económica extrema y una acumulación militar sin precedentes por parte de Estados Unidos e Israel configura un punto de inflexión peligroso.

La administración Trump, en su segundo mandato, ha adoptado de forma explícita una estrategia orientada al cambio de régimen, llevando a cabo tácticas como el intento de explotar e incluso “secuestrar” las protestas sociales internas.

Este enfoque descansa sobre una premisa central: que el orden político iraní constituye una estructura artificial, desconectada de su base social y, por lo tanto, vulnerable a una conmoción suficientemente intensa.

Se trata de un cálculo que subestima la profundidad del vínculo entre el proyecto estatal iraní, con todas sus contradicciones, y una noción de soberanía forjada históricamente en la resistencia a la imposición externa.

Como demostraron los acontecimientos de junio de 2025 y enero de 2026, estas estrategias han encontrado límites claros. Los ataques israelíes que buscaban provocar un “colapso gubernamental de arriba hacia abajo” mediante la decapitación de la élite política y militar no lograron su objetivo. Por el contrario, consolidaron de manera temporal el apoyo doméstico en torno al gobierno.

Según el relato oficial de la República Islámica, el intento posterior de promover una “rebelión de abajo hacia arriba”, mediante infiltración y escalamiento de la violencia en las protestas con la expectativa de justificar una intervención, también fracasó, generando una reacción social adversa a la injerencia extranjera.

La secuencia reveló que, en contextos donde la soberanía se experimenta como un logro histórico contrahegemónico, los intentos externos de manipulación tienden, paradójicamente, a reforzar la cohesión en torno al Estado, incluso en presencia de un descontento real y profundo.

Estos fracasos tácticos, sin embargo, no han disuadido a los sectores más duros en Washington y Tel Aviv. Por el contrario, han elevado la apuesta. Las alusiones a una posible eliminación física del Líder Supremo, el ayatolá Ali Khamenei, o a planes para ocupar infraestructuras críticas como la terminal petrolera de Kharg, sugieren una búsqueda de puntos de presión más directos y existenciales.

Para Irán, este giro transforma cualquier confrontación futura en un escenario cualitativamente distinto. Una guerra no solo por la supervivencia del sistema político en su forma actual, sino también por la defensa de un principio de orden poscolonial que rechaza la reconfiguración externa de su arquitectura política. Como ha advertido el presidente Masoud Pezeshkian, un ataque contra el Líder Supremo equivale a una “guerra a gran escala con la nación iraní”.

En este marco, la doctrina estratégica iraní de contención y respuesta proporcional quedaría anulada, dando paso a una lógica de represalia máxima en la que el cálculo se desplaza del análisis costo-beneficio hacia la preservación de la agencia política.

Israel y el riesgo de la sobreextensión

Durante décadas, Estados Unidos no ha tratado a Israel meramente como un aliado político. Lo ha integrado como una plataforma avanzada para la proyección de poder. Un nodo logístico, tecnológico e intelectual que amplifica la eficacia de la presencia estadounidense en Oriente Medio.

Esta base ha funcionado como un centro de control desde el cual se coordina inteligencia, se planifican operaciones indirectas y se proyecta influencia regional a un costo relativamente bajo. Es la piedra angular de un sistema de dominación que permite la gestión a distancia.

Una guerra existencial con Irán alteraría de forma radical esta ecuación. La respuesta de Teherán no estaría orientada a gestos simbólicos ni a despliegues teatrales, sino diseñada para generar efectos operativos acumulativos con un objetivo central: socavar la confiabilidad y viabilidad de Israel como plataforma desde la cual Estados Unidos proyecta poder.

Una presión sostenida mediante misiles y drones de precisión sobre infraestructura crítica, centrales eléctricas, puertos, aeropuertos, redes de transporte, sobre la actividad económica y sobre la psicología de la vida civil tendría consecuencias que trascenderían el impacto inmediato. Israel dejaría de funcionar como multiplicador estratégico y pasaría a convertirse en un absorbente neto de recursos, una carga en lugar de un activo.

Estados Unidos ya no proyectaría poder desde Israel; tendría que redirigir poder hacia Israel para preservar su viabilidad operativa, entrando en una dinámica de drenaje estratégico.

Este giro tendría implicaciones más amplias para la arquitectura de seguridad regional. En un momento de máxima demanda estratégica, Washington encontraría comprometida su plataforma regional más valiosa, no a través de una derrota puntual, sino mediante una inversión progresiva de prioridades.

La disuasión no se restauraría; se volvería más costosa y menos fiable, ligada a la defensa de un espacio que se transforma de santuario en campo de batalla. El prestigio del poder –ese componente intangible pero esencial– se erosionaría al verse obligado a proteger en lugar de proyectar.

A ello se suma una asimetría doctrinal fundamental, un choque de temporalidades estratégicas. Mientras el poder militar estadounidense está diseñado para imponer resultados mediante superioridad tecnológica, velocidad y concentración, una búsqueda de la victoria decisiva, Irán ha estructurado su enfoque alrededor de la resistencia y la capacidad de absorber el desgaste.

En un conflicto prolongado evitaría la confrontación directa en términos favorables a Washington, apostando en cambio por el tiempo, la dispersión y la acumulación gradual de costos.

Su victoria no se mediría por batallas ganadas, sino por la capacidad de sobrevivir, mantener abierto el campo de batalla y convertir cada día de conflicto en una prueba de voluntad y solvencia política del adversario.

Una vez comprometido, Estados Unidos enfrenta un dilema estructural. Retirarse implicaría un costo reputacional significativo, una derrota narrativa. Permanecer produciría una erosión gradual de capacidades, un desangramiento silencioso. Cada escalada profundiza el compromiso; cada despliegue reduce las fuerzas disponibles en otros teatros.

No se trata de una derrota convencional, sino de un desgaste sostenido, la materialización de la guerra de desgaste como lógica estratégica operativa. La experiencia histórica muestra que esta forma de erosión suele ser más corrosiva que las pérdidas visibles, porque descompone la certeza y disuelve el consenso. La estrategia iraní de resistencia persistente transforma la paciencia en ventaja y la predictibilidad en una restricción sobre las opciones del adversario.

El reordenamiento silencioso

Las implicaciones económicas de un conflicto con Irán serían profundas y se extenderían mucho más allá del Golfo, operando como un shock sistémico sobre una economía global ya frágil y fragmentada. Cualquier confrontación de envergadura impulsaría los precios de la energía a niveles capaces de desencadenar una recesión global, con efectos inflacionarios severos en economías que ya operan bajo tensiones significativas.

Para Estados Unidos, la guerra no se financiaría mediante un sacrificio fiscal compartido, sino principalmente a través de endeudamiento y expansión monetaria en un contexto de elevados niveles de deuda soberana.

Las consecuencias previsibles incluirían una renovada presión inflacionaria, mayores costes energéticos y una desviación de capital desde la inversión productiva –transición energética, infraestructuras, tecnología– hacia el gasto militar, un sector cuyo multiplicador económico tiende a ser decreciente.

El efecto acumulado sería el debilitamiento del núcleo doméstico necesario para sostener compromisos periféricos, un patrón que rara vez produce estabilidad duradera y que ha aparecido de forma recurrente en la historia de las grandes potencias: el imperio termina erosionando a la república.

De forma paralela, un conflicto de esta naturaleza reordenaría las prioridades estratégicas globales y aceleraría tendencias ya visibles de desacoplamiento y multipolaridad. Mientras Estados Unidos concentra atención política y recursos militares en Oriente Medio, otros actores obtienen margen para modelar órdenes regionales alternativos.

China, en particular, se beneficiaría de esta redistribución del foco estratégico. Cada misil empleado en el Golfo es uno menos disponible para la disuasión en el teatro asiático; cada grupo naval comprometido en el estrecho de Ormuz es un activo retirado del equilibrio del Pacífico occidental. La competencia sistémica se altera sin que Pekín dispare un solo tiro, obteniendo una ventaja posicional indirecta.

Este realineamiento actuaría, a su vez, como prueba crítica y catalizador de la política iraní de “giro hacia el Este”, reforzando los vínculos de Teherán con Pekín y Moscú dentro de marcos como la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y los BRICS, y proporcionándole un paraguas político y económico alternativo más robusto.

Se cerraría así un círculo problemático para Washington: la acción destinada a contener la influencia iraní terminaría consolidando a Teherán como un componente estable de un bloque geopolítico competidor.

Además, un ataque contra Irán sería percibido a escala global no como un conflicto bilateral aislado, sino como una reafirmación de la fuerza coercitiva como instrumento preferente de la política estadounidense.

Esa percepción generaría presiones difusas pero persistentes sobre los intereses de Estados Unidos en múltiples teatros, desde el Sahel hasta el Sudeste Asiático, donde diversos actores recalcularían su dependencia de un poder visto como volátil y proclive a soluciones unilaterales y disruptivas.

La amenaza no residiría en un impacto inmediato y concentrado, sino en su dispersión y continuidad: en la erosión gradual de la confianza y en la lenta migración hacia otros polos de poder o hacia estrategias de mayor autonomía.

Estados Unidos se encontraría, así, en un entorno en el que su mera presencia se convierte con mayor frecuencia en un factor de desgaste, configurando un escenario de erosión estructural más que de confrontación directa.

Atacar o no atacar Irán…

En última instancia, el poder en el siglo XXI descansa sobre una credibilidad compleja, resultado de la interacción entre capacidad material, consistencia narrativa y percepción de legitimidad en el uso de la fuerza.

Si Estados Unidos inicia una guerra que no puede concluir de manera decisiva, fracasa en garantizar rutas comerciales clave para sus aliados y exporta inestabilidad económica al conjunto del sistema global, esa credibilidad se erosiona de forma acumulativa. Los socios buscan diversificar sus alianzas; los competidores ponen a prueba los límites con mayor audacia; el centro deja de sostenerse.

La cuestión central no es la capacidad militar inmediata, sino el efecto agregado sobre la posición relativa de Estados Unidos en un sistema internacional que ya no es unipolar, donde el poder se evalúa no solo por la capacidad de destruir, sino por la aptitud para producir un orden estable y previsible.

La conclusión es más matizada de lo que suele presentarse, pero no menos consecuente. El principal riesgo para la influencia estadounidense no proviene únicamente de las capacidades iraníes, sino de la subestimación de un Estado que ha hecho de la paciencia estratégica y de la resiliencia el núcleo de su gramática de acción internacional.

Cualquier decisión de confrontar militarmente a Teherán no constituiría un simple error táctico, sino una apuesta estratégica consciente contra un sistema diseñado precisamente para absorber impactos, imponer costes acumulativos y preservar un equilibrio regional que, aunque desfavorable para Washington, resulta funcional y contiene sus propias lógicas de estabilidad.

Es apostar contra la naturaleza misma del adversario, una decisión especialmente arriesgada cuando ese adversario ha construido su identidad política en torno a la supervivencia frente a presiones persistentes y asimétricas.

El resultado más probable no sería una catástrofe inmediata para ninguna de las partes, sino una secuencia prolongada de presiones de desgaste, graduales, sistémicas y difíciles de revertir, que acabarían poniendo a prueba la credibilidad, el foco estratégico y el alcance operativo de Estados Unidos.

Esto no es ideología, sino una autopsia estratégica anticipada: un ejercicio de previsión estructural destinado a comprender cómo una decisión técnicamente factible –e incluso sencilla en el plano táctico– puede acelerar dinámicas geopolíticas y económicas que, en última instancia, redefinen el equilibrio de poder que se pretendía preservar, desplazándolo en direcciones imprevistas y desfavorables.

La prudencia, la claridad en la planificación, la correcta percepción del riesgo y la gestión del tiempo del conflicto son variables que superan ampliamente la suma de capacidades militares o despliegues de fuerza.

En este sentido, la estrategia iraní se articula en torno a la lógica de la resistencia prolongada, donde la paciencia y la consistencia operativa se convierten en instrumentos centrales para sostener una estabilidad relativa bajo una presión externa extrema.

La disyuntiva para Washington, por tanto, no es binaria entre guerra y paz, sino entre un conflicto que pueda mantenerse bajo sus propios términos y otro que, una vez iniciado, redefina de inmediato las reglas en su contra, transformando fortalezas en pasivos y la iniciativa en una trampa de compromiso creciente.

El ejercicio supremo del poder, en esta paradoja contemporánea, podría residir no en la demostración de fuerza, sino en la capacidad disciplinaria de reconocer y evitar una trampa estratégica de propia creación, preservando recursos y atención para los desafíos que verdaderamente configuran el horizonte del siglo XXI.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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