El bloqueo del estrecho de Ormuz golpea de lleno a Asia

Ander Sierra
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Asia es la región que más puede sufrir las consecuencias de las interrupciones energéticas en el estrecho de Ormuz: en torno al 60% del petróleo que atraviesa esta vía tiene como destino los mercados asiáticos.

Los intentos de Irán de provocar un daño regional y global ante la guerra contra Israel y Estados Unidos están dando sus frutos. La República Islámica sabe que no puede competir de tú a tú con potencias que cuentan con mayores capacidades militares y, por ello, ha optado por golpear a los países del golfo Pérsico en una guerra de desgaste basada en ataques con misiles y drones.

Al ampliar el conflicto más allá de su propio territorio, Teherán busca aumentar el coste político y económico de la contienda para sus adversarios y para los países que colaboran con ellos en la región.

Dentro de esta estrategia también se incluye la presión sobre el estrecho de Ormuz, un paso estratégico de apenas 34 kilómetros de ancho en su punto más angosto por el que transita aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas natural.

Aunque Irán no lo ha bloqueado físicamente, los ataques contra varios buques, las advertencias de altos oficiales iraníes y el hecho de que las grandes aseguradoras no cubran daños en zonas de guerra han provocado que decenas de barcos queden retenidos sin poder salir de los puertos o permanezcan a la espera en alta mar. Según algunas estimaciones, el tráfico marítimo se ha reducido hasta en un 90%, lo que ha generado cuellos de botella en el transporte energético mundial.

Las consecuencias ya son visibles. El precio del petróleo ha superado los 100 dólares por barril –en parte también por los intensos ataques israelíes contra infraestructuras energéticas iraníes–; las exportaciones de fertilizantes, fueloil y otros productos derivados se están ralentizando; y los costes del transporte marítimo y de los seguros han aumentado significativamente.

Las rutas alternativas, como el uso de oleoductos que conectan el golfo Pérsico con el mar Rojo o el mar Mediterráneo, no tienen capacidad suficiente para absorber el volumen habitual de crudo que atraviesa el estrecho de Ormuz, lo que agrava la presión sobre los mercados energéticos.

Asia es la región que más puede sufrir las consecuencias de estas interrupciones, pues el crudo que atraviesa Ormuz no se distribuye de forma homogénea por todo el planeta: en torno al 60% del petróleo tiene como destino los mercados asiáticos. La dependencia, además, tampoco se reparte por igual.

Los países del Indo-Pacífico más expuestos son Japón, Filipinas, Myanmar, Bangladés, Pakistán y Sri Lanka, con una dependencia de las importaciones de crudo procedentes de los países del golfo Pérsico superior al 90%. Otros grandes consumidores, como China o India, también se verían afectados por una interrupción prolongada del tránsito marítimo, aunque en menor medida. Ante este escenario, varios gobiernos ya han comenzado a adoptar o planificar medidas de contingencia.

Japón podría liberar crudo de su reserva estratégica –la tercera mayor del mundo, con capacidad para cubrir 254 días de consumo interno–, dado que cerca del 70% de sus importaciones energéticas atraviesan el estrecho de Ormuz. Myanmar, sumido en una guerra civil, ha anunciado un sistema de racionamiento de combustible para vehículos privados: aquellos con matrícula par solo podrán circular en días pares, y los de matrícula impar en días impares.

Filipinas ha ordenado a los funcionarios públicos reducir el uso del aire acondicionado y estudia implantar una semana laboral de cuatro días si la crisis se intensifica. Tailandia ha introducido medidas similares, como fomentar las videoconferencias en el trabajo siempre que sea posible para evitar los viajes y reducir el consumo energético.

Vietnam planea eliminar los aranceles a la importación de combustibles hasta finales de abril con el objetivo de garantizar el abastecimiento y contener el alza de los precios, que ya se han incrementado entre un 21% y un 31% desde el inicio de la guerra. El impacto también se extiende al sector industrial regional. En Indonesia, algunos fabricantes de níquel podrían verse obligados a reducir su producción, dado que dependen en torno a un 75% del azufre procedente de Oriente Medio, un insumo clave para el procesamiento de este metal.

En definitiva, estas medidas reflejan el temor de numerosos países asiáticos a que la guerra en el Golfo desencadene una crisis energética de mayor alcance si el tránsito por el estrecho de Ormuz continúa prolongándose.

No obstante, como suele ser habitual, buena parte de la atención mediática se dirige hacia China, en tanto que es el mayor consumidor de energía del mundo, el principal exportador manufacturero y un país cuyas importaciones de petróleo procedentes de los productores del golfo Pérsico representan alrededor del 50% de sus compras totales. Pekín, por tanto, tiene motivos para observar la situación con preocupación.

De hecho, según algunos reportes, la potencia asiática estaría manteniendo conversaciones con Irán para garantizar el paso seguro de buques cargados de petróleo y gas natural licuado de Catar a través del estrecho de Ormuz. En este contexto, algunos barcos han modificado su señalización para aparecer como “propietario chino” o “tripulación china” en un intento de obtener cierto margen de seguridad.

No obstante, estas estrategias parecen haber tenido un efecto limitado. El tráfico marítimo en la zona continúa siendo prácticamente inexistente y las restricciones afectan a todos por igual, incluida la propia China, pese a la considerable influencia que mantiene sobre la República Islámica.

En cualquier caso, conviene tener en cuenta que China lleva años preparándose para contingencias de este tipo. El concepto chino de “seguridad nacional” abarca múltiples ámbitos, incluido inevitablemente el energético, y Pekín ha adoptado diversas medidas para reducir su vulnerabilidad y dependencia del exterior.

Aunque sigue necesitando los hidrocarburos, ha puesto en marcha varias iniciativas orientadas a reforzar su autonomía energética. Entre ellas destaca la creación de una extensa red de líneas de alta tensión, capaz de transportar grandes volúmenes de electricidad a largas distancias y redistribuir la generación por todo el territorio. Esta infraestructura proporciona a Pekín una mayor capacidad para equilibrar el sistema eléctrico y reaccionar ante posibles perturbaciones en el suministro.

Al mismo tiempo, el rápido desarrollo de las energías renovables está modificando gradualmente la composición de su matriz energética. Solo en 2025, el país incorporó 315 GW adicionales de capacidad solar, un avance que contribuye a reducir progresivamente la dependencia de los combustibles fósiles en la producción eléctrica. De hecho, ese mismo año la capacidad eléctrica de fuentes limpias superó por primera vez a la de las centrales de carbón, gas y petróleo, reflejando la apuesta de Pekín por las energías renovables.

Asimismo, el gobierno chino puede recurrir a medidas puntuales de emergencia: aumentar la producción mediante el carbón, acudir a proveedores alternativos –algunos buques cisterna ya están desviando su rumbo desde Europa hacia China y otros países asiáticos–, ordenar a las refinerías la suspensión de exportaciones de combustibles o recurrir a sus reservas estratégicas.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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