
La guerra de 2026 ya supera en duración a la famosa Guerra de los Doce Días del año 2025. Y además empezó por todo lo alto, con un enfoque regional de manera directa, sin escaladas. Un magnicidio y miles de muertos después seguimos sin ningún objetivo claro declarado y muchas declaraciones de victoria en el aire.
Donald Trump no sabe por dónde llevar su estrategia militar. La inesperada respuesta de Irán, que ha roto los esquemas en la Casa Blanca, está trastocando todos los planes que pudieran haber surgido en la cabeza del republicano. ¿Y ahora qué? La inercia de la guerra lleva a incrementar el enfoque sobre las capacidades militares de Irán, pero también a continuar el reguero de cifras de fallecidos.
Acabar con el programa nuclear, limitar el arsenal balístico, cortar la relación con la red de socios por la región y extraer el uranio enriquecido. Estas eran las demandas sobre la mesa durante los meses de enero y febrero. Lo inasumible de estas concesiones para Teherán, así como la negativa real de Estados Unidos e Israel a negociar sobre la base del olvidado acuerdo nuclear, hacían evidente que el gran despliegue militar estadounidense terminaría en un ataque contra Irán.
Estados Unidos ni siquiera se ha molestado en decir que buscan llevar la democracia liberal. Nada de esto va de regímenes políticos, ni mucho menos de derechos humanos. El único valor que Washington confería a los manifestantes liberales era el de sus vidas en un potencial levantamiento armado.
Ese también podría haber sido un objetivo, al menos de Israel. La guerra civil. La insurgencia. Pero sea como fuere, aquí estamos. La República Islámica pervive más allá de su Líder Supremo. Y probablemente pudiera sobrevivir a un segundo magnicidio. La rendición de Irán no ha llegado. Y parece que la única opción que se contemplaba en Washington era esa.
No se puede imponer un cambio de régimen sin presencia en el terreno con capacidad para forzarlo en caso de que no surja espontáneamente. Por ello se prefirió negociar desde Caracas antes que enfrentar un conflicto civil, pero era evidente que sin invasión ni golpe de Estado con riesgo de confrontación, nunca llegaría al poder María Corina Machado.
Ante la ilusión creada por el heredero del shah de Persia, Reza Pahlavi, la historia se repetía en la cabeza del presidente estadounidense. Aunque Trump le tuviera bien considerado, Pahlavi también fue desdeñado. La opción que se buscaba era una negociación con algún líder que pudiera emerger tras el descabezamiento de la cúpula.
No solo no se han abierto tales grietas sino que, repitiendo los errores de 2025, se ha logrado cerrar cierto apoyo en torno a la República Islámica que en enero estaba en discusión. Y la cercanía de Pahlavi y los monárquicos con el sionismo también han vuelto a perjudicar a su imagen interna.
Ahora Donald Trump ha caído en su propia trampa. No puede desescalar para salvar la cara ni escalar lo suficiente para solucionar los problemas derivados de la respuesta iraní. Y esta trampa se debe no solo a su propia falta de juicio sino a un cálculo lleno de errores.
En condiciones normales se podría contemplar un alto el fuego unilateral por parte de Trump. Un tuit estridente en Truth Social clamando la victoria como falsamente gritó en la Guerra de los Doce Días. Irán recogería el guante y se restauraría la disuasión hasta el próximo asalto.
Pero Irán no está dispuesto a aceptar un alto el fuego unilateral y ha mostrado públicamente, incluso desde sus figuras más moderadas, su predisposición a continuar. La idea es resistir y mantener las represalias hasta cambiar la realidad de Oriente Medio imponiendo un alto coste por los ataques recibidos.
Por lo tanto una simple retirada de la guerra para salvar el sillón de cara a las elecciones de medio término del mes de noviembre, sencillamente, podría no ser posible. La única opción en este sentido sería que Trump se arriesgase a hacer tal movimiento y que, por debilidad interna, Irán decidiese aceptarlo.
No obstante, si Irán no recoge el guante, Estados Unidos podría dejar tirados a sus aliados en la región ante la continuación de la guerra, con duras consecuencias en el futuro de los compromisos militares. En este escenario, los países árabes, a buen seguro, querrán revisar los acuerdos.
Entonces si existen tales riesgos en una retirada estadounidense, hay que contemplar que la contienda siga. Porque estas condiciones no son las del año 2025, cuando se podía pensar de esta manera. Hay un elemento que lo imposibilita. El Estrecho de Ormuz es el verdadero botón nuclear.
La presión del bloqueo de Ormuz obliga a Donald Trump a actuar. No terminar con el bloqueo implica ir hacia unas elecciones con el combustible disparado y, por consiguiente, con los suministros básicos por las nubes, empezando por la alimentación. Y las reservas estratégicas solo servirían para ganar algo de tiempo.
No hay alternativa al Estrecho de Ormuz. Irán ha atacado incluso el puerto de Fujairah, el único de los Emiratos Árabes que quedaría al este de Ormuz. Si intentan llevarse los recursos por el sur a través de Arabia Saudí, Irán puede jugar la baza de los hutíes y bloquear también el mar Rojo y el Estrecho de Bab-el-Mandeb.
¿Pero cómo se desbloquea el Estrecho de Ormuz? Trump no puede pretender este objetivo sin llevar buques al teatro principal de operaciones, poniendo sus fuerzas a tiro de Irán mientras se escoltan barcos comerciales. Esta estrategia sería fuertemente arriesgada, pero más aún si Irán decidiera minar de manera seria el Estrecho.
Sin envío de tropas para invadir y ocupar parte del país o sin envío de buques para desbloquear Ormuz, Donald Trump podrá proclamar victorias pero no habrá ganado nada. Irán no puede competir en igualdad de condiciones con Israel y Estados Unidos. Esa obviedad ha quedado patente con la destrucción de una parte significativa de su flota aérea, su Armada, sus defensas antiaéreas y sus lanzamisiles.
Pero Irán tiene drones. Mientras el sistema político sobreviva, Teherán podrá atormentar a la región con ellos. Derribarlos resulta completamente antieconómico. Y es así como se logra dar la vuelta a la tortilla y luchar en condiciones de asimetría. Causando el mayor daño posible con estas herramientas y la disrupción de los flujos energéticos y productivos globales gracias a Ormuz.
Donald Trump se ve obligado a ceder notablemente ante Irán o a destinar unos recursos que solo escalarían la guerra hasta extremos que le podrían arrastrar durante meses o años. Con unas elecciones de por medio, un coste económico patente y una arquitectura de seguridad y alianzas clamando al cielo, Donald Trump ha caído en su propia trampa, el deseo de Israel.












