Estados Unidos anuncia un bloqueo naval del estrecho de Ormuz

Jorge González Márquez | Descifrando la Guerra
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Foto: Reuters

El anuncio estadounidense del bloqueo naval, tras el colapso de una cumbre que debía consolidar el frágil alto el fuego, confirma que esta disputa ingresa en una nueva fase, mientras la evolución inmediata del conflicto queda en una incertidumbre todavía mayor.

Donald Trump anunció el domingo 12 de abril que la Marina de Estados Unidos comenzará a bloquear el estrecho de Ormuz –si bien poco después Washington precisó que la medida se aplicará solo a los buques que tiene como origen o destino puertos iraníes– tras el fracaso de las conversaciones mantenidas con Irán en Islamabad, la capital de Pakistán.

Washington también ha advertido de que interceptará las embarcaciones que hayan pagado peajes a Teherán para atravesar la zona y que procederá a destruir las minas que, según la Casa Blanca, Irán ha desplegado en el paso marítimo.

El anuncio llega tras el colapso de una cumbre que debía consolidar el frágil alto el fuego alcanzado a principios de abril. Las conversaciones se prolongaron durante 21 horas sin que se consiguiera alcanzar un acuerdo y ambas partes se culparon mutuamente del fracaso.

Estados Unidos insistió en que su principal línea roja seguía siendo el programa nuclear iraní, mientras que la delegación iraní mantuvo sus exigencias sobre las reparaciones de guerra, la liberación de activos congelados y el control del estrecho de Ormuz.

Ormuz en el centro de la mesa

El estrecho de Ormuz no ocupaba el centro político de la crisis cuando esta estalló en Oriente Medio. El foco principal estaba puesto en la escalada militar, el programa nuclear iraní y la posibilidad de una guerra regional más amplia.

Sin embargo, el conflicto ha terminado desplazando el eje de la discusión hacia el control del estrecho. Lo que en un primer momento aparecía como un instrumento de presión indirecta se ha convertido en una de las cuestiones centrales de la negociación fallida de Islamabad y, ahora, en el detonante inmediato de la nueva escalada entre Estados Unidos e Irán.

Situado entre Irán y Omán, el estrecho de Ormuz conecta el golfo Pérsico con el mar Arábigo y constituye uno de los grandes cuellos de botella del comercio global. En 2024 circularon por él unos 20 millones de barriles diarios, el equivalente a alrededor del 20% del consumo mundial de petróleo. Además, por esta vía transita en torno a una quinta parte del comercio global de gas natural licuado, con Catar como actor especialmente dependiente de esta ruta.

Su valor estratégico se aprecia también en lo difícil que resulta reemplazarlo. Arabia Saudí ha anunciado recientemente  la restauración de la capacidad de su oleoducto Este-Oeste, que puede mover unos siete millones de barriles diarios y permite desviar parte de las exportaciones fuera de Ormuz. Sin embargo, estas alternativas siguen siendo insuficientes para absorber por sí solas la producción que normalmente atraviesa el estrecho.

En ese contexto, la pretensión iraní de asumir el control del paso y cobrar tasas de tránsito ha convertido una disputa regional en un desafío global. Según distintas informaciones surgidas durante las semanas previas a la cumbre de Islamabad, Teherán quiere no solo mantener una influencia directa sobre el estrecho, sino también recaudar peajes a los buques que lo crucen.

El director de la Organización Marítima Internacional ha advertido de que imponer un peaje en un estrecho utilizado para la navegación internacional sentaría un “precedente peligroso” y que “no existe ningún acuerdo internacional que permita la introducción de peajes en esta vía”.

La importancia de esta cuestión reside en que el derecho del mar reconoce el paso en tránsito por este tipo de estrechos y establece que los Estados ribereños no deben obstaculizarlo ni suspenderlo.

Por eso, si Irán lograra establecer una suerte de aduana sobre Ormuz, estaría alterando uno de los principios básicos del orden marítimo contemporáneo. Una medida así erosionaría gravemente la arquitectura de seguridad regional, cuestionaría la primacía estadounidense en el golfo Pérsico y abriría además un precedente potencialmente desestabilizador para otros estrechos estratégicos del sistema internacional.

El fracaso de las conversaciones en Islamabad

Las conversaciones del 11 de abril en Islamabad han tenido un peso histórico considerable. Han sido las primeras negociaciones directas entre Washington y Teherán en más de una década y, además, las de mayor nivel político entre ambos países desde la Revolución Islámica de 1979.

El mero hecho de que se haya celebrado esta cumbre refleja hasta qué punto la crisis ha alcanzado un punto crítico donde la situación económica global y el agotamiento operativo han empujado a Estados Unidos e Irán a sentarse a negociar.

Sin embargo, y pese a su relevancia histórica, la cumbre arrancó ya lastrada por varios problemas, comenzando por la disputa sobre el alto el fuego que la había hecho posible.

Aunque Pakistán presentó públicamente el alto el fuego como un acuerdo regional que incluía el frente libanés, Washington e Israel se apartaron de esa lectura casi de inmediato y defendieron que Líbano no formaba parte de la tregua.

Esa interpretación fue contestada no solo por Irán y por el propio mediador paquistaní, sino también por otros actores internacionales, entre ellos Francia, que reclamaron la inclusión inmediata del frente libanés. Con los bombardeos israelíes en marcha, la cumbre de Islamabad arrancó con discrepancias que afectaban hasta lo más básico.

A esa inestabilidad material se le sumaba un déficit de confianza prácticamente total. El embajador iraní ante la ONU en Ginebra había adelantado ya antes de la cumbre que Teherán acudiría a las conversaciones con gran cautela por su profunda desconfianza hacia Estados Unidos.

Tras el fracaso del encuentro, el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, insistió en esa misma idea y acusó a Washington de no haber hecho lo necesario para ganarse la confianza iraní. La negociación, por tanto, no partía de una base mínima de entendimiento, sino de una relación marcada por la sospecha mutua incluso en medio de una tregua temporal.

Tampoco ayudaban las posiciones de partida de ambos actores. Irán llegaba a Islamabad reclamando control sobre el estrecho de Ormuz, reparaciones de guerra, la liberación de activos congelados y un alto el fuego regional que incluyera Líbano. Estados Unidos, por su parte, mantenía como líneas rojas la libre navegación por Ormuz y la renuncia iraní a cualquier ambición nuclear militar.

Con unas exigencias tan ambiciosas y con una desconfianza tan profunda entre las partes, el margen para un acuerdo sólido era, como mínimo, muy limitado. El fracaso de la cumbre dejó así sin resolver una de las cuestiones más sensibles de la crisis: el futuro del estrecho de Ormuz.

Horas después, el anuncio estadounidense del bloqueo naval confirmó que esa disputa entraba en una nueva fase, mientras la evolución inmediata del conflicto quedaba envuelta en una incertidumbre todavía mayor.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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