Cuba en el “renacer” de Estados Unidos

Alex Santos | Diario Red
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Cuba

La posición geoestratégica de Cuba y su antimperialismo hacen que el castrismo no tenga cabida en la “nueva América” que está construyendo Donald Trump.

Cuba ha reaparecido súbitamente en el debate político estadounidense. Tras la captura y el encarcelamiento del presidente venezolano, Nicolás Maduro, la administración de Donald Trump, con el secretario de Estado Marco Rubio a la cabeza, está forzando un bloqueo energético sobre la isla con la esperanza de forzar la caída final del castrismo.

La posibilidad de un cambio de régimen en La Habana hace las delicias de toda la derecha hispanohablante. Desde Miami hasta Buenos Aires, pasando por Madrid, la erradicación del Movimiento 26 de Julio es entendida como la victoria final en la sempiterna batalla ideológica. Sin embargo, en Washington, donde residen aquellos que tienen la última palabra en este asunto, el componente ideológico se desdibuja en favor del pragmatismo geopolítico.

Frontera imperial

Donald Trump llama a la retirada. Salir de Europa pactando un final del conflicto ucraniano con la Rusia de Vladimir Putin. Asegurar la hegemonía de Tel-Aviv sobre Oriente Medio y que sea está misma la que defienda el petrodólar. Evitar la confrontación armada con China al tiempo que la economía estadounidense se reconfigura para poder llevar a cabo un pulso económico con Pekín. En definitiva, dejar el Hemisferio Oriental “atado y bien atado”.

America First. Ese es el axioma que impera ahora mismo en el Despacho Oval en toda la amplitud geográfica y potencialidad intervencionista de su uso. Bajo esta premisa, cabe un continente entero. Desde reclamar la soberanía de Groenlandia y Canadá hasta salvar el gobierno de Javier Milei en Argentina. Pero si hay un área del Hemisferio Occidental que cualquier esquema geopolítico de dominación requiere es la “América Media”.

Compuesta —en su definición más extensa— por México, Centroamérica, las Antillas, Colombia y Venezuela, la “América Media” funge como el eje vertebrador del continente americano. Todo transita por sus aguas. Las mitades septentrional y meridional del hemisferio tienen allí su punto de encuentro. Y gracias al Canal de Panamá, también lo tienen el Pacífico y el Atlántico.

Juan Bosch, el derrocado presidente dominicano, definió el mar Caribe como una “frontera imperial”. No le faltaba razón. Todos y cada uno de los grandes imperios coloniales de la Edad Moderna, el Reino Unido, España, Francia, Portugal, Países Bajos, encontraron en él una fuente insustituible de ingresos cuyo legado perdura hasta la actualidad. Pero para ninguna otra potencia dicha caracterización ha sido más decisiva que para Estados Unidos. El poder de Washington descansa sobre el control inapelable de esta área.

Y de entre todas las localizaciones estratégicas de la región, Cuba siempre ha destacado por su importancia para el gigante norteamericano. Su relevancia radica en su propia ubicación geográfica. Situada entre la península del Yucatán y la península de Florida, la ínsula genera sendos estrechos al norte y al sur que permiten controlar el acceso al golfo de México y, por ende, la conexión del mismo con el resto del globo.

El son cubano en la política interna estadounidense

La importancia geoestratégica de Cuba se deja sentir fuera y dentro de las fronteras estadounidenses. Los puertos de Veracruz y Tampico, que actúan como conexiones marítimas a Ciudad de México y Monterrey respectivamente, dependen de estos corredores. Una situación que se replica desde el puerto texano de Corpus Christi hasta el floridense de Tampa.

La neutralización geopolítica de México, el apoyo de dos entidades federativas capitales en la economía y política estadounidenses como Texas y Florida y la lealtad al movimiento Make America Great Again (MAGA) de gran parte del electorado rural y de las clases obreras empobrecidas se dirime en la capacidad de Washington de someter a La Habana.

Detengámonos en este último punto. La historia económica de Estados Unidos de los últimos 50 años es una historia de ganadores y perdedores con un evidente componente de clase, pero dicho aspecto no invalida otra dimensión fundamental del proceso: la territorial. El neoliberalismo supuso la explosión económica de estados como California, Texas o Florida, al tiempo que perjudicó a las entidades federativas de la cuenca del Mississippi.

El río más largo de América del Norte fue en su día la columna vertebral de su principal potencia. La navegabilidad de sus aguas, potenciada por la construcción de canales y otras infraestructuras hídricas, convirtió a su cuenca en el centro neurálgico del desarrollo económico nacional. A través del curso de las aguas de los ríos Missouri y Arkansas se deslizaba la producción agrícola de las Grandes Llanuras. Un trayecto que era emulado en los ríos Ohio y Tennessee por la manufactura industrial.

Una vez en el Mississippi, el comercio se bifurcaba hacia Nueva Orleans, de donde salía al Golfo de México, y Chicago, desde donde a través de los Grandes Lagos y el río San Lorenzo, llegaba al océano Atlántico. Un solo sistema fluvial, un solo mercado totalmente integrado. Pero el neoliberalismo terminó con ello.

Hoy, ciudades como Detroit, Cleveland o Saint Louis se erigen como un doloroso recuerdo de los antiguos tiempos de prosperidad. El tránsito del dolor a la rabia es lo que ha posibilitado el surgimiento de figuras como J.D. Vance o el propio Donald Trump y su mantenimiento en el tiempo mediante la promesa de una restauración de la grandeza.

Miguel Díaz-Canel y el Partido Comunista de Cuba (PCC) no tienen cabida en esta nueva era de “grandeza”. El antiimperialismo cubano, antes una insignificante chanza ideológica en un mundo unipolar, un eco lejano de la Guerra Fría, es percibido en el Despacho Oval como una potencial amenaza a sus planes restauradores.

“Lo quiero todo”. Ese es el mensaje que está mandando la Casa Blanca al resto del continente. Trump quiere a Cuba y a Canadá sometidas para posibilitar el renacimiento económico de la Cuenca del Mississippi a través del control total de los puntos de acceso de la misma a mar abierto. Quiere Groenlandia bajo control para garantizar su acceso al océano Ártico. Quiere el Canal de Panamá de vuelta. Y, por encima de todo, quiere la hegemonía total y absoluta en América.

Mientras tanto el aturdimiento recorre el mundo hispanohablante. Un sector de la derecha trata aún de comprender que en ese nuevo esquema geopolítico ellos tampoco tienen cabida. Otros, los más oportunistas, se suman a la cruzada securitaria con la esperanza de ganarse un hueco junto al presidente. Y los críticos sienten como, la presión aumenta declaración a declaración.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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