Israel, llegan los bárbaros

Descifrando la Guerra
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  • Detrás de todas las condenas e infladas denuncias contra el terrorismo de los colonos –imposible de esconder–, se encuentra una campaña por separar sus acciones del Estado de Israel. Es decir, insistir en que los colonos actúan por cuenta propia, que los violentos son una minoría y que el Estado toma medidas para frenar estos actos violentos.
  • El relato de los colonos y el anuncio de las sanciones comparten un nexo común: forman parte de un intento de corregir y rehabilitar a Israel. Si el Gobierno de Benjamin Netanyahu cae en las próximas elecciones, los países occidentales podrán reconciliarse y celebrar la victoria de la democracia.
  • Lo que está en juego es que el actual Gobierno de Netanyahu es visto como un problema en cuanto a imagen pública: el poco tacto con el que actúa, la abierta arrogancia con la que se jacta del genocidio y la limpieza étnica no permiten vender una política razonable y sensata guiada por las “preocupaciones de seguridad” contra el “terrorismo palestino”.

Los colonos judíos israelíes descienden desde las colinas haciendo reinar el terror en las aldeas palestinas. Colonos en Nablus matan a cuatro palestinos. Colonos a tiros en Jerusalén Este. Colonos asesinan a un joven palestino en Hebrón. Pogromos en los que se queman y vandalizan mezquitas con estrellas de David.

En Europa están “profundamente preocupados” por el terrorismo colono en Cisjordania. Los sionistas liberales califican al “extremismo judío” de “amenaza existencial” para Israel.

Un ex primer ministro israelí denuncia “una campaña violenta y delictiva destinada a llevar a cabo una limpieza étnica en territorios de Cisjordania”. Incluso Hillary Clinton llama a tomar “medidas enérgicas contra la violencia de los colonos en Cisjordania”. ¿A qué viene todo este escándalo? ¿Qué ha cambiado?

El asedio de los colonos israelíes

Todos los informes internacionales apuntan a un aumento sin precedentes de la violencia de los colonos en Cisjordania. Los incidentes son constantes y forman parte de un patrón amplio, como parte de una estrategia que tiene como objetivo la expulsión de los palestinos. El 16 de agosto, unos 150 colonos israelíes entraron en el recinto de la mezquita de al-Aqsa y, por primera vez, llevaron consigo libros de oraciones –desafiando la convención que prohíbe la oración judía–.

En respuesta, Jordania acogió una reunión de emergencia a la que asistieron países árabes y musulmanes, que condenaron los “ataques sistemáticos y sin precedentes, que aumentan en cantidad y calidad” de Israel en al-Aqsa y advirtieron de “un conflicto religioso”. En la aldea de Umm al-Khair, un activista internacional fue secuestrado por colonos y después fue detenido por el Ejército israelí.

Desde el 9 de agosto, colonos israelíes mantienen bajo asedio la aldea palestina de Qusra, al sur de Nablus. Los habitantes palestinos no pueden salir de sus viviendas, sufriendo cortes de alimentos y agua. El asedio forma parte de un esfuerzo de colonos judíos por establecer un nuevo puesto de colonización y desplazar a los residentes del lugar.

La gravedad de este asedio, que incluía una propiedad de un ciudadano palestino-estadounidense, ha llevado al embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, a deplorar la actitud de los colonos, a quienes ha calificado de “terroristas”. Huckabee, un pastor cristiano evangélico, es conocido por sus posiciones cristiano sionistas, siendo un gran defensor del Gran Israel y las colonias judías en Cisjordania –a la que llama por su nombre bíblico, Judea y Samaria–.

También ha rechazado explícitamente la idea de un Estado palestino. Sin embargo, a pesar de su largo historial como defensor de los colonos, afirmó que “no hay excusa para un comportamiento tan violento”, y que “las acciones de quienes llevaron a cabo este horrible acto de terrorismo, destinado a intimidar y acosar a esta familia, son repugnantes”.

En otro incidente durante su visita a Cisjordania, el embajador Huckabee pudo grabar cómo colonos israelíes invadían propiedades palestinas en la aldea de Turmus Ayya, en Ramala, donde aproximadamente el 80% de los cerca de 3.000 habitantes de la localidad tienen la ciudadanía estadounidense.

Huckabee hizo hincapié en que los delitos y “los actos terroristas” cometidos por colonos en Cisjordania deben ser castigados con severidad y perseguidos con todo el rigor de la ley. Pero el embajador también insistió en aclarar que este grupo “no representa a la gran mayoría de la población israelí”, y estimó que el 99% de los israelíes no participa en este tipo de comportamientos.

Aquí está el centro del asunto. Detrás de todas estas condenas e infladas denuncias contra el terrorismo de los colonos –imposible de esconder–, se encuentra una campaña por separar sus acciones del Estado de Israel. Es decir, insistir en que los colonos actúan por cuenta propia, que los violentos son una minoría y que el Estado toma medidas para frenar estos actos violentos.

La realidad es bien distinta. Aunque estos hechos puedan ser verdad de forma aislada, este relato ignora la lógica que reviste el funcionamiento colonial en su conjunto. Esta vanguardia de pioneros del sionismo puede actuar de forma independiente, pero su razón de ser en último término es cumplir con la máxima del sionismo: “Acumular el mayor territorio posible con el menor número de palestinos”. Ese es el fundamento de toda la sociedad colona que constituye Israel.

Que estos “colonos violentos” constituyan una minoría es indiferente; lo importante es su peso cualitativo al permitirle al Estado sionista cumplir ciertas funciones que en condiciones ordinarias no puede llevar a cabo por sí mismo. Los colonos mesiánicos permiten abrir camino, facilitando la expulsando de los palestinos.

En esta relación, el Estado, como ente aparentemente neutral que se sitúa por encima de los intereses particulares de cada colono, es capaz de tomar medidas contra elementos, frenando ciertas acciones o tamizando su violencia para preservar los intereses generales del proyecto colonial.

No es que el Estado se oponga a la colonización, sino que se presenta como la fuerza de orden que sanciona y legitima aquellos actos necesarios para avanzar los intereses del sionismo mientras castiga los “excesos”.

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Mapa de la división administrativa en Cisjordania y la presencia israelí en el territorio palestino. | Fuente: Descifrando la Guerra

Claro está, en esta lógica, que las distintas fuerzas que componen la empresa colonial israelí tratan de imponer su interés particular como interés general. Y lo cierto es que, en los últimos años, los colonos mesiánicos han conseguido efectivamente hacer esto, permeando amplias capas de la sociedad, especialmente el Ejército, y situándose al timón del Estado. Esto les ha permitido borrar crecientemente esa frontera entre los colonos de Cisjordania y el Estado israelí.

Pero esto no debe confundirse con una relación antitética: el propósito del Estado judío no deja de ser ese mismo. En ese sentido ha habido un cambio cualitativo, que no de fondo, en la relación. Una muestra es la decisión del ministro de Defensa israelí, Israel Katz, que ordenó el 14 de agosto al Ejército que se preparara para transferir la autoridad policial sobre los colonos a la policía israelí, un posible paso hacia la anexión formal de Cisjordania.

El Ejército israelí escolta abiertamente a los colonos en sus pogromos. La Knesset legaliza con carácter retroactivo los llamados “puestos avanzados” que los colonos simplemente erigen en territorio palestino. De hecho, el Ejército confisca regularmente tierras palestinas, calificándolas de “zonas militares cerradas” o con algún otro nombre antes de iniciar allí la construcción de nuevas colonias.

Durante el asedio de Qusra, la respuesta de los militares israelíes fue erigir su propio sitio sobre la aldea. El alcalde de la localidad, Abdul Azim al-Wadi, denunció que la zona fue declarada área militar cerrada: los colonos israelíes pueden moverse con libertad, mientras los residentes palestinos no pueden entrar ni salir.

Israel Katz celebraba al mismo tiempo la inauguración de otra colonia en Ganim, en el norte de Cisjordania. Colonia que fue desmantelada hace más de 20 años como parte del plan de retirada de Ariel Sharon, que consideraba la zona demasiado costosa de mantener y prefería asegurar la cohesión del proyecto colonial.

No obstante, el actual Gobierno israelí derogo esa decisión y ha permitido de nuevo reconstruir esas colonia en el norte de Cisjordania. El ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, era más claro diciendo: “En cualquier caso, Oslo ha muerto. La Zona A de Cisjordania también es nuestra.”

Reino Unido y las sanciones a Israel

El nuevo Gobierno británico del primer ministro Andy Burnham ha anunciado una reevaluación de las relaciones con el Estado de Israel. La decisión es una respuesta al anuncio de Tel Aviv de publicar una licitación para la construcción de siete complejos residenciales con 1.234 viviendas en la zona E-1, una franja estratégica de terreno al este de Jerusalén que pretende dividir Cisjordania en dos.

La licitación, publicada por el Ministerio de Construcción y Vivienda, da a los contratistas hasta el 19 de octubre para presentar sus ofertas para el proyecto, una semana antes de las elecciones parlamentarias del 27 de octubre.

Las viviendas incluidas en la licitación forman parte de las aproximadamente 3.400 que recibieron luz verde en agosto de 2025 como parte del plan de expansión de la zona E-1 impulsado por Bezalel Smotrich.

Las medidas anunciadas por el secretario de Exteriores británico, Ed Miliband, son la suspensión de las licencias de exportación de armas que apoyan de forma sustancial la ocupación ilegal de Israel; prohibición de las importaciones de productos procedentes de las colonias israelíes; y sanciones a las empresas privadas que prestan servicios –incluidos los financieros– que permiten la expansión de las colonias.

Sin embargo, la decisión de Burnham no se reduce a esto. El movimiento tiene una lectura interna y otra externa. A nivel de la política doméstica, el nuevo primer ministro busca distanciarse de Keir Starmer, que nunca se recuperó de su política pro-genocida en la Franja de Gaza, a pesar del reconocimiento simbólico del Estado palestino.

Burnham, más en sintonía con el sentir del Partido Laborista y consciente de la creciente amenaza electoral que representaban los Verdes a su izquierda, ha buscado romper con el tono evasivo y vacilante de la era Starmer. Esto ha llevado a Miliband a declarar abiertamente que “el Gobierno británico reconoce que se está produciendo una limpieza étnica de los palestinos en algunas zonas de Cisjordania, perpetrada por colonos terroristas”.

A su vez, las medidas han sido anunciadas de la mano de Francia y Canadá, con el visto bueno de Estados Unidos. El objetivo es castigar a Benjamin Netanyahu antes de la celebración de las elecciones y conseguir un cambio de Gobierno en Israel. El primer ministro hebreo, en campaña electoral, ha cargado contra Londres, llegando a calificar al Reino Unido como “República Islámica británica”.

Tel Aviv ha respondido ordenando cerrar la misión diplomática británica en Jerusalén Oriental –en el Estado palestino–, la expulsión del personal militar británico del Centro Internacional de Apoyo a Gaza y prohibiendo la entrada al país a once diputados británicos de izquierdas.

¿Sanciones para quién?

El relato de los colonos y el anuncio de las sanciones comparten un nexo común: forman parte de un intento de corregir y rehabilitar a Israel. Si el Gobierno de Benjamin Netanyahu cae en las próximas elecciones, los países occidentales podrán reconciliarse y celebrar la victoria de la democracia.

Como ha comentado el mismo Ed Miliband: “El régimen de sanciones se centrará en las colonias ilegales y en la expansión de las mismas, no en Israel”. El problema es que “con demasiada frecuencia, el Gobierno israelí ha hecho la vista gorda ante esta situación y, lo que es peor, algunos de sus miembros han realizado declaraciones y tomado medidas para apoyar el desplazamiento forzoso de los palestinos”.

Pero, en último término, como reconoce Miliband, “me opongo a la campaña de boicot, desinversión y sanciones” y “me siento orgulloso de mi identidad judía y mi apoyo al Estado de Israel es inquebrantable”.

Por esto mismo los diplomáticos británicos han dicho en privado a Estados Unidos que las nuevas sanciones son en gran medida simbólicas y no tendrán un impacto material en la relación más amplia del Reino Unido con Israel en materia de comercio o seguridad. Por ejemplo, la prohibición de armas es, en cierta medida, selectiva.

Uno de los artículos más importantes que Israel importa del Reino Unido, aunque sea de forma indirecta, son los componentes del caza F-35, un avión que se utiliza habitualmente para llevar a cabo ataques aéreos en la Franja de Gaza. Esos componentes quedaron excluidos de la prohibición de armas.

Las sanciones a los colonos tampoco tendrán el mayor efecto. El Global Echo Litigation Center publicó un informe en el que se detallan las numerosas formas en que los productos de las colonias eluden la normativa sobre el etiquetado de su lugar de origen, lo que dificulta el control:

“Desde hace años, es de sobra conocido que Israel exporta productos, principalmente agrícolas, desde sus asentamientos en Cisjordania y los Altos del Golán con la etiqueta Made in Israel. Lo hace a pesar de que la Unión Europea y el Reino Unido le exigen legalmente que etiquete dichos productos como procedentes de las colonias”.

Por otro lado, aunque funcionasen las sanciones, es evidente que el comercio procedente de las colonias es insignificante. Además, las colonias no están aisladas de Israel, no son dos economías separadas. Muchas empresas que operan en las colonias son simplemente filiales de grandes compañías israelíes. Por lo tanto, las sanciones no serán significativas hasta que no tengan como objetivo el conjunto de la economía israelí y su sistema financiero.

La mayor parte de la financiación destinada a esas empresas no se envía específicamente a un negocio de las colonias. A los propios colonos no les preocupa esto: saben que pueden encontrar compradores alternativos para sus productos o, en su defecto, otras formas de ganarse la vida. El apoyo incesante del Estado les da tranquilidad.

El Gobierno británico no sólo ha reconocido lo fútiles que son estas sanciones, sino que, en su interpelación parlamentaria, el secretario de Exteriores –tras insistir en su firme apoyo a Israel, en que las sanciones en ningún sentido deben leerse como un distanciamiento y en lo difícil que era para él tener que anunciar estas medidas– dedicó el resto de su tiempo a detallar las duras sanciones que se van a aplicar contra los enemigos de Israel:

“Estamos imponiendo importantes sanciones económicas a Irán, en consonancia con la Unión Europea y Estados Unidos. Anuncio que vamos a sancionar al brazo financiero de Hezbolá libanés. Israel tiene todo el derecho a defenderse. A quienes cuestionan el derecho de Israel a existir como patria del pueblo judío les digo: están equivocados, y les denunciaremos cada vez que intenten borrar a Israel del mapa”.

En un anuncio de sanciones contra los colonos israelíes, lo importante eran las sanciones contra aquellos que realmente combaten a esos colonos. Lo retorcido de esta lógica no debe cegar qué se esconde realmente detrás de todo este teatro. A Reino Unido no les molesta la colonización, ni que borren a Palestina del mapa.

Lo que está en juego es que el actual Gobierno de Netanyahu es visto como un problema en cuanto a imagen pública: el poco tacto con el que actúa, la abierta arrogancia con la que se jacta del genocidio y la limpieza étnica no permiten vender una política razonable y sensata guiada por las “preocupaciones de seguridad” contra el “terrorismo palestino”.

Especialmente el anuncio de seguir avanzando en la construcción del corredor E-1 ha sido la línea roja, como ha sido desde los años 1990, que ha levantado las alarmas en los europeos, e incluso también en Washington. Convocar licitaciones para la construcción en E-1 es algo con lo que Israel lleva décadas amenazando, pero siempre se habían visto obligados a dar marcha atrás.

Antes de actuar, el Reino Unido buscó la aprobación de los estadounidenses, en un delicado ejercicio de declaraciones sutiles y gestos discretos. Cuando el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, declaró a la BBC que Washington se planteaba imponer “sanciones o represalias” al Reino Unido ante este tipo de medidas, o cuando el congresista Randy Fine advirtió más tarde de que la decisión podría provocar un boicot formal por parte de Florida –que cuenta con leyes punitivas contra las empresas que boicotean a Israel–, en Londres empezaron a preocuparse.

Pero resultó que Huckabee estaba actuando por su cuenta. La Casa Blanca se distanció de sus comentarios y el secretario de Estado Marco Rubio se mostró mucho más comedido:

“Obviamente, no vamos a hacer lo que hizo el Reino Unido. Hemos escuchado sus argumentos sobre el porqué. Pero miren, compartimos el objetivo de la estabilidad. No queremos ver un repunte de la violencia ni un recrudecimiento del conflicto o de las tensiones en Cisjordania en un momento tan delicado para la región. Pero, más allá de eso, por el momento, no tenemos nada más que añadir”.

El propio Donald Trump se pronunció públicamente: “Bueno, acabo de verlo y hablaré con Israel… Entiendo perfectamente lo que está pasando, pero quiero averiguar por qué ocurre eso de repente”. La negativa de Trump a condenar al Reino Unido fue la última muestra de sus tensas relaciones con Netanyahu.

Además, Washington ha criticado la violencia de los colonos en Cisjordania y ha advertido a Israel de que no debería anexionar formalmente el territorio ocupado, ya que esto alejaría a los aliados árabes y musulmanes de Estados Unidos en la región.

Esos aliados también están actuando como mediadores en el conflicto de la Franja de Gaza y Trump los necesita para que presionen a Hamás. Esto indica que están a la espera de ver si Israel da marcha atrás en la construcción en E-1 como respuesta a la presión británica. De esta manera, Washington puede presionar a Tel Aviv indirectamente, sin necesidad de imponer sus propias sanciones.

Hay muchas posibilidades de que esto ocurra tras las elecciones y, si es así, hay otras tantas de que el Reino Unido retire sus sanciones. Pero esto no significa el fin de la colonización, sino una más “razonable” y “sensible” con los sentimientos de los occidentales. El principal oponente de Netanyahu y el Likud, Gadi Eisenkot y su partido Yashar, sigue estando a favor de la expansión de las colonias.

Otro signo de esta presión es la decisión de 30 senadores de firmar una carta oponiéndose al plan para la construcción de colonias en el área E-1 de Cisjordania. En la misma dirección se ha pronunciado la jefa de la política exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, quien declaró al periódico The Irish Times que el bloque comunitario debería tratar las colonias ilegales israelíes en Cisjordania de la misma manera que Crimea tras la invasión rusa del territorio ucraniano y que una prohibición comercial en los Territorios Ocupados sería una “postura de principios”.

En definitiva, lo que está de fondo en este juego de sombras chinescas es una cuestión de apariencias, de cómo se conduce la política. Las sanciones reales siguen estando dirigidas contra Irán y otros grupos de la resistencia contra Israel.

Que los aliados del sionismo tengan que recurrir a estos métodos para expresar su desafección, con el temor que arrastra a una legitimación del boicot y otras prácticas más radicales, es un signo de la profundidad de la crisis que atraviesa la relación. Este retorcido juego hace a más de uno preguntarse: ¿quiénes son los bárbaros?


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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