Las claves del primer debate en Brasil: un Lula tecnócrata ante un Bolsonaro provocador

El País
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Es el primer debate a días de las presidenciales y llegó a reunir a 5,4 millones de espectadores. Provocación, ataques de corrupción, la carta electoral de la seguridad y preguntas sin respuesta fueron el eje.

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro se enfrentaron este domingo en São Paulo, en el debate organizado por la cadena Band y el diario Estadão. Fue su primer cara a cara de la campaña: ninguno de los dos acudió a los debates televisados antes de la primera vuelta, en la que Bolsonaro superó al presidente por dos puntos. La expectación era máxima, y el debate llegó a reunir a 5,4 millones de espectadores. A una semana de la segunda vuelta del 25 de octubre, los candidatos se centraron enseguida en reprocharse mutuamente los escándalos de sus familiares, sus vínculos con la corrupción o sus aliados internacionales. Bolsonaro salió al ataque desde el primer minuto. Lula, más incómodo al principio, fue de menos a más y acabó llevando la discusión al terreno económico y a los señalamientos contra los Bolsonaro por sus alianzas con Donald Trump.

La provocación como estrategia

A los pocos minutos de debate, Flávio Bolsonaro ya había marcado el tono. Acusador y desafiante, el candidato ultraderechista trató una y otra vez de acorralar a Lula, o al menos de irritarlo. Lo consiguió: visiblemente molesto y descolocado, el presidente tardó un rato en reaccionar y pasar él también a la ofensiva. Bolsonaro buscó el cuerpo a cuerpo constantemente. Señaló a Lula por su alianza con el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, “un dictador”, y con Nicolás Maduro, “el que está preso”, dos dirigentes a los que el mandatario sí ha cuestionado.

Los paseos del senador por detrás de Lula durante sus turnos de palabra tensaron aún más el ambiente. Bolsonaro se mantenía dentro del mismo plano que el presidente y gesticulaba mientras este respondía, una actitud que causó irritación en las redes sociales y entre el público del estudio, formado por aliados de ambos candidatos. En las consideraciones finales, cuando Lula debía dirigirse a cámara, la moderadora tuvo que pedirle varias veces al senador que se apartara. No lo hizo y fingió que no iba con él, lo que provocó el enfado de la moderadora y el alboroto del público.

La seguridad, un asunto siempre pendiente

La violencia y la seguridad pública encabezan la lista de problemas del país, según la encuestadora Datafolha, y en ese terreno se disputa buena parte de los votos. El tema apareció una y otra vez en el debate, sobre todo de la mano de Flávio Bolsonaro. El senador jugó en casa con un discurso de mano dura contra el “narcoterrorismo”, un mensaje que ha ganado fuerza en toda América Latina. Defendió que los menores que cometan delitos graves sean juzgados como adultos y aseguró, con un dato engañoso, que el 73% de los presos vota al Partido de los Trabajadores (PT) de Lula. El presidente le dio la vuelta con ironía: dijo que aspiraba al apoyo del 100% de los reclusos, incluido Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por intentar un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022.

Lula le reprochó haber intervenido, siendo senador, para evitar que fuera a la cárcel el policía acusado de matar en 2021 a una niña de cinco años de un tiro de fusil, mientras Bolsonaro replicó que el presidente intenta criminalizar la abogacía y adelantar condenas. Lula defendió también la PEC de Seguridad Pública, su propuesta de reforma constitucional para dar al Gobierno federal más peso en la lucha contra el crimen organizado.

Acusaciones de corrupción de ida y vuelta

La corrupción ocupó buena parte del debate, convertida en arma arrojadiza. Lula tuvo que dar explicaciones sobre su hijo mayor, Lulinha. Respondió que, aunque confía en su inocencia, será investigado hasta el final, porque en su Gobierno la Policía Federal actúa con independencia. Era una alusión clara a las maniobras de Jair Bolsonaro para proteger a sus hijos cuando era presidente. Bolsonaro recibió su parte cuando salió a relucir el escándalo del Banco Master. El senador está investigado por presunta corrupción y blanqueo de dinero por la financiación de Dark Horse, la película sobre su padre que pidió pagar al dueño del banco, Daniel Vorcaro. Bolsonaro respondió casi siempre con evasivas, mientras Lula insistía en que con él la policía puede investigar. Para zanjar el asunto, el presidente lanzó un reto osado: que al día siguiente ambos hicieran públicas sus cuentas bancarias y sus conversaciones telefónicas, para que los brasileños sacaran sus propias conclusiones. Bolsonaro no recogió el guante.

Grandes asuntos sin respuesta

Otra de las tónicas del debate fue la falta de respuestas claras a preguntas concretas. Lula no cesó de lanzar preguntas directas a su rival. Bolsonaro no logró explicar adónde fueron a parar realmente los 134 millones de reales (más de 26 millones de dólares) con los que supuestamente se financió la película sobre la vida de su padre. Tampoco fue tajante cuando Lula le pidió que se comprometiera a mantener la reducción de la jornada laboral aprobada hace pocos días, una medida que el Gobierno presenta como la mayor conquista de los trabajadores en décadas. Al principio, el senador cambió de tema, y solo tras mucha insistencia dejó caer un poco convincente “obvio que sí”. Bolsonaro siempre se había opuesto a la medida, aunque cambió de postura en los últimos días. Cuestionado dos veces por Lula, tampoco respondió si haría entrega de las reservas de tierras raras a Estados Unidos.

Las oportunidades perdidas de Lula

El presidente se presentó ante los brasileños casi como un estadista, como un tecnócrata, en claro contraste con su rival, pero ese papel le restó claridad. Bolsonaro es muy poco sofisticado en sus argumentos, aunque hábil para soltar titulares impactantes. Lula, en cambio, que necesita convencer a una parte de los 33 millones de abstencionistas, se perdió varias veces en asuntos complejos para la mayoría de la población, que su adversario omitió o simplificó.

En las consideraciones finales, los minutos de oro en los que el candidato mira a cámara y resume por qué merece la confianza del elector, Lula se enredó hablando de fertilizantes, de la industria naval y de por qué no hay que privatizar Petrobras. Faltó un mensaje más claro y directo, que solo asomó en una frase: “Recibí un Brasil quebrado y solo después de que volví el país empezó a crecer por encima del 3%. Ahora está preparado para mucho más”. En esos mismos minutos, Bolsonaro fue al grano, a dos de los temas que más preocupan a los brasileños: la economía doméstica y la seguridad. Prometió crear un Ministerio de la Prosperidad, un guiño a la teología de la prosperidad que domina en las iglesias evangélicas y a los coaches que reinan en internet, y, sobre todo, mano dura contra la violencia.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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