
China es un buen socio económico, pero es un débil aliado político, en primer lugar porque, en su política exterior, no busca aliados al estilo occidental, sino socios que, quedan en la intemperie cuando advierten los límites de una solidaridad retórica y constatan que la convergencia política o ideológica no deviene el apoyo necesario.
Ante los acontecimientos en Venezuela protagonizados por la administración de Donald Trump, China ha reaccionado de forma diplomática, si bien mostrando un tono más fuerte de lo habitual, optando por expresiones que revelaban su estupefacción y enojo. En paralelo, ha movilizado a su embajador en Caracas, Lan Hu, quien se ha reunido con la nueva presidenta Delcy Rodríguez, a quien reiteró la solidaridad y el apoyo del Gobierno chino.
Tácticamente, cabe imaginar la preocupación por el futuro de sus inversiones y del comercio con el país en las nuevas circunstancias, aún muy inestables. Estratégicamente, en Pekín, las autoridades chinas harán balance y echarán sus cuentas en un sentido mucho más amplio.
El plan de Donald Trump para reafirmar la influencia en la región y someter a quienes desafían los intereses estratégicos de Washington sugiere un reto mayúsculo para China. Más allá de la suspensión de una misión empresarial de Hong Kong a Estados Unidos, todo se ha quedado, por el momento, en condena política y moral. Pero ¿habrá algo más?
Un replanteamiento sustancial
No nos hallamos ante una crisis periférica, sino ante la evidencia de un replanteamiento sustancial que visa evitar el sorpasso chino al precio que sea necesario. Si China no acierta en la respuesta, el esfuerzo de modernización basado en el desarrollo y la soberanía, desplegado a lo largo de varios lustros, podría verse seriamente condicionado.
La convicción, tanto para Estados Unidos como para China, es que este lustro es decisivo. Donald Trump ha despejado cualquier duda sobre la voluntad de su administración de encarar el reto que supone la potencia asiática.
Esto implica que no se detendrá en Venezuela, ni siquiera en la región, añadiendo la multiplicación de conflictos geopolíticos a las tensiones comerciales y tecnológicas. En el fondo, está admitiendo una peligrosa desesperación, resultado del fracaso de otras tácticas anteriores aplicadas. ¿Fracasará aquí también? En lo inmediato, dos serían los tipos de costes para China: económicos y políticos.
En cuanto a los primeros, su influencia será objeto de examen acupuntural, abriéndose un incierto futuro sobre todos aquellos activos que Washington considere estratégicos, lo cual, aunque no afecte al comercio o a la inversión común, sí afectaría a infraestructuras –un pilar esencial de la presencia china en la región–, como también al acceso a recursos o a la dimensión tecnológica.
Lo acontecido en Venezuela y las amenazas que se ciernen sobre otros países de la región suponen un reto estructural para una política exterior basada en el principio de no injerencia, que China ha convertido en el frontispicio de su relación con todo el mundo en desarrollo.
La incertidumbre sobre la proyección de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) en la región –22 países adheridos– o la implicación en el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII) –siete países– es máxima, a expensas de cómo también reaccionen las sociedades y los liderazgos nacionales.
En las relaciones bilaterales con Estados Unidos, la determinación expresada por Trump abre una nueva dinámica. Washington tiene posibilidades efectivas de condicionar la proyección de China en la región, decidiendo qué consiente y qué no, a expensas de los niveles de sumisión que puedan expresar las diversas capitales.
El problema para Pekín es cómo encara esa reafirmación hegemónica: ¿repliegue o desafío directo?, ¿elevar la asistencia militar?, ¿incrementar su presencia a ese nivel a través de ejercicios o incluso disponiendo de bases militares…?
Eso, al margen de su factibilidad, supondría un cambio radical en la política exterior china y no es probable que suceda, ante la falta de consenso en el propio Partido Comunista, en el mundo académico y ni siquiera entre una población que ha sido educada en lo contrario como virtud y que prioriza las mejoras sociales frente a aventuras en el extranjero.
La opción inmediata, por tanto, es acomodarse, bajar el tono, rediseñar el modelo de cooperación –sin descartar el ofrecimiento de nuevas ventajas a los países de la región– y fomentar una relación constructiva con Estados Unidos.
La contraindicación a todo esto no es solo la salvedad de que la competencia es global y, por lo tanto, abarcará a todo el mundo, sino que replantearía de facto gran parte de su discurso exterior, derivando en la práctica en la asunción de un G2, con China de 2. En este contexto, cada elogio de Trump a Xi es lo más parecido a un dardo envenenado.
Las relaciones internacionales de China
El modelo de relaciones internacionales de China está en las antípodas del trumpismo. En esencia, se articula en torno a la defensa de la soberanía estatal, la no injerencia en los asuntos internos y el rechazo a la hegemonía y a los bloques excluyentes. China concibe el orden internacional como un sistema plural, basado en la igualdad jurídica entre Estados y en el respeto a las diferentes trayectorias históricas, culturales y políticas.
Frente a los enfoques normativos occidentales, prioriza el pragmatismo, la estabilidad y el desarrollo como fundamentos de la legitimidad internacional. La cooperación económica, la interdependencia y el beneficio mutuo –expresados en iniciativas como la Franja y la Ruta– ocupan un lugar central en su proyección exterior.
Al mismo tiempo, promueve una reforma gradual de la gobernanza global que incremente el peso de los países en desarrollo, sin cuestionar formalmente el marco multilateral existente, pero buscando reequilibrarlo en favor de un orden más descentralizado y menos jerárquico.
El principio de no injerencia en los asuntos internos es uno de los pilares más persistentes de su política exterior, y su centralidad se explica tanto por experiencias históricas concretas como por raíces culturales e intelectuales profundas, aunque estas últimas operan más como sustrato legitimador que como causa única.
La importancia de la no injerencia se comprende, ante todo, a la luz del llamado “siglo de humillación” –entre 1840 y 1949, aproximadamente–. Durante ese periodo, China sufrió invasiones, imposición de tratados desiguales, concesiones territoriales y una injerencia directa de potencias extranjeras en su política interna. La intervención externa no fue percibida como un vector de modernización, sino como un factor de descomposición del Estado y de pérdida de soberanía.
Esta experiencia dejó una huella duradera en la cultura estratégica china: la soberanía y la integridad territorial pasaron a concebirse como condiciones previas de cualquier proyecto político legítimo. De ahí que la no injerencia no sea un principio abstracto, sino una reacción defensiva frente a un trauma histórico severamente interiorizado.
Desde el punto de vista cultural, puede rastrearse una afinidad con el confucianismo, que privilegia el orden, la jerarquía y la armonía sobre la confrontación moral directa. En la China imperial, el “buen gobierno” no se exportaba activamente por la fuerza; el orden debía irradiar a través del ejemplo, del soft power, no por imposición.
Incluso la concepción tradicional del Tianxia –”todo bajo el cielo”– no implicaba una intervención constante en los asuntos de otros, sino el reconocimiento de esferas diferenciadas de autoridad. Estas raíces culturales, aunque no determinan mecánicamente la política exterior contemporánea, funcionan como un marco de legitimación discursiva a tener muy en cuenta.
A la luz de dichas premisas, en lo que ahora importa, el discurso chino en política exterior ha girado sobre dos ejes. De una parte, el fortalecimiento del sur global, erigiéndose en adalid de los países en desarrollo y presentándose ante ellos como una alternativa, en primer lugar, en términos de modelo económico, pero también político aunque no sistémico.
Frente a la afirmación de dominio excluyente de Estados Unidos en el hemisferio occidental, China plantea “compartir el futuro”, estructurado en torno a sus “Iniciativas” globales: desarrollo, seguridad, civilización y gobernanza. Todo esto ha cristalizado en una realidad multipolar con origen en el propio sur global y ambiciones de proyección universal. Los BRICS expresan esa evolución.
El dilema de China frente a Donald Trump
Para muchos países del sur global, la relación con China ha representado, en efecto, una alternativa que permite progresar y minorar y diversificar dependencias. No obstante, ahora se preguntarán cuánto de futuro hay en ello si, cuando la soberanía está en tela de juicio, aquella no injerencia se traduce en distanciamiento y falta de respuesta efectiva frente al agresor, fortaleciendo su impunidad.
Recientemente, en Honduras, Trump “impuso” su candidato. Esto puede suponer un retroceso para China si el presidente electo, Nasry Asfura, corta las relaciones diplomáticas y devuelve el reconocimiento a Taiwán, revirtiendo la medida adoptada por la administración de Xiomara Castro. Estados Unidos indicó que eso le complacería.
Si el presidente republicano dice que una hipotética victoria de Iván Cepeda en marzo en Colombia –territorio donde Estados Unidos tiene a su disposición siete bases militares– conduce a la intervención… O algo semejante acontece en Brasil en las elecciones de noviembre para influir en una hipotética derrota del presidente Lula da Silva…
O, peor aún, incrementa la presión militar hacia un aliado ideológico como Cuba… ¿dónde estará situada la línea roja ante la que China se puede plantar? ¿Es solo Taiwán? A Trump le estorba el derecho internacional, ¿le acabarán estorbando a Pekín sus propios principios?… China es un buen socio económico, pero es un débil aliado político, en primer lugar porque, en su política exterior, no busca aliados al estilo occidental, sino socios.
Estos, sin embargo, quedan en la intemperie cuando advierten los límites de una solidaridad retórica y constatan que la convergencia política o ideológica no deviene el apoyo necesario. Por tanto, es obligada una reflexión sobre el contenido que podría adoptar una compensación alejada del modus operandi estadounidense.
A modo de conclusión
China es un planeta, decía el filósofo francés Guy Sorman. Es poco probable que lo ocurrido en Venezuela genere mutaciones drásticas en su comportamiento internacional, pero sí le obligará a una reflexión profunda. Indudablemente, es consciente del sentido último del comportamiento agresivo de Washington.
Si, como dice Trump, todo se redujera a enfrentar la inmigración ilegal y el narcotráfico, China sería la mejor aliada, pues su política en materia de comercio, inversión, infraestructura y tecnología contribuye al desarrollo y al bienestar, los mejores antídotos para aquellos fenómenos.
Pero la intención es poner palos en las ruedas de la cooperación China-América Latina y Caribe y proyectar en todo el mundo su firme determinación para “doblegar” a la potencia asiática.
En su obra Sobre la guerra prolongada (1938), Mao Zedong estructuraba dicho proceso en tres fases esenciales: defensiva, equilibrio y ofensiva. La gestión de la guerra comercial y tecnológica por parte de China resultó en cierto equilibrio estratégico en beneficio de Xi Jinping, que ahora se ve alterado por la asertividad de Trump.
Esto no es, en modo alguno, aceptable para China. Y cuando, ni siquiera en estas circunstancias, se salta los principios clásicos de su política exterior, sin duda gana credibilidad su enunciación, redundando en una mejoría simultánea de su imagen global. El dilema es reaccionar solo en el detalle para mitigar daños o abrir también la puerta a cambios significativos en el enfoque, sin llegar a adoptar el de su rival.
A diferencia de la China milenaria, el sinocentrismo contemporáneo es interdependiente. Estados Unidos tiene importantes limitaciones para influir dentro de China al mismo nivel que lo hace en otros países; sin embargo, parece dispuesto a utilizar todos los medios a su alcance para infligirle el mayor daño posible y hacerla retroceder.
Esta dinámica puede afectar a sus “intereses centrales”, mermando sus posibilidades de desarrollo. Hoy no puede responder con una Gran Muralla neoaislacionista y simplemente dejar que la barbarie devore al hegemón, confiando en que cuanto haga se convierta en un atolladero, como ha ocurrido en otras ocasiones aparentemente victoriosas. Internamente, en Estados Unidos, son múltiples las tensiones que amenazan seriamente su propia estabilidad.
Muchos esperan que China, como gran potencia que es, “asuma responsabilidades” para con sus socios a fin de proteger no solo sus intereses, sino la estabilidad del orden global.
Más acontecimientos como los vividos en Venezuela podrían prodigarse y hacerle ver que esto ya no es opcional. También debieran verlo así aquellos países occidentales –los de la Unión Europea incluidos– que aseguran creer aún en el multilateralismo y en la vigencia del derecho internacional. Ese es el parteaguas ahora.












