
Tráfico aéreo Asia Europa atascado por la guerra en Oriente Medio y las restricciones a Rusia.
Esta guerra no solo afecta al equilibrio militar de Oriente Medio. También está reconfigurando rutas comerciales, encareciendo el transporte global y recordando hasta qué punto los conflictos regionales pueden tener consecuencias económicas a escala mundial.
La guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel ha entrado en una fase de expansión que ya está alterando el equilibrio regional y generando consecuencias económicas y estratégicas mucho más allá de Oriente Medio.
Lo que comenzó como una campaña aérea de gran magnitud se ha transformado en un conflicto multidominio que se extiende por el golfo Pérsico, el Mediterráneo oriental, el interior de Irán y las rutas marítimas y aéreas globales.
Qué está pasando en Irán
Desde el inicio de la guerra el 28 de febrero, Estados Unidos e Israel han lanzado numerosos ataques contra objetivos militares y gubernamentales dentro de Irán, incluidos edificios institucionales y dependencias vinculadas a las fuerzas de seguridad.
El objetivo de estas operaciones es erosionar tanto la capacidad militar de la República Islámica como su control interno, provocando incluso un cambio de régimen si fuera posible. El hecho más significativo de estos bombardeos ha sido el asesinato de Alí Jamenei, Líder Supremo de Irán y máxima autoridad del país.
Pero la respuesta iraní no se hizo esperar. Teherán ha intensificado sus ataques contra Israel y contra infraestructuras militares estadounidenses en la región, golpeando objetivos en varios países de Oriente Medio –entre ellos Baréin, Catar, Kuwait, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos– mediante misiles balísticos y drones.
Al mismo tiempo, la dimensión naval del conflicto ha ganado protagonismo. En los últimos días varios buques comerciales han sido atacados en el golfo Pérsico, lo que ha llevado a algunas de las mayores compañías navieras del mundo a suspender el tránsito por el estrecho de Ormuz ante el deterioro de la seguridad.
Además, la guerra se está expandiendo hacia otros escenarios. Israel ha reforzado su invasión en el sur de Líbano, utilizando como pretexto los ataques de Hezbolá, y también ha realizado bombardeos contra milicias proiraníes en Irak. Los ecos del conflicto han alcanzado igualmente al Mediterráneo oriental e incluso al océano Índico.
Por qué estalla la guerra de Irán
Para comprender el origen de esta guerra es necesario remontarse varias décadas atrás, hasta la Revolución Islámica de 1979. Hasta entonces, Irán era uno de los principales aliados de Estados Unidos en el golfo Pérsico y actuaba como uno de los pilares de su estrategia regional, junto a Israel.
La caída del sah Mohammad Reza Pahleví y el establecimiento de la República Islámica convirtieron a ese antiguo socio en uno de sus principales adversarios. Desde entonces, parte del establishment político estadounidense ha considerado la revolución iraní como uno de los grandes fracasos de la política exterior de Washington.
Durante décadas se ha repetido en estos círculos la pregunta de “quién perdió Irán”, reflejando la percepción de que Estados Unidos dejó escapar un aliado clave en una región estratégica por sus recursos energéticos y su posición geográfica.
Tras 1979, la relación entre ambos países se estructuró en torno a una confrontación constante. Sanciones económicas, aislamiento diplomático, operaciones encubiertas y presión militar han sido herramientas recurrentes para intentar limitar el poder de la República Islámica.
Si no se produjeron ataques directos o intervenciones con anterioridad fue, en parte, por el desarrollo de las capacidades iraníes y por el fracaso que supuso la invasión de Irak en 2003.
La guerra actual se inscribe dentro de esa dinámica de confrontación. En la lógica estratégica de Washington y Tel Aviv, el objetivo siempre ha sido impedir que Irán se consolide como una potencia capaz de desafiar el equilibrio de poder en Oriente Medio.
La finalidad de la contienda, por tanto, es debilitar o derrotar a la República Islámica y limitar su capacidad de actuar como actor poderoso en la región, preservando así la superioridad estratégica de Israel y permitiendo a Estados Unidos reducir sus compromisos en Oriente Medio.
En términos prácticos, esto se traduce en cuatro objetivos: neutralizar la flota de Irán, desmantelar su programa nuclear, destruir su arsenal de misiles y debilitar su red de proxies. Para muchos, además, un cambio de régimen en Irán sería un desenlace deseable.
Qué es el Líder Supremo de Irán
Uno de los elementos centrales para comprender el funcionamiento de la República Islámica es la figura del Líder Supremo. Este cargo fue ocupado durante décadas por el ayatolá Alí Jamenei, que ejerció el puesto desde 1989 tras suceder a Ruholá Jomeini, líder de la Revolución Islámica. Su asesinato durante la ofensiva israelí-estadounidense ha abierto ahora un delicado proceso sucesorio dentro del sistema político iraní.
En la práctica, el Líder Supremo actúa simultáneamente como jefe de Estado, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y máxima autoridad religiosa del país. Aunque Irán cuenta con un presidente y otras instituciones políticas, el Líder Supremo se sitúa por encima de ellas en la jerarquía del sistema.
Entre sus funciones se encuentran la supervisión de los poderes del Estado, el control de instituciones clave como el Consejo de Guardianes y la capacidad de influir decisivamente en la política exterior, la seguridad nacional o la economía.
La elección del Líder Supremo corresponde a la Asamblea de Expertos, un órgano compuesto por clérigos que evalúan a los candidatos según criterios religiosos y políticos.
Tres son, de hecho, las cualidades que la Asamblea de Expertos debe comprobar en el Líder Supremo para elegirle, según el artículo 109 de la Constitución: a) conocimiento religioso; b) justicia y piedad; y c) perspicacia política y social, prudencia, coraje, facilidades administrativas y adecuada capacidad para el liderazgo.
Una vez designado, el Líder Supremo pasa a ejercer control sobre múltiples instituciones del Estado iraní, incluyendo el Consejo Supremo de Seguridad Nacional y las Fuerzas Armadas.
Claves del arsenal misilístico de Irán
Uno de los pilares del poder militar de la República Islámica es su arsenal de misiles. Irán posee actualmente el sistema de misiles más amplio y diverso de Oriente Medio, con miles de misiles balísticos y de crucero capaces de cubrir diferentes rangos de distancia.
Este programa se ha desarrollado durante décadas y constituye el principal instrumento de disuasión frente a Estados Unidos y sus aliados. Tras la guerra con Irak en los años ochenta, el liderazgo iraní decidió que nunca volvería a quedar expuesto a ataques sin capacidad de respuesta.
En un primer momento, Irán adquirió tecnología extranjera, especialmente de Corea del Norte. Con el paso del tiempo, sin embargo, el país ha desarrollado su propia industria militar, capaz de producir misiles de forma autónoma.
Entre sus sistemas destacan los misiles Shahab-3 o Ghadr-1, con un alcance suficiente para alcanzar cualquier punto de Oriente Medio, incluido Israel. También ha desarrollado misiles de combustible sólido como el Fateh-110 o el Zolfaghar, capaces de atacar con precisión infraestructuras militares y objetivos estratégicos.
Además, Irán ha presentado sistemas más avanzados como el misil Sejjil-2, con un alcance aproximado de 2.000 kilómetros, o el Fattah, anunciado como su primer misil hipersónico, capaz de alcanzar velocidades de hasta Mach 15.
Esta capacidad convierte al arsenal misilístico iraní en una herramienta central de su estrategia militar y en uno de los factores que explican la intensidad de la confrontación con Israel y Estados Unidos.
Impacto en el tráfico aéreo y marítimo
Más allá del campo de batalla, la guerra ya está teniendo efectos globales. Uno de los sectores más afectados es la aviación internacional. La escalada militar ha provocado el cierre del espacio aéreo de varios países del golfo Pérsico, lo que ha eliminado una de las principales rutas utilizadas para conectar Europa con Asia y Oceanía. Como resultado, el tráfico aéreo de carga se ha reducido en torno a un 13% desde el inicio del conflicto.
A estas restricciones se suman las limitaciones de sobrevuelo derivadas de la guerra en Ucrania, el veto al espacio aéreo bielorruso tras el incidente de 2021 y las restricciones existentes en zonas de Georgia afectadas por conflictos territoriales, además del cierre mutuo del espacio aéreo entre Rusia y los países occidentales.
En la práctica, las aerolíneas solo disponen de un corredor viable: el que atraviesa el Cáucaso. En su punto más estrecho, sobre Azerbaiyán, este pasillo tiene apenas unos 160 kilómetros de anchura, lo que lo convierte en un auténtico cuello de botella para el tráfico aéreo internacional.
Esta situación implica mayores costes operativos, rutas más largas y un aumento del precio del transporte de mercancías y de los billetes de avión. Si el corredor caucásico llegara a cerrarse –por razones geopolíticas o meteorológicas– las aerolíneas se verían obligadas a realizar desvíos de miles de kilómetros.
El impacto también se está trasladando al transporte marítimo. La inseguridad en el golfo Pérsico y en el estrecho de Ormuz ha llevado a varias navieras a suspender o reducir el tránsito de buques comerciales por la zona.
La reducción del tráfico marítimo comienza a ser notable –el tránsito de petroleros se ha reducido un 90%, según MarineTraffic–, lo que permite a Teherán ejercer presión económica sin asumir el coste militar y logístico de imponer un bloqueo total.
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La guerra en Irán, por tanto, no solo afecta al equilibrio militar de Oriente Medio. También está reconfigurando rutas comerciales, encareciendo el transporte global y recordando hasta qué punto los conflictos regionales pueden tener consecuencias económicas a escala mundial.












