El colapso del orden liberal internacional

Pablo Del Amo | Descifrando la Guerra
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Cuando las superpotencias consideran que las reglas sirven a sus intereses, las promueven. Cuando dejan de hacerlo, las ignoran, las reinterpretan o las suspenden. Estados Unidos no ha sido una anomalía en este sentido.

El orden liberal internacional atraviesa una crisis que va más allá de episodios concretos o liderazgos específicos. La creciente rivalidad entre grandes potencias, el uso abierto de la coerción y la fragmentación del consenso occidental apuntan a un cambio estructural en la política global.

Lejos de un sistema basado en reglas compartidas, el mundo se adentra en un interregno marcado por la competencia de poder, el retorno de las esferas de influencia y la ausencia de un árbitro capaz de imponer estabilidad.

La base del orden liberal internacional

La llamada “larga paz” que caracterizó al sistema internacional tras la Segunda Guerra Mundial no fue el resultado natural de un orden liberal basado en reglas compartidas, sino el subproducto de una correlación de fuerzas excepcional. Primero, del equilibrio de poder extremadamente peligroso entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

Después, de un breve periodo de hegemonía estadounidense tras el colapso del bloque soviético. La estabilidad relativa del sistema no descansó en normas interiorizadas, sino mayormente en la disuasión nuclear, el equilibrio de poder y, más tarde, en la ausencia de rivales capaces de contrabalancear el poder de Washington.

Desde 1945, la confrontación directa entre grandes potencias dejó de ser viable no porque desapareciera la competencia, sino porque el arma nuclear elevó el coste del conflicto hasta niveles inasumibles. La disuasión no eliminó la violencia, pero sí la canalizó hacia guerras indirectas, conflictos periféricos e intervenciones proxy –por delegación–.

En ese sentido, puede afirmarse que lo que ha evitado mayormente las guerras entre grandes potencias desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy no ha sido el liberalismo, sino la amenaza creíble de destrucción mutua.

El llamado orden internacional basado en reglas surgió y se consolidó dentro de ese marco. Pero conviene recordar una premisa fundamental que a menudo se omite en los análisis normativos: las superpotencias son, por definición, excepcionales.

Cuando consideran que las reglas sirven a sus intereses, las promueven. Cuando dejan de hacerlo, las ignoran, las reinterpretan o las suspenden. Estados Unidos no ha sido una anomalía en este sentido. El derecho internacional y las instituciones multilaterales funcionaron mientras reforzaron una arquitectura de poder favorable a Washington y a sus aliados.

Por ello resulta problemático personalizar la crisis actual del orden liberal en figuras concretas como Donald Trump. El presidente estadounidense no crea tanto esta crisis, sino que acelera dinámicas que llevaban décadas erosionando los cimientos del sistema.

El ascenso de China como potencia económica, tecnológica y militar, la reaparición de Rusia como actor abiertamente revisionista y el declive relativo de la cuota de poder estadounidense plantean desafíos estructurales muy superiores a los que puede encarnar cualquier liderazgo individual.

La pregunta relevante no es si Trump es causa o consecuencia, sino hasta qué punto su llegada al poder refleja la incapacidad de Estados Unidos para seguir sosteniendo el orden que diseñó.

Estados Unidos y su orden liberal

El multilateralismo liberal se construyó sobre una correlación de fuerzas muy específica. Estados Unidos concentraba una supremacía económica, militar y tecnológica sin precedentes, mientras el resto del mundo se integraba de forma subordinada en un sistema de reglas que reflejaba esa asimetría.

Durante décadas, la expansión del comercio, la financiarización y la deslocalización industrial funcionaron porque permitieron a las élites occidentales acumular riqueza y poder, al tiempo que los costes sociales se externalizaban hacia las periferias o hacia las clases trabajadoras de las propias economías avanzadas.

Ese equilibrio comenzó a resquebrajarse cuando China emergió como potencia manufacturera y tecnológica, alterando la división internacional del trabajo y desplazando progresivamente el centro de gravedad del dinamismo económico global hacia Asia.

A partir de ese momento, la arquitectura liberal dejó de beneficiar de forma exclusiva y automática a la potencia que la había diseñado. El sistema seguía existiendo, pero ya no garantizaba la primacía estadounidense ni la cohesión interna de las democracias occidentales.

Conviene reconocer, no obstante, que el orden liberal impulsó iniciativas relevantes para la provisión de bienes públicos internacionales, desde la seguridad colectiva hasta la salud o la lucha contra el cambio climático.

Sin embargo, lo hizo casi siempre en la medida en que esas iniciativas contribuían a sostener la primacía política, económica y normativa de Occidente. Más que un marco neutral, se trataba de una arquitectura de gobernanza que combinaba valores universalistas con profundas asimetrías de poder. Estados Unidos y sus aliados la promovieron mientras reforzaba sus intereses estratégicos, pero también la ignoraron o la doblegaron cuando resultó inconveniente.

La erosión de ese paradigma liberal, acelerada por la hiperglobalización, el ascenso de China y el retorno de una Rusia dispuesta a emplear abiertamente la fuerza, abrió espacio para actores que buscan reconfigurar las reglas del juego. Las potencias revisionistas no pretenden necesariamente destruir el sistema internacional, sino adaptarlo a sus propios intereses y ampliar su margen de influencia en un entorno cada vez más competitivo.

Desde la perspectiva liberal-estadounidense, el resultado es un mundo percibido como mucho más peligroso que el de las últimas décadas. Un entorno que recuerda más al sistema internacional previo a 1945, caracterizado por la coexistencia de varias grandes potencias que compiten entre sí, que al orden relativamente estable de la Guerra Fría o al optimismo del periodo posterior.

En este nuevo contexto, el acceso abierto a recursos, mercados y bases estratégicas ya no se deriva automáticamente de alianzas duraderas, sino que debe ser defendido y disputado frente a otros actores con capacidades comparables.

Durante décadas, Estados Unidos y sus aliados se acostumbraron a un mundo que operaba de una manera. Socios europeos y asiáticos cooperaban en materia económica y de seguridad sin cuestionar el liderazgo estadounidense.

Los desafíos al orden liberal estaban contenidos por la combinación del poder económico y militar occidental. El comercio global fluía con relativa independencia de la rivalidad geopolítica, los océanos eran espacios mayormente seguros para la navegación y el control de armamentos nucleares parecía gestionable mediante acuerdos multilaterales.

El “pacifismo” de actores como Alemania o Japón tras 1945 tampoco fue una consecuencia espontánea de la internalización de normas liberales, sino el resultado de una derrota total, años de ocupación militar y un control político estrecho por parte de los vencedores. La renuncia al uso de la fuerza fue una condición impuesta, no una elección universalmente replicable.

En última instancia, el derecho internacional y el orden basado en reglas solo pueden sostenerse si existen Estados dispuestos y capaces de forzarlos. Durante décadas, Estados Unidos desempeñó ese papel, ejerciendo como garante último del sistema. Hoy, ese rol ya no es sostenible en los mismos términos.

El orden no colapsa porque Washington haya dejado de creer en él, sino porque ya no puede imponerlo sin asumir costes que no está dispuesto a pagar. Ese vacío es el que define el momento actual y explica la transición hacia un interregno marcado por la incertidumbre, la competencia abierta y el retorno de la política de poder.

Del multilateralismo a la competencia

La crisis del orden liberal internacional no se explica únicamente por la aparición de nuevos actores dispuestos a desafiarlo, sino por la progresiva percepción en Washington de dicho orden para sostener la posición hegemónica de Estados Unidos en un mundo crecientemente multipolar y conflictivo.

Durante décadas, Washington utilizó instituciones, normas y discursos cooperativos como instrumentos para gestionar su primacía. La diferencia fundamental del momento actual es que, por primera vez desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos deja de intentar maquillar esa crisis con el lenguaje de la cooperación y asume abiertamente una lógica de competición estructural y de la lógica del poder. Ese giro no implica un repliegue, sino un cambio de método.

El multilateralismo deja de ser un medio eficaz para preservar la primacía y es sustituido por estrategias más directas de presión, coerción y confrontación. En este sentido, el mundo no entra en una fase de vacío normativo, sino en un interregno, un periodo en el que el viejo orden ya no funciona, pero el nuevo aún no ha cristalizado. En ese espacio proliferan estrategias agresivas, políticas de fuerza y liderazgos que buscan imponer una nueva coherencia a un sistema en crisis.

Donald Trump encarna de forma especialmente clara esa voluntad de imposición. No propone reformar el orden liberal ni adaptarlo a nuevas realidades, sino sustituirlo por un marco de competencia directa entre grandes potencias, acompañado de una aproximación más explícita a la lógica de las esferas de influencia.

Sin embargo, reducir esta transformación a su figura sería un error analítico. Trump no es la causa última de la dinámica actual, pero sí su catalizador más agresivo, el dirigente que abandona definitivamente la pretensión de universalidad del orden liberal y acepta sin ambages que el mundo se rige por relaciones de fuerza.

El resultado es una sensación persistente de transición permanente, de inestabilidad estructural y de disputa abierta por la configuración del orden futuro. Lo que emerge no es una fase breve de ajuste, sino un periodo prolongado de incertidumbre en el que los actores intentan fijar las reglas del juego mediante el uso de la fuerza militar, la coerción económica y la competencia tecnológica.

Bajo este enfoque, Estados Unidos deja de invertir recursos en sostener un sistema que ya no le garantiza la primacía y opta por una estrategia de confrontación abierta para imponer un nuevo marco más favorable a sus intereses, aun a costa de una mayor inestabilidad global. Existen claras reminiscencias del periodo previo a la Primera Guerra Mundial.

Entonces, el sistema internacional también se encontraba en proceso de reconfiguración, impulsado por el ascenso de Alemania como potencia industrial y militar, la intensificación de la competencia geopolítica con el Reino Unido y una carrera de rearme alimentada por la percepción de que un conflicto generalizado podía convertirse en el mecanismo para resolver la creciente insatisfacción con el statu quo.

La analogía no reside en la inevitabilidad de una gran guerra, sino en el clima estratégico de rivalidad, desconfianza y competencia por el poder y la influencia que caracterizó aquel periodo.

Alemania aspiraba a convertirse en la potencia hegemónica del continente tras haber quedado al margen del gran reparto colonial. Reino Unido trataba de preservar un equilibrio de poder que impidiera la emergencia de un actor dominante. Francia mantenía una posición revanchista marcada por el trauma de la derrota de 1871, mientras Rusia y el Imperio austrohúngaro competían por el control de los Balcanes.

La referencia a las esferas de influencia no implica, en realidad, una novedad radical. Las grandes potencias siempre han defendido lo que consideraban sus zonas estratégicas. La diferencia es que durante décadas Estados Unidos tuvo la capacidad material y política para actuar en prácticamente todo el globo sin encontrar un contrapeso efectivo.

Incluso tras la caída de la Unión Soviética, el sistema atravesó una fase de incertidumbre marcada por conflictos en el espacio postsoviético, procesos de transición política y reconfiguraciones territoriales. Pero entonces era Occidente quien se proclamaba vencedor del nuevo orden y Washington quien tenía la potestad de imponer sus reglas. Hoy, esa autoridad ya no está garantizada.

Frente a los argumentos liberales que sostienen que Estados Unidos se ha desconectado voluntariamente del orden liberal, la evidencia apunta a otra razón. Washington no abandona el sistema porque quiera, sino porque ya no puede mantener la primacía en todos los escenarios simultáneamente. Trump sigue persiguiendo la primacía estadounidense, pero en un contexto en el que el ascenso de otras grandes potencias limita de forma creciente su margen de maniobra.

De hecho, para adoptar plenamente un marco de esferas de influencia, Estados Unidos tendría que aceptar concesiones que de momento no está dispuesto a hacer, como reconocer un dominio exclusivo de China sobre Asia oriental o de Rusia sobre el espacio postsoviético.

Una de las diferencias más significativas entre el orden que se está gestando y el anterior es que ya no existe una única superpotencia que ejerza de forma casi exclusiva la violencia en el sistema internacional, amparada en la retórica de la defensa del orden basado en reglas o de la promoción de la democracia.

Por un lado, Estados Unidos ya no fundamenta su ejercicio de poder en la preservación del orden liberal internacional. Por otro, otras potencias también recurren abiertamente a la coerción y al uso de la fuerza. Rusia impone su poder en su entorno inmediato, pero también potencias medias como Turquía o Azerbaiyán utilizan la fuerza para modificar equilibrios regionales sin enfrentar una respuesta sistémica.

Esta tendencia no es exclusiva de la era Trump. La retirada de Afganistán y las declaraciones posteriores de Joe Biden, subrayando que el objetivo central de la intervención había sido eliminar una base del yihadismo y no construir un Estado respetuoso de los derechos humanos, reflejan una continuidad más profunda.

El lenguaje puede variar, pero la lógica subyacente es la misma: el abandono progresivo de la pretensión de transformación normativa del sistema internacional y la aceptación de un mundo en el que distintos actores persiguen modelos de gobernanza propios y órdenes regionales alternativos.

El orden internacional que emerge

El orden liberal internacional está dando paso a un mundo definido por esferas de influencia, en el que la fuerza vuelve a ocupar un lugar central y en el que Occidente aparece crecientemente fragmentado. A diferencia del periodo anterior, ese ejercicio de la coerción ya no emana de un único centro, sino que se reproduce entre múltiples actores con distintos niveles de poder y ambición.

En este entorno, los Estados se enfrentan a la disyuntiva de constituirse como polos capaces de ejercer control sobre su entorno estratégico inmediato o quedar relegados a operar dentro de la esfera de influencia de otros.

Entre ambos extremos se abre, no obstante, un espacio intermedio cada vez más relevante, ocupado por actores que buscan maximizar su autonomía en un sistema sin árbitro y evitar alineamientos rígidos en un contexto de competencia estructural.

Nos encontramos en un momento de incertidumbre estructural. El sistema anterior se está descomponiendo, pero el nuevo aún no ha tomado forma. En este contexto, las reglas no solo son inestables, sino que dependen en gran medida de los impulsos de quien concentra mayor capacidad coercitiva en cada momento.

La previsibilidad, un elemento esencial para la estabilidad internacional, deja así de ser una característica del sistema. La acumulación de factores disruptivos alimenta una volatilidad persistente: electorados cada vez más proclives a votar contra el statu quo, guerras comerciales, avances acelerados en inteligencia artificial y otras tecnologías disruptivas.

A ello se suma el comportamiento de potencias revisionistas que abandonan normas y acuerdos para amenazar o invadir a sus vecinos, así como el progresivo deterioro del régimen de control de armamentos, con tratados que caducan, se incumplen o no se adaptan a nuevas realidades como la proliferación nuclear o la militarización del espacio.

La política de grandes potencias ha regresado con fuerza. Coerción, intervención y jerarquía vuelven a estructurar las relaciones internacionales. Estados Unidos, China y Rusia reclaman derechos privilegiados sobre regiones, rutas comerciales y alineamientos políticos, recurriendo a instrumentos que bordean o eluden las limitaciones jurídicas que supuestamente definían el orden posterior a la Guerra Fría.

La diferencia es que estas dinámicas se despliegan ahora en un mundo mucho más interdependiente y sometido a tensiones estructurales profundas. La competencia entre las grandes potencias se desarrolla, además, en un contexto de interdependencia económica densa y de crecientes tensiones globales. Las cadenas de suministro, los sistemas de pago, los flujos energéticos, las redes de datos y los mercados alimentarios se han convertido en instrumentos de presión.

La interdependencia no actúa como freno al poder, sino que es cada vez más utilizada, redirigida y racionada con fines estratégicos. La influencia se ejerce tanto a través de infraestructuras y mercados como mediante capacidades militares.

En ausencia de un orden coherente, lo que cabe esperar no es estabilidad, sino la proliferación de puntos calientes donde las grandes potencias tratan de asegurar esferas de influencia exclusivas y chocan allí donde sus intereses se superponen. El estrecho de Taiwán y el Pacífico, la frontera entre India y China o el flanco oriental europeo frente a Rusia son espacios donde la competencia estructural se manifiesta de forma directa.

A esta dinámica se suma la aparición de vacíos de poder en escenarios considerados secundarios por las grandes potencias, donde la retirada, distracción o menor implicación de los actores dominantes abre espacio a la intervención y la competencia de potencias medias, como ocurre en casos como Sudán, Siria o el Cuerno de África.

En este contexto, las potencias menores y medias tienden a buscar protección bajo distintos paraguas de seguridad, pero lo hacen con una lógica cada vez más flexible. Los alineamientos dejan de ser permanentes y pueden modificarse cuando se perciben mejores oportunidades, menores riesgos o mayores beneficios estratégicos.

El escenario internacional actual sitúa así a estas potencias ante un dilema central: aceptar una posición subordinada dentro de la esfera de influencia de una gran potencia o intentar preservar márgenes reales de soberanía en un sistema crecientemente competitivo. Mientras Europa avanza cada vez más hacia una relación de dependencia estratégica respecto a Estados Unidos, otros actores priorizan la autonomía y la capacidad de maniobra.

Pese a sus profundas diferencias en modelos políticos, prioridades de seguridad y estrategias de desarrollo, estas potencias comparten una percepción de la soberanía como un recurso escaso y vulnerable. Esa experiencia común no produce unidad ideológica ni coordinación sistemática, pero sí una notable capacidad de adaptación estratégica.

Frente a un sistema inestable, evitan alineamientos rígidos y optan por estrategias de hedging, diversificación de vínculos económicos y de seguridad, y una diplomacia transaccional orientada a maximizar beneficios concretos. Su principal activo no es una identidad compartida, sino la capacidad de elegir, retrasar, ajustar y renegociar sus posiciones, convirtiendo la ambigüedad en una fuente de poder en un entorno geopolítico fragmentado.

El orden que probablemente emerja de esta fase no se parecerá a un concierto estable de potencias ni a una división clara del mundo en bloques rivales. Será más áspero, más improvisado y más disputado.

Estará moldeado tanto por grandes potencias que tratan de trazar líneas de influencia como por Estados con memoria viva de la jerarquía, dispuestos a poner a prueba, doblar o renegociar constantemente esos límites.

En ese contexto, ningún Estado ni grupo de Estados dominará de forma sostenida el sistema internacional. El poder se distribuirá entre actores globales, regionales y sectoriales, con un papel creciente de potencias regionales que operan a través de marcos propios.

Los alineamientos serán específicos por temas y coyunturas, y ningún actor liderará de manera transversal todos los ámbitos de la política internacional. El momento unipolar no se repetirá. El poder estará más repartido, pero no por ello será más estable.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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