Irán en el ojo del huracán: qué tipo de acuerdo puede evitar el ataque de EEUU

Alejandro López | ElDiario.es
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Foto: AFP

La mayor esperanza para Teherán reside en un acuerdo con Washington que resulte tan relevante para Trump que pueda interponerse en los intereses de Israel.

Oriente Medio está viviendo una inusitada ronda de negociaciones con Irán en el ojo del huracán. No era un escenario esperado, desde que la Administración Trump amplió notablemente sus demandas sobre la República Islámica, y con el envalentonamiento visto entre los halcones intervencionistas tras la campaña sobre Venezuela.

Estados Unidos ha asumido como propias algunas demandas de Israel que resultan críticas para su influencia y hegemonía regional. El escenario de la Guerra de los Doce Días de junio de 2025 resuena con fuerza, pero ha cambiado el marco en que se producen las nuevas tensiones.

Se hace necesario analizar los intereses detrás de cada movimiento diplomático, puesto que hay muchas más capitales moviéndose en la región de las que hacen ruido públicamente. Sin embargo, el ataque podría estar ya decidido. Hay cuestiones operativas que podrían modificarse. Pero la mayor esperanza para Teherán reside en un acuerdo con Washington que resulte tan relevante para Trump que pueda interponerse en los intereses de Israel.

Algunos nombres propios de gran relevancia han descolgado el teléfono o enviado delegaciones para tratar de convencer a Trump de que no se produzca el ataque. Pero hay una capital a la que podrían no convencer: Tel Aviv.

La guerra que iba a estallar en enero

Tras los contactos entre Benjamin Netanyahu y Donald Trump en el pasado mes de diciembre ya se delineó la estrategia que Israel perseguía para 2026. El ultimátum sobre Líbano o la intención israelí de desarmar por la fuerza a Hamás, Hizbulá y los hutíes yemeníes chocaban con la necesidad estadounidense de vender acuerdos de paz.

Con el nuevo año expiraban las líneas rojas temporales que Tel Aviv había lanzado al Gobierno libanés para imponer sus condiciones. Sin embargo, las protestas que emergieron en Irán cambiaron los cálculos. Se podía decapitar al padre a través de un cambio de régimen. Sin Irán, en Israel se considera ampliamente que sus socios regionales caerían con mayor facilidad.

Pero aunque Donald Trump, empujado por el éxito del secuestro de Nicolás Maduro, prometía represalias para Teherán por la represión de las protestas, el presidente se echó para atrás en el que parecía ser el último momento antes de lanzar un ataque. Las ejecuciones que denunciaba en enero desaparecieron de manera fulminante de su discurso. Y no volvieron.

El pretexto era político, pero el subtexto era técnico. Se percibía que Irán esta vez respondería con más fuerza que en 2025 y, por este motivo, comenzaron las evacuaciones de bases militares estadounidenses en países árabes de la región. Las capitales del golfo Pérsico avisaban a Teherán de que no se permitiría a Washington el uso de su espacio aéreo para atacarles. Pero lo que se buscaba era quedar fuera del tumulto que veían venir. Nadie quería represalias por lo que pudiera inflamar Trump en su entorno.

Asimismo, Israel necesitaba algo más de apoyo si temían quedarse solos una vez se iniciara la andanada de misiles entre su territorio y el iraní. Por eso Estados Unidos anunció el envío del portaaviones USS Abraham Lincoln desde el este de Asia hacia las costas de Irán. Con tal grupo de ataque y las subsiguientes acumulaciones de material bélico en Europa y Oriente Medio se podía aumentar el poder disuasorio.

Pero poco en esta historia iba sobre disuadir o contener una potencial amenaza iraní. Se trataba de imponer las condiciones que deseaba Israel. Y con la coerción como arma en retaguardia, Estados Unidos conminó a Irán a que cediese. Bajo ese marco, Irán sorprendió a muchos y dijo “no”.

La diplomacia abre la última ventana de paz

No había apenas certeza de que la negociación fuera a ser genuina. De que hubiera intención real de alcanzar un acuerdo. En 2025 ya se vio cómo Israel y Estados Unidos asesinaron a los negociadores de Hamás e Irán, respectivamente.

La Administración Trump no está interesada en una guerra prolongada, como evidencia su modus operandi reciente y su apuesta por operaciones quirúrgicas. Sin embargo, en Irán no se entrevén objetivos inmediatos si se saca de la ecuación el llamado de Trump a renovar las protestas y asaltar las instituciones iraníes. En este caso, un objetivo evidente sería el asesinato de figuras clave de cuerpos como la fuerza Basij, implicada en la represión de la protestas, o la Guardia Revolucionaria.

Pero un ataque sobre Irán debería fijarse en los objetivos políticos de la amenaza estadounidense. El año pasado, Trump vendió que había volado el programa nuclear iraní tras sus ataques en Natanz, Fordow e Isfahan. Sin embargo, aunque parte de la inteligencia estadounidense cuestionó esa afirmación, a día de hoy vemos una nueva amenaza sobre un programa nuclear que, en teoría, ya había sido destruido.

Además, Trump exigió a Irán que aceptara nuevas condiciones. Teherán debía poner fin al enriquecimiento de uranio, entregar el uranio ya enriquecido, poner límites a su programa balístico y terminar su apoyo a los grupos regionales que se encuadraban en el Eje de la Resistencia.

Ahí fue cuando apareció la negativa iraní. Aunque en el mes de junio Irán y Estados Unidos buscasen una rampa de desescalada, frente a un Israel que apostaba por seguir los ataques, este año Teherán estaba señalando a una dirección distinta. Si debía luchar, lo haría. Porque asumir esas demandas implicaba su rendición. La hegemonía casi completa de Israel en la región.

Y si se le pedía la rendición, Irán parecía estar dispuesta a contestar. La delegación iraní exigió negociar de manera bilateral con Estados Unidos en Omán, fuera del marco de Estambul donde se pretendía reunir a representantes de varios países de la región para introducir los elementos balísticos y proxies en la negociación.

Esta segunda negativa sorprendió a Estados Unidos. Arabia Saudí y Turquía, temerosas de otra guerra, trataron de convencer a Washington de que aceptara el marco propuesto por Irán y negociase de buena fe un acuerdo nuclear. Mientras tanto Netanyahu se ha vuelto a reunir a mediados de febrero con Trump para proponer objetivos directos del ataque.

Las negociaciones dieron señales positivas en Omán y en Ginebra, pero es difícil que la situación termine en buen puerto. Fue el propio Trump quien abandonó el acuerdo nuclear en su primer mandato, propiciando la situación de enriquecimiento que ahora tensa las relaciones. De hecho el incumplimiento iraní fue certificado por primera vez en 2025, con los países europeos iniciando los trámites para devolver las sanciones contra Irán unos meses después.

Incluso si Irán y Estados Unidos alcanzasen una moratoria para el enriquecimiento de uranio, así como la entrega del material enriquecido a países como Rusia o Turquía, esto no sería necesariamente definitivo. Israel ha rechazado la posibilidad de acuerdo. En ese caso el ataque podría provenir de manera “preventiva”, como lo llamaron en el mes de junio, de Tel Aviv. Y ante la más que previsible respuesta iraní, Estados Unidos intervendría.

Mientras la diplomacia continúa ganando tiempo, la primera consecuencia del encuentro entre Trump y Netanyahu del 11 de febrero fue el anuncio de que un segundo portaaviones, nada más y nada menos que el USS Gerald Ford, el más grande del mundo, se dirigiría hacia la región. Diplomacia de cañoneras.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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