Adam Smith y la hoja de coca

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La coca, más allá de su relevancia en términos de uso medicinal y tradicional, pasó a ser un factor esencial en la política de gobierno por dos razones: la primera, por la dualidad de funciones que ejerce el Presidente de la República al ser también, Presidente de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba y, la segunda, porque el narcotráfico ha tenido, en los últimos años, un inusitado crecimiento fruto de la mayor producción de dicha hoja. En efecto, a raíz del informe donde se estudió su consumo legal, hemos conocido una serie de indicadores que nos muestran un panorama con diversos escenarios. La sintomático es que en este momento los productores de coca del trópico hablan de  demanda  (legal) a tiempo de rechazar el informe y al hacerlo, dejan establecido que aquella, es decir, “la verdadera demanda”, no está reflejada en dichos resultados. Sí señor, en el país existiría una demanda de consumo de coca que avala una oferta que para los productores de esa hoja debería ser mayor a las 14.705 Ha. Paradojas del destino, de la economía e incluso del laissez faire, laissez passer que pregona el libre mercado. Pues es así, porque para quienes producen coca, especialmente en el Chapare porque es ahí – dicen los entendidos – donde la milenaria hoja no sirve para usos y consumos tradicionales, es la demanda — así debemos entenderlo — la que debe determinar la cantidad de hectáreas de producción “lícita”.

Vaya, vaya. Como son las cosas. Ni Adam Smith en su expresión más pura hubiese sido tan claro e  incluso Vicent de Gournay que a su laissez faire, laissez passer añadió el “le monde va de lui même”, es decir, dejen hacer, dejen pasar que el mundo va solo.

Como fuere, el informe revela que se precisa 20.690 toneladas de hoja al año para cubrir una demanda de  3.08 millones de personas que serían las que utilizan la hoja. Por supuesto que la referencia inmediata a las 14.705 Ha son las 12.000 Ha que se fijaron en la ley 1008, más allá de si dicha extensión mereció o no una valoración previa o fue fruto de un acuerdo político. Lo curioso del caso es que fieles a la demanda – que ahora hay que respetarla– los productores de coca, especialmente del Chapare, ya se adelantaron a rechazar el informe y el gobierno, incómodo por cierto, a subrayar que los resultados del  mismo ¡no son vinculantes!.

¿Para qué el estudio entonces? ¿O es que la UE estaba dispuesta a erogar recursos para que el informe solo sea referencial o académico? Si hoy, fi eles al mercado, a esa mano invisible odiada en los discursos, los productores de coca reclaman más hectáreas para satisfacer a los consumidores (piden cuando menos 25.000 Ha) ¿por qué no se quiso introducir en el formulario del Censo una pregunta para consultar si la persona utilizaba o no hoja de coca? ¿A qué se temía?, ¿a que las 12.000 Ha vigentes no eran tal?

Lo cierto es que el estudio refleja un marco de situación que mínimamente exige seriedad en cuanto al uso que debamos darle.

Hoy se está debatiendo –como cuestión de Estado– cuánta coca debe plantarse, cuando tenemos infinitos problemas que afectan temas sensibles como la salubridad, salud, trabajo permanente, seguridad ciudadana, etc. En otras palabras, estam0s discutiendo cuánta hoja de  coca quedará para el narcotráfico si consideramos que en este momento, a decir de la oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, en Bolivia al año 2012, existían 25.300 Ha. Termino aquí: ni la demanda es como dicen que es, ni la oferta está dirigida únicamente a usos lícitos. La coca sirve para hacer cocaína, más allá de sus respetables usos tradicionales, y esa es una verdad irrefutable.