Cuando la muerte no es una pena

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Foto: Página 12

Todo empezó con una escena de película mala, pesadilla peor. Frank Wolek, de 54 años, turista estadounidense, caminaba una mañana por una calle de la Boca, barrio de Buenos Aires, cuando dos adolescentes lo asaltaron, trataron de robarle, se enfurecieron con su resistencia, lo acuchillaron muchas veces. Los ladrones se escaparon, cada cual por su lado; uno se llamaba Pablo Kukoc, de 18 años, y se llevaba la cámara de fotos hasta que tres vecinos lo interceptaron. Entonces apareció Luis Chocobar, policía de otro distrito, que salía de su casa. Se acercó, gritó algo, le metió dos balazos: “Disparé porque se venía contra mí y tenía miedo…”, diría después.

El turista tenía una cuchillada en el corazón pero se salvó; el asaltante, dos balas que le entraron por la espalda y se murió. El policía quedó detenido; después se quejaría de que en el calabozo tuvo que dormir en el suelo. Cuando salió, pendiente de juicio, el presidente Mauricio Macri lo recibió en la Casa Rosada y le dijo: “[estoy] orgulloso de que haya un policía como vos al servicio de los ciudadanos; hiciste lo que hay que hacer, que es defendernos de un delincuente”. Al otro día se filtró una grabación de cámaras de seguridad: mostraba que el asaltante corría para escapar y el policía lo persiguió y le tiró de atrás.

La polémica arreció. La madre de Kukoc, Ivonne, dijo que lo de su hijo había sido “una pena de muerte sin juicio” y pidió una audiencia con Macri: quería preguntarle, dijo, “por qué felicitó a una persona que mató a otra persona”. Las madres de las víctimas tienen su lugar en la historia y la sociedad argentinas. Pero el presidente no la recibió y su ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, salió a decir que “el agente Chocobar actuó en cumplimiento del deber policial […], persiguió al delincuente hasta hacer cesar el delito con el objetivo de que esa persona no agreda y mate a otro”. Va de nuevo: “Con el objetivo de que esa persona no agreda y mate a otro”. Y su ministerio, dijo, lo ayudará en su defensa legal.

La inseguridad suele aparecer en las encuestas como la primera preocupación -o la segunda, detrás de la inflación- de los argentinos. Su gobierno actual acusa a su gobierno anterior de haber sido blando con los delincuentes -de haberles dado demasiadas garantías jurídicas, de no haber cuidado a sus fuerzas represivas- y, cada vez más, anuncia y muestra que no hará lo mismo. Está convencido de que sus votantes lo esperan, y el que lo dice más claro, como suele pasar, es el señor Durán.

Jaime Durán Barba es un curioso personaje: sociólogo, ecuatoriano, setentón, hedonista, parlanchín, polémico, lleva casi quince años asesorando a Mauricio Macri, y muchos lo consideran la clave de su ascenso. Tan Jekyll como Hyde, por un lado arma estrategias propagandísticas donde cada palabra está pensada al detalle y, por otro, presume de sinceridad brutal. Hace cuatro años, por ejemplo, el entrevistador de una revista le preguntó por el difunto presidente Chávez y él dijo que era “un retroceso a la época en que los presidentes eran dioses y resulta muy incómodo un presidente así”. “Pero Chávez tuvo un nivel de aprobación altísimo”, le contestó el periodista.

Y Durán Barba retrucó:

-Sí, como Hitler. Tuvo un enorme nivel de aprobación y no significa que fue un gran gobierno. Hitler tuvo una aprobación mayor que la de Chávez, 90 por ciento.

-No son comparables.

-¡No! ¡Hitler era un tipo espectacular! ¡Era muy importante en el mundo!

-¡Pero mató a seis millones de judíos!

-Y este expulsó a la mitad de los judíos de Venezuela. ¡Ojo, ojo!

La semana pasada el hombre que dice lo que otros solo piensan explicó la situación en un programa de radio: “Hemos medido la angustia de la gente frente al delito. Hay mucha gente, sobre todo en los sectores populares, que siente que no puede salir de su casa, que la matan cuando va a comprar algo a la esquina, barrios que están sitiados por los delincuentes”. Durán hablaba de un hecho innegable: en la Argentina, en los últimos 32 años, el delito creció diez veces más que la población; para sorpresa de sus dirigentes, que construyeron un país más desigual y más excluyente creyendo que tendrían sus ventajas, pero no sus peligros.

Durán hablaba, también, de esos sectores -“populares”- a los que su gobierno no parece favorecer, sectores tocados por la crisis económica permanente, sectores que su gobierno debe atender de algún modo. “La gente lo que pide es que se reprima brutalmente a los delincuentes. Yo no estoy de acuerdo, pero hemos hech