
“La cumbia de PK2 siempre trató de mantenerse en la clase media alta”
Wally Zeballos
Hace unos años, mientras exponía una idea de guion, una persona me preguntó: “¿Y para qué público estás pensando esto?” (eufemismo para decir cuál es tu público objetivo), la verdad cada que, cada vez que vuelvo a esa frase no puedo evitar preguntarme: ¿no basta con que alguien pueda verlo? ¿Esta intervención no es un atentado a la libertad artística? ¿todo debe estar normado a partir de un público? ¿Tengo público? (uta notición).
Algo que es cierto es que esa intervención, lejos de ser una pregunta falsa o verdadera responde a una necesidad: yo invierto, pero toda inversión debe tener su rédito. Este hecho potencia algunas artes a nivel prodición y a otras las manda a la (censura) en su capacidad de producir algo más que plata (recordemos que arte no es centralmente plata). En todo caso no está mal la intervención, solo señala una complejidad que nos atraviesa (permitiéndome cierto romanticismo, y miro a las nubes para decir: “es como añadir un infinito pequeño para retozar dentro de un infinito más grande”).
Si lo que piensan es que este texto va a atender ciertas declaraciones de un conocido cantante, pues tienen algo de razón (seguro fue redundante usar ese epígrafe). Pues lo que veo es como el aparato comercial de ventas se pone la pilcha de conciencia de clase a través de temas que están muy en boga, para así ofrecerse como un producto compacto, bailable y con cierta sazón intelectual (nótese que, hasta aquí, salvo por lo bailable, no se mencionó la música). Todo un gesto de una nueva intelectualidad de reproducción de términos (¡arriba las palmas!…¿que suene?…salió el marketing gratuito).
Lo importante de esta polémica en sí nace con una pregunta obvia: ¿la música tiene clases?, lo que remite a ciertos supuestos: “la existencia de una profundidad temática suficiente para pertenecer a una clase (defiendo el derecho de llamar a las Cuatro estaciones de Vivaldi con el apelativo popular de las cumbias de Vivaldi)”. ¿Acaso la clase te da profundidad? ¿Acaso la profundidad te da clase? ¿Ser profundo da clase? Sería ridículo comparar frases como: “Esta jaula nunca estuvo cerrada”, “Nací libre, pero tengo miedo de serlo.” (These Chains, Marillion) con: “Sí, pero no, que no que no, tú dices que me quieres, pero no…” (Sí pero no, PK2). (Ups, ya las comparé…ay tatito)
Y no porque unas suenen elaboradas y otras no, sino porque pienso que la música se afirma desde la emoción y esta no está buscando una pieza tan popular como: An die Freude de Schiller (Oda a la alegría o la cumbia de Beethoven) para dejarse sentir. Sería muy simplón decir que las condiciones socioeconómicas no influyen (¿No parten de ahí las segmentaciones de mercado?)
El hecho es simple: vivir y percibir sin control el sonido es azaroso. Si bien ciertos sonidos nos interpelan más que otros, es una cosa cierta, lo que no quita que toda música lleva dentro de sí la potencia de hacernos pensar y sentir. Eso no elige género ni grupo; o, lo que es lo mismo, nada impide que una persona de clase baja llore con un Pierrot lunaire de Arnold Schoenberg, o que un millonario sufra por recordar un baile con un amor perdido mientras canta en voz alta:
Busco una nueva vida en esta ciudad,
donde todo es dinero y hay maldad.
Con la ayuda de Dios sé que triunfaré,
y junto a ti, mi amor, feliz seré.
(“Soy provinciano”, Chacalón y la Nueva Crema)
Que lo que se haya dicho esté bien o mal, no lo sé; sin embargo, produjo horas de risas en momentos tan complicados como estos, los provocó y gracias por eso. Vuelvo a la pregunta: ¿por qué necesito valer para Ser?












