
Refinería Shahran en Teherán, Irán, atacada por Estados Unidos e Israel | EFE/Abedin Taherkenareh.
De la paz del carbono a la energía del caos ¿acaba de sabotear Trump las infraestructuras fósiles mundiales?
Se suele decir que la historia no se repite. Sin embargo, la guerra en Irán sigue una dinámica geopolítica y económica que recuerda extrañamente a la desencadenada por la invasión de Ucrania en 2022. Desde el cierre de Nord Stream hasta el del estrecho de Ormuz, desde las sanciones impuestas a Rusia hasta la destrucción de las infraestructuras energéticas en Irán y en el Golfo Pérsico, se observa un movimiento de traslación y amplificación de una misma dinámica.
Las energías fósiles, el petróleo y el gas, constituyen el eje estratégico central de un vasto frente en el que están en juego a la vez la hegemonía regional en el este de Europa y en Medio Oriente, la estabilidad económica a corto plazo, las decisiones industriales a mediano plazo y el futuro del clima.
Así surge una pregunta paradójica. En la vorágine de la guerra, ¿podría ser que la revolución electrotécnica de las energías verdes saliera ganadora? ¿Podría ser que, como sugiere Jigar Shah, Donald Trump se convirtiera en el primer presidente estadounidense en demostrar la eficacia de las energías renovables?
La destrucción mutua de las infraestructuras fósiles por parte de los ejércitos estadounidense e iraní en la región del Golfo es sin duda el mayor evento de aniquilación de capital fósil de la historia. Y no es obra de ecoterroristas que hayan leído los escritos de Andreas Malm y su polémico libro: cómo sabotear un oleoducto. Son precisamente los intereses energéticos de dos potencias fósiles los que dan un nuevo impulso a la historia del arma energética en un proceso de escalada sin precedentes en su dimensión, en el que cada bando pone a prueba los límites de su rival.
Desde la crisis de Suez, la creación de la OPEP y las crisis de 1973 y 1979, nos hemos acostumbrado a la idea de que el petróleo no es solo una fuerza de producción, sino también una ventaja estratégica que, históricamente, había sido explotada por los débiles contra los fuertes, y que hoy se convierte en un instrumento de coacción generalizado.
También sabemos que las gigantescas rentas petroleras alimentan formas de poder monstruosas, desde Rusia hasta Libia, desde Venezuela hasta Irán, que estos regímenes eran históricamente el blanco de Estados Unidos y que este último forma ahora parte del mismo club.
La promesa de una estabilidad mundial respaldada por la productividad y la interdependencia energética, la «paz del carbono», se desmorona en un proceso de captura del poder, del futuro y de la seguridad por parte de la oligarquía petrolera. El estancamiento de la intervención militar estadounidense en Irán revela una vez más el increíble poder del petróleo y el gas en un contexto de guerra asimétrica.
Mientras que estos recursos se habían erigido como símbolos de abundancia garantes del crecimiento compartido, se están convirtiendo, de forma cada vez más evidente, en energías del caos, vectores de inseguridad, de intermitencia y de escasez institucionalizada. No es que estos recursos se estén agotando de repente. Pero su dimensión estratégica, sumada a la casualidad de la geografía que convierte este estrecho en un cuello de botella, los convierte paradójicamente en objetivos privilegiados para operaciones destinadas a poner a prueba la economía del enemigo, en una lógica de escalada que se traduce para el resto del mundo en una crisis económica ya estructural. El proceso de destrucción mutua de los activos fósiles por parte de Irán y Estados Unidos revela una vez más el fenómeno geopolítico, económico y ecológico absolutamente central que es la dependencia de los combustibles fósiles.












