
“Mural,” by Jackson Pollock | Fotografía de Andy Rain / EPA / Shutterstock
Muchas veces el arte nos acerca a las formas de ver, nos hace conscientes mostrándonos algo que surge de otra conciencia, mientras lo miramos, oímos, saboreamos u olemos; el arte nos ve y nos deja algo especial para cada uno; el problema surge cuando se estandariza esa interpelación. ¿Somos todos iguales?
Y es sobre esto último de lo que quiero escribir, especialmente en torno a una palabra muy repetida; el autismo o el espectro autista.
Hay momentos en los que creemos entender al otro a partir de modelos generales. Cuando estamos en la calle y escuchamos a un niño gritar, lo primero que hacemos es anular la otredad del niño con un calificativo, “es caprichoso” (con el dedo meñique levantado mientras tomamos una imaginaria taza de té). Como si eso fuera fruto de la generación espontánea. ¿Qué hay detrás de esa careta impuesta por nuestra cabeza?
Así como cuando veo una pintura abstracta me voy al precio para darle un valor y olvido el sentido que busca generar el diálogo que la pintura quiere abrir, así nos suele pasar con personas autistas, somos víctimas de nuestros cerebros simplificando la vida con una etiqueta, misma que es muchísimas veces muy injusta con el fondo de lo que etiquetamos, reducimos a un Jackson Pollock a garabatos de colores muy caros, o la sinestesia en el arte de Kandinsky, pinturas que reducimos a líneas, círculos y colores o a juegos de regla y compás muy costosos, así comprimimos vidas enteras a “es caprichoso”, “está mal educado”, etc. ¿Pero detrás de cada adjetivo no hay algo que no se explica? ¿La vida de cada persona es más grande que una palabra que califica?
¿Estamos criticando o estamos juzgando? Asumamos que crítica es desarmar o tamizar, una acción que está relacionada con el análisis, más que con el vecino chismoso y juicio es evaluar, es emitir una condena que puede ser definitiva. Cuando piensas que Pollock es un garabato caro te das cuenta que has establecido una forma de ver que va a surgir cada que veas uno de sus cuadros, has condenado a Pollock como un garabato caro, cuando el niño autista trata de comunicarse o responde de una forma directa y has dicho es “caprichoso”, ¿no lo has condenado a una etiqueta?
El problema no es juzgar o criticar, el inconveniente es que ambos se toman como cosas separadas y a la ligera. En la calle frente a la escena provocada por el chiquillo que grita porque no sabe cómo decir lo que quiere. ¿Quiénes somos para condenar? ¿Estamos condenando a un niño a ser un garabato caro? ¿Estamos desechando un universo de sentido? ¿Somos automáticos?
Lo cierto es que vivimos rodeados de mundos internos que nos gritan cosas en la cara, por comodidad los reducimos a calificativos, buscamos la injusticia de la comodidad (es caro, no lo han educado), pero olvidamos que el arte al igual que la gente, funciona como si cada uno fuera un mundo misterioso que nos mira, que no espera otra cosa que nos dispongamos para entablar contacto (estamos solos, muy solos para condenarnos, imagina como están ellos). Desechar a un autista por caprichoso es cerrar el vórtice donde el trabajo de Kandinsky y Pollock es perdido como arte y transformado en unos millones… Aquí surge una pregunta importante: Y tú, lector de treinta o cuarenta y tantos o más ¿Sabes si eres autista? ¿Eres un simple garabato caro? Y no lo sé…












