
En América Latina miramos la pantalla como quien calcula la distancia, buscando señales, convencidos de que monitorear la situación es lo mismo que hacer algo al respecto.
El meme “monitorear la situación” describe con exactitud lo que vivimos en estos días. Nos ubica en una sala de crisis, nos da sensación de control, ilusión de participación cívica. Pero nos deja quietos, nada más esperando el misil. Con un costo en salud que las plataformas y medios corporativos se esforzarán en negar.
Un meme recorre las redes. Es el meme de “monitor the situation”. Se mueve de forma discreta, silenciosa, describiendo con precisión la situación de muchas personas. Nació el día que Israel atacó de forma unilateral a Irán el 13 de junio de 2025 con la operación “Rising Lion”.
Pero el meme creció mucho este año. Desde el 3 de enero, para ser más precisos, con el secuestro de Nicolás Maduro. Desde ese día no ha dejado de moverse, de aparecer en todos lados. Reaparece en cada evento trascendente, cambia de forma, se adapta: hay que monitorear los incendios provocados en Argentina y en Chile; las protestas en Irán; los disturbios en las cárceles de Guatemala; las protestas por los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti; las amenazas de Trump a países de América Latina; las elecciones en Japón, Costa Rica, Tailandia, Portugal, Perú y Países Bajos; la Copa Africana de Naciones, los Juegos Olímpicos de Invierno, el mundial de Béisbol; el no tan lento desmantelamiento de la ONU; las nuevas presidencias de Honduras, Chile y Perú; el arresto del príncipe Andrés, los tres millones de documentos de los Archivos Epstein; la detención de El Mencho, la detención/liberación de la hija del Mayo; el bloqueo y los apagones en Cuba, las flotillas de ayuda humanitaria; el ataque a Irán, la invasión a Líbano, el bloqueo al estrecho de Ormuz, la crisis petrolera… las muerte de Willie Colón y de Chuck Norris.
Ah, y también cuenta como monitorear la situación ver todas las películas nominadas al Oscar para tener favoritas en cada categoría antes del día de la premiación.
Es mucho. Es casi imposible darle seguimiento a todo eso. Pero alguien tiene que hacerlo.

—Cariño, ¿realmente necesitas 9 pantallas sólo para “monitorear la situación”?
No es el doomscrolling de la pandemia, ese que nos metía a buscar más y más, que nos arrastraba a la madriguera de la liebre, que nos dejó la costumbre de hacernos expertos en algoloquesea cada semana. Para monitorear la situación no se necesita scrollear, es suficiente con actualizar de vez en vez los monitores: ¿Ya dijo algo Trump en Truth? ¿Ya salió un nuevo clip de Tucker Carlson? ¿Ya hay un nuevo video generado en IA de Netanyahu? ¿Hay alguna breaking new de Aaron Parnas? ¿ya enunció alguna nueva profecía el profesor Jiang? No es lo mismo scrollear que monitorear. Para monitorear la situación hay que saber, hay que tener las fuentes primarias bien identificadas. Las cuentas de TikTok, los canales de Telegram, el grupo de Whatsapp de los corresponsales gringos en Irán y, para distraerse, el canal de YouTube de algún premio nacional de periodismo que seguramente estará hablando de sí mismo.
Monitorear la situación como cuando en Twitter se peleaba a tuitazos por la vida y el futuro. Cuando te llamaba tu madre a desayunar y respondías “Ahora voy, estoy salvando a un compa” y lanzabas una nueva carga de tuits contra el gobierno represor.
Monitorear la situación como si estuvieras en el War Room, supervisando el avance de las tropas, pero tirado en el sillón con el pulgar refrescando el feed. Vibes Checked, Action Postponed, como dicen.
Pero no es lo mismo monitorear la situación desde un chambre de bonne de un edificio Haussmann de París o desde el sótano de tu abuela en Kansas que desde un país de América Latina o del occidente de Asia. Es como esa escena de la película El pianista (que ya parece pesadilla recurrente): un oficial alemán recorre una fila de presos tendidos en el suelo y los ejecuta uno por uno, así como si no hubiera prisa. Los del final de la fila lo ven avanzar, disparo a disparo. No hacen nada, solamente miran, esperan, mientras la distancia entre ellos y el disparo se reduce cuerpo a cuerpo. No sabemos qué esperan. Un arrepentimiento de último momento, una salvación milagrosa… pero igual se quedan ahí, esperando su turno, como si no moverse les fuera a volver invisibles.
No es lo mismo monitorear la situación si tu país ha sido mencionado por el señor de las bombas. Desde el ataque estadounidense a Irán, el noticiero global transmite ininterrumpidamente. Declaraciones, contraataques, amenazas, empresarios tecnológicos alardeando de las herramientas que venden a ejércitos como modernos Obadiah Stane, drones con inteligencia artificial bombardeando dibujos en el suelo, jets indestructibles destruídos, aliados que avanzan, ejes que se desintegran. La fila sigue avanzando. En América Latina miramos la pantalla como quien calcula la distancia, buscando señales, convencidos de que monitorear la situación es lo mismo que hacer algo al respecto.

Hace muchos años, allá por los noventa, Daniel Dayan y Elihu Katz escribieron, muy emocionados y esperanzados en el futuro, el libro “Media Events: The Live Broadcasting of History”. Su tesis era que ciertos eventos transmitidos en vivo funcionan como rituales colectivos, como si todas las personas que lo ven estuvieran en una plaza pública. Congregadas alrededor de una pantalla experimentan algo parecido a la participación cívica, una ekklesia a la que asistimos sin necesidad de escalar el Pnyx. Dayan y Katz veían actos de comunión global en la boda real, el alunizaje, la apertura de los Juegos Olímpicos. No podían saber que el mecanismo funcionaría igual con bombardeos en tiempo real y ejecuciones en lives (por paradójico que suene eso último). Ellos vieron el “media event”, nosotros tenemos el “anti-media event”. Sin ceremonia, con el miedo como motivador de la comunión: nos sentamos alrededor de la pantalla, la vemos juntos aunque estemos solos y salimos convencidos de haber participado en la historia.
No hay esfera pública, don Jürgen, tenemos más voz pero menos conversación. Más alcance y menos encuentro. Las comunidades digitales son archipiélagos donde cada isla grita hacia adentro, convencida de estar dialogando con el mundo. “Monitor the situation” es el archipiélago en su forma más pura. Cada usuario en su isla, los ojos fijos en la pantalla, convencido de que estar informado es lo mismo que estar involucrado. Sabemos el nombre del general que ordenó el ataque, compartimos el hilo de análisis geopolítico de algún experto convencidos de que eso es hacer algo.
Hace unas semanas circuló en Ciudad de México el video de una ejecución del crimen organizado. No era el primer video de ese tipo en México —circulan desde que Felipe Calderón declaró una guerra interna imposible de ganar pero que sigue cobrando víctimas— pero sí era, al parecer, el primero que llegaba a los teléfonos de personas que hasta entonces habían vivido esa violencia como un asunto de otras geografías, de otros Méxicos. Habitantes de Ciudad Capital que de pronto tenían en la palma de la mano lo que Chihuahua, Sinaloa, Tamaulipas, Zacatecas y Veracruz llevan casi dos décadas procesando. Digo que parecía primera vez porque lo compartieron, lo comentaron, lo hicieron viral. Algunos lo hicieron con horror genuino. Otros con morbo apenas disimulado, como si estuvieran ganando algo. Nadie, casi nadie, se preguntó si al compartirlo estaban participando en la violencia que pretendían denunciar. Los videos de bullying escolar que circulaban en los primeros dosmiles registraban la violencia pero también la producían. Los agresores sabían que había una audiencia. Esa audiencia que al consumir el video garantizaba que habría más videos. El espectador, con su view, se hacía parte de la infraestructura, del circuito. Mirar es votar para que siga existiendo. Con las ejecuciones del CO la escala cambia pero no la lógica. Esa misma mecánica opera sobre invasiones, sobre bombardeos, sobre imágenes de fosas y de hospitales destruidos que llegan al feed entre anuncios de tarjetas de crédito y el cumpleaños de un contacto que no recordamos haber agregado.
En 2020, Facebook llegó a un acuerdo legal por 52 millones de dólares. Los demandantes eran sus empleados, los moderadores de contenido, esas personas contratadas para ver durante ocho horas seguidas cada día, videos potencialmente dañinos: ejecuciones, abuso infantil, suicidios filmados, masacres. Su trabajo es decidir qué se queda y qué se borra. El acuerdo reconoció que ese trabajo les había causado trastorno de estrés postraumático (PTSD). Once mil moderadores fueron elegibles para recibir compensación.
Repasemos el punto. Una de las empresas más poderosas del mundo admitió, en términos legales y económicos, que ver contenido violento de manera sostenida causa daño psicológico clínicamente equivalente al trauma. Esos moderadores veían ese contenido como parte de su trabajo. Con contrato, salario, protocolos, relevos, toda la precaución. El daño fue tan grande que ni siquiera los abogados corporativos —esos seres insensibles al sufrimiento humano— lograron refutar. ¿Qué pasa entonces con quienes lo vemos gratis y sin moderación?
La investigación clínica ha planteado la existencia de “trauma vicario”, el desgaste emocional y psicológico que experimentan personas al estar expuestas a relatos, imágenes o consecuencias de traumas vividos por otros. Los síntomas se parecen al PTSD clásico (los mismos de los soldados que vuelven de la guerra: pensamientos intrusivos, hipervigilancia, dificultad para desconectarse, alteración de la visión del mundo) pero se producen sin exposición directa al peligro, nada más con exposición sostenida al sufrimiento ajeno. Existen también estudios sobre periodistas de guerra que han documentando durante varias décadas que la tasa de PTSD a lo largo de la vida en corresponsales de conflicto supera el 28%, cifra muy por encima de la prevalencia mundial del 3.9%.
Otro dato: tras los atentados del Maratón de Boston en 2013, investigadores encontraron que las personas que habían consumido seis o más horas diarias de cobertura mediática del atentado en la semana posterior mostraban niveles de estrés agudo más altos que algunas de las personas que estuvieron presentes físicamente en el lugar. Y les fue peor a quienes siguieron la cobertura por redes sociales.
Llevamos catorce meses viendo, en tiempo real, bombardeos sobre Irán, sobre Gaza, sobre infraestructura civil, sobre hospitales. Catorce meses de clips de drones, de columnas de humo, de listas de bajas, de funcionarios que hablan de objetivos militares como si hablaran del clima en la cadena Fox. Hace unos días estuvo el actor Edward Norton en el late night show de Stephen Colbert. Ahí describió con precisión lo que trato de explicar en este texto:
“La ansiedad de estos tiempos es particularmente intensa para mucha gente ahora. Sabemos que el mundo está hecho un desastre sin precedentes en nuestras vidas. Vivimos inmersos en una avalancha de información increíble. Vemos cómo se transmite en directo un genocidio. Vemos cómo ciudadanos estadounidenses son asesinados por grupos paramilitares en nuestras propias calles por mostrar solidaridad con sus vecinos. […] sabemos que hay algo bueno, que de alguna forma está bien saber exactamente lo que está pasando, saber lo que pasa en Gaza, saber lo que pasa en Ucrania, en Sudán, en Minneapolis, pero al mismo tiempo, es muy difícil saber lo que nosotros, como personas individuales, podemos hacer respecto a todo eso”.

—Papá ¿qué hiciste durante la tercera Guerra Mundial
—Monitoree la situación
—¡Qué crack!
La dinámica de estrés y angustia de las noticias actuales es una incógnita casi imposible de resolver, porque no podemos hacer nada más que seguir viendo, como aquellos prisioneros del gueto de Varsovia. Pero no tenemos, al prender la tele, al abrir el periódico (quien todavía haga eso), al encender las pantallas antes de levantarnos por la mañana, una foto de advertencia con un plátano, como la que tienen los fumadores al abrir su cajetilla. Ninguna etiqueta que advierta sobre el daño psicológico del consumo sostenido. Ningún protocolo de contención para el usuario que lleva tres horas viendo mapas de avance militar antes de dormir. Ninguna baja laboral, ningún terapeuta asignado, ningún reconocimiento institucional de que lo que está ocurriendo en millones de salas y dormitorios y transportes públicos y oficinas tiene un nombre clínico y un costo humano medible. Fumábamos en los hospitales y en los aviones y en las primarias. El daño existía mucho antes del consenso, ese que sólo llegó cuando ya era evidente para todo el mundo. Estamos en ese momento con el consumo de violencia en pantalla. Las plataformas, al igual que las tabacaleras, tienen todos los incentivos del mundo para que el consenso tarde lo más posible.
La respuesta obvia sería desconectarse. Pon el teléfono boca abajo. Cuida tu salud mental. Vete a vivir a una comuna jipi, habla con los venados y hazte uno con la pacha mama. Esa respuesta, además de insuficiente y accesible solamente a unos cuantos, es políticamente conveniente para quienes prefieren que miremos a otro lado. El que mira tiene la posibilidad de actuar, de levantarse, de gritar. Pero estamos ante ese gran problema de que creemos que mirar es suficiente. Monitorear la situación no equivale a entenderla ni a cambiarla. Toda nuestra agencia se limita a evitar el FOMO. Ver todos los noticieros y las mesas de análisis, compartir el hilo, el tiktok, el reel más lúcido de tu timeline no mueve un solo milímetro la trayectoria de los misiles, no cambia una sola decisión en la sala donde se decide quién sigue en la fila.
¿Qué hacemos entonces? Lo primero es reconocer que la exposición sostenida a violencia mediática produce daño psicológico real en personas reales. Lo segundo es que eso no se transforme en vestiduras rasgadas, en ludismo socialmediatico. Ponerse una venda en los ojos jamás detuvo bombas ni disparos. Lo tercero es separar consumo de acción, con toda la claridad posible. Puedes saber todo lo que ocurre en el mundo y no haber hecho nada al respecto. Puedes no saber nada y estar haciendo algo concreto en tu comunidad inmediata. El tiempo en pantalla no mide el compromiso social, sólo mide el tiempo en pantalla.
No basta con monitorear la situación. Hay que intervenir en ella, aunque sea en escalas pequeñas, locales, fragmentarias. En las pantallas y fuera de ellas. No basta con escuchar radio comunitaria. Hay que hacerla, hay que mantenerla, hay que defenderla. Hay que cambiar la situación, como ya lo hacen en las flotillas de ayuda humanitaria, en los mercados solidarios, en los colectivos antifascistas, en las colectas multitudinarias. El riesgo es quedarnos atrapados en la posición de espectadores de una catástrofe inminente.












