
El mercurio de la minería contamina el medio ambiente en las comunidades del Beni, Bolivia | Foto: Mongabay Latam
No es ningún misterio que muchos ríos nadan en mercurio y los poblados adyacentes son víctimas de un cero o un uno (un sí o un no, un ganar dinero o no) a gran escala. La pregunta es demasiado obvia a estas alturas: ¿ganar unos pesos que nos salven de la promesa de ser pobres implica el trámite administrativo de aniquilar pueblos?
En mi anterior artículo sobre “la felicidad” hablaba de cómo somos propensos a funcionar a partir de listas prefabricadas por algún gurú. Esto me lleva a pensar en un tema doble y, más que pensar, a enfrentar una serie de preguntas para las que no tengo respuesta: ¿Estás a favor de la eutanasia?
Mi respuesta es bien simple: “no lo sé”. Cuando pienso en eso, me topo con dos frentes que, si me leen, se verán enfrentados: unos dirán que sí, por razones como: “el sufrimiento del paciente”, “problemas económicos”, “necesidad de espacios en el hospital, etc.”. Cuando pienso en estos argumentos, me topo con un detalle importante, y es que el mismo se remite a lo que podríamos llamar razones administrativas: cuando un empleado no rinde productivamente, se prescinde de su trabajo.
Del otro lado estarán las innumerables voces que dicen: “la vida se respeta”, el clásico “sólo Dios es el autorizado para llamar las almas a su lado”, “no soy capaz de permitir que a mi vegetal se le deje de regar”, etc. Razones que también vienen de una raíz administrativa (administrar una injusta posibilidad binaria con juicios ya hechos), sólo que, para evadir la responsabilidad del sufrimiento, buscan un ente mayor: “la moral”, “Dios”; en todo caso, se pertrechan en el azar. Algo así como que el gran jefe sabe a quién despedir de su trabajo vital.
En ambos casos se puede observar algo: una especie de traslado de culpa a una forma más práctica y, en otros casos, a una forma menos humana; ambas avalan la decisión de acabar con una vida. Por otro lado, está la imagen propia: “mientras más valiente es uno, más está dispuesto a dejar las cosas a una ética superior (lo práctico y lo etéreo)”. Finalmente, en ambos casos hay una suerte de elección a partir de lo que está fuera de uno (una razón o una regla religiosa, incluso ética), como sucedía en el artículo de la felicidad.
Pero aquí me vienen varias preguntas: ¿Hasta qué punto ser humano es resolver problemas administrativos? ¿Hasta qué punto debemos ignorar el dolor del otro para hacer caso a otro mayor? Y la verdad, no tengo respuestas para ninguna.
El otro asunto implica lo que llamamos ecología: no es ningún misterio que muchos ríos nadan en mercurio y los poblados adyacentes son víctimas de un cero o un uno (un sí o un no, un ganar dinero o no) a gran escala. La pregunta es demasiado obvia a estas alturas: ¿ganar unos pesos que nos salven de la promesa de ser pobres implica el trámite administrativo de aniquilar pueblos? ¿Hasta dónde la vida ecológica o la ambición de ganarse la vida son trámites administrativos?
En el caso de la ecología, hablamos de personas que atentan contra los demás bajo el pretexto de seguir vivos (llegar al fin de mes de diciembre con plata); atentar contra los demás se ha vuelto un trámite. Es muy duro ponerse a pensar que lo que sucede hoy en cuestiones ecológicas puede aniquilar a nuestros hijos, ahijados, sobrinos, nietos.
Y es que, con estos problemas, quienes conviven o convivimos con un enfermo terminal sabemos lo duro que es ver que alguien se apague. Ahora imaginemos que quien decide sobre la muerte de un enfermo es uno mismo. ¿Qué harías? ¿Por qué lo harías o no? Ahora imagina que tu capital depende del oro, y el oro depende del mercurio para ser obtenido. ¿Qué harías?
En ambas problemáticas resalta algo muy fuerte que deja pensando. ¿Hasta qué punto una decisión ética es una decisión propia?
Si me preguntan de nuevo: ¿Estás a favor de la eutanasia? ¿Seguiré respondiendo que no lo sé? Porque es cierto: son tantas las variables que he simplificado para exponer mi ignorancia que no puedo decir que sí y tampoco puedo decir que no.
¿Hasta dónde todos los caminos son un trámite administrativo? ¿Hablaste con esa persona? ¿Reíste, lloraste, amaste? Más allá de ser una decisión fuerte, es una buena oportunidad para pensar en las palabras de Sting en la canción “It’s Probably Me”:
Si la noche se volviera fría
y las estrellas miraran desde arriba,
y te abrazaras a ti mismo
sobre el suelo helado,
despiertas en la mañana
con el abrigo de un extraño.
No verías a nadie.
Te preguntas: «¿Quién velaría por mí?».
Mi único amigo, ¿quién podría ser?
Es difícil decirlo,
odio decirlo,
pero probablemente sea yo.
Son preguntas que conviene enfrentar. No creo que sea pecado o pérdida no tener las respuestas, y esa es la respuesta más probable: “NO LO SÉ”. Gracias por leer.












