
Donald Trump en el Trump National Golf Club Bedminster, Nueva Jersey en agosto de 2023. |Timothy A. Clary / AFP
En los tres meses de campaña restantes, los republicanos se juegan sus opciones en 2028. Las promesas incumplidas de la Casa Blanca son el principal obstáculo. Trump, asiduo golfista, no logra expulsar la pelota de las trampas de arena.
La elección intermedia en los Estados Unidos está próxima. A menos de 100 días del Día E (electoral), Trump enfrenta un panorama cuesta arriba en la búsqueda de una remontada. Logró cerrar fuerte a esta altura de su primer mandato, aunque en esta ocasión tiene varios fuegos que no logra sofocar. La aprobación presidencial de 41 puntos porcentuales no es terrible, pero tampoco suficiente para retener ambas cámaras legislativas. Más allá de un improbable impeachment, Trump enfrenta la posibilidad de perder discrecionalidad presupuestal y potencia discursiva. En los tres meses de campaña restantes, los republicanos se juegan sus opciones en 2028. Las promesas incumplidas de la Casa Blanca son el principal obstáculo. Trump, asiduo golfista, no logra expulsar la pelota de las trampas de arena.
En la esfera económica, la llamada “crisis de asequibilidad” opaca los máximos bursátiles que Trump presume, aunque no gotean. En los últimos tres trimestres, el magro crecimiento del PIB de 0.5 por ciento, 2.1 por ciento y 1.5 por ciento defraudó las expectativas. Por su parte, aunque el empleo logró detener las caídas mensuales del 2025, sigue sin retomar el dinamismo visto en el último tramo del gobierno de Biden. Mientras tanto, el repunte de la inflación, que ya supera incluso la tasa registrada en México, confirma los temores de que el choque energético aún no logra disiparse. Todo sumado, los salarios crecen lo suficiente para apenas preservar el poder adquisitivo, golpeado además por la debilidad relativa del dólar y por aranceles que encarecen la importación de bienes.
En el ámbito comercial, la Casa Blanca registra resultados mixtos. En el primer año, los aranceles de Trump fueron más efectivos para frenar las inversiones fuera de Estados Unidos que para cerrar los déficits comerciales. En lo que va del segundo, las exportaciones de Estados Unidos crecieron 15 por ciento, mientras que las importaciones cayeron 5 por ciento para reducir el déficit comercial estadounidense a 405 mil millones de dólares (mmdd) desde 606 mmdd un año antes. A pesar de lo avanzado, el caos persiste con los nuevos aranceles contra los principales 60 socios comerciales. Aunque el ruido alimenta la sed de acción de los republicanos, también recuerda al resto que la tarea está lejos de ser completada y que los daños colaterales—inflación, desempleo—brotan como espinillas al hurgar la piel.
En materia de relaciones internacionales, la mano dura alienó a una minoría republicana antibélica. Sea por la convicción de paz o por la fobia presupuestal, republicanos insatisfechos como el comentarista conservador Tucker Carlson son testimonio vivo de una honda división en la base electoral del 2024. La brutalidad del régimen de Netanyahu contra los palestinos y la incapacidad estadounidense de sofocar a Irán, con las muertes y los costos armamentistas que implica, logró girar las preferencias de millones que hoy repudian la guerra. El presidente condecorado por la FIFA y María Corina Machado como emisario de la paz mostró la sangre en sus manos. Al sumar las agresiones a países como Venezuela o Cuba, Trump erosionó el lema “America First” (primero Estados Unidos). Esas contradicciones irremontables erosionan la credibilidad y desmovilizan antiguos convencidos.
La seguridad y la migración como temáticas imbricadas son el debatible oasis del desierto, aunque palidecen frente a las altas expectativas hinchadas por la retórica incendiaria. Si bien la Casa Blanca puede presumir un descenso en las defunciones causadas por opioides—tendencia originada con Biden—y menores cruces en la frontera, los excesos de ICE en la forma de ejecuciones extrajudiciales y una anormalidad en las muertes por custodia elevan el rechazo de electores predispuestos a la defensa de los derechos humanos y los valores democráticos. En clave economicista, la persecución migratoria disparó el ausentismo y el temor a contratar, a tal punto que Trump fue obligado por efecto búmeran a reactivar el programa de visas temporales en el campo, so pena de perder apoyo de los agricultores y los latinos. Esas tensiones anticipan una victoria pírrica para efectos de la movilización electoral.
Si la desaprobación presidencial deviene en castigo popular para los republicanos, el Congreso pasaría a manos demócratas, con todo y la dispersión táctica e ideológica. En cualquier caso, el aura de “ganador” de Trump sufriría un nuevo revés. Con el presidente en situación de pato rengo (lame duck), sin posibilidades de reelección y con las ambiciones ancladas a la correlación de fuerzas, la Casa Blanca pasaría a la defensiva y enfrentaría constantes distracciones de la oposición y los tribunales. Para Trump, la elección intermedia pone en jaque cualquier legado—ladrón de sueño para todo mandatario—y la posibilidad de un retiro plácido, libre de toda clase de juicios. De momento, las cuentas que entregaría el insider con fachada de outsider harían corto circuito con los días de golf que hoy facilitan escapar a ratos de una realidad política acaso no asfixiante, aunque sí incómoda. El reloj, que inclemente marca las horas, trabaja en favor de los demócratas.












