
Cuba atraviesa una crisis de cortes de energía eléctrica desde la agudización de las sanciones de EEUU. diciembre de 2025 | Reuters
- Siendo un objetivo prioritario de la Casa Blanca en el hemisferio y, en particular, del secretario de Estado Marco Rubio, la isla caribeña se presenta como un comodín al que echar mano en la complicada partida que juegan los republicanos frente al avance demócrata.
- Aun cuando ningún presidente en la historia reciente se ha mostrado favorable a emprender una incursión de este tipo contra Cuba, las capacidades políticas de Marco Rubio y su capacidad para influir e incluso determinar la proyección del mandatario no deben subestimarse, como tampoco el poder del lobby cubanoamericano. Para ambos, una derrota en noviembre podría cerrar la ventana de oportunidad para una intervención.
En noviembre, como suele suceder en el término medio de la presidencia de la nación, el pueblo estadounidense será convocado a las urnas a fin de renovar los 435 escaños de la Cámara de Representantes, así como más de una treintena de los cien que componen al Senado. Por su parte, 34 de los 50 estados elegirán a sus gobernadores para un mandato de cuatro años.
Para las venideras elecciones intermedias, diversas encuestas sitúan al Partido Demócrata como favorito, teniendo la posibilidad de revertir la negativa correlación de fuerzas dentro de ambas cámaras del poder legislativo –que los demócratas han debido de enfrentar desde 2024–. Tales pronósticos se sostienen por los descendentes índices de popularidad de la actual administración presidencial encabezada por Donald Trump.
Empantanados en una guerra errática que ha terminado por afectar los ingresos de las familias estadounidenses, y con una imagen tan desgastada por las cruzadas arancelarias de Trump o las duras escenas de las cacerías migratorias de Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), son pocas las posibilidades de maniobra para el bando republicano.
Cuba en las elecciones de Estados Unidos
Frente a tan complejo escenario electoral, al Partido Republicano y al trumpismo les urgiría una victoria política que permita restañar la fracturada popularidad, y esta, teniendo en cuenta los recientes acontecimientos, difícilmente provenga de un éxito militar en el golfo Pérsico y, mucho menos, de un inmediato control sobre la situación financiera del país.
En este contexto, Cuba pudiera presentarse como la carta de triunfo que intente revertir parte del descrédito de un gabinete cuya agenda –salvo contadas excepciones– ha estado plagada de tropiezos.
Siendo un objetivo prioritario de la Casa Blanca en el hemisferio y, en particular, del secretario de Estado Marco Rubio, la isla caribeña se presenta como un comodín al que echar mano en la complicada partida que juegan los republicanos frente al avance demócrata. En otras palabras: Cuba, en las elecciones de Estados Unidos, ha aparecido como un recurso más de la batalla ideológica.
No en vano la política de asfixia económica que Washington impulsa desde el inicio de la Revolución cubana como castigo colectivo sobre la población se ha venido intensificando en los últimos meses, al punto de ser nulo el margen de maniobra del Gobierno cubano para sortear el régimen punitivo de sanciones. Tampoco sería casual que en las próximas semanas nuevos castigos sean introducidos.
El bloqueo petrolero impuesto desde el 29 de enero, el acoso político contra la exportación de servicios médicos y las sanciones contra las principales empresas y sectores económicos del país han provocado una situación peligrosamente cercana a una crisis humanitaria y un riesgo inminente de colapso económico.
Con ello, la Casa Blanca persigue forzar la caída del Estado cubano, bien mediante una salida negociada, bien a través de un levantamiento popular. El objetivo último es poder presentarse como la única administración capaz de derrotar al último bastión del comunismo en América Latina.
Algo a considerar, igualmente, es la posibilidad latente de algún tipo de acción militar contra el archipiélago. Si bien Estados Unidos afronta una guerra desgastante en Irán y un frente abierto a solo noventa millas de las fronteras nacionales no resulta del todo conveniente, esta opción no puede descartarse del todo.
¿Trump atacará Cuba?
Aun cuando ningún presidente en la historia reciente se ha mostrado favorable a emprender una incursión de este tipo contra Cuba, las capacidades políticas de Marco Rubio y su capacidad para influir e incluso determinar la proyección del mandatario no deben subestimarse, como tampoco el poder del lobby cubanoamericano. Para ambos, una derrota en noviembre podría cerrar la ventana de oportunidad para una intervención.
El ataque militar directo es una opción más entre las herramientas que Estados Unidos contempla emplear contra La Habana. La campaña mediática que, desde el país norteamericano, se ha desarrollado en los últimos meses, así como las presiones diplomáticas, son muestra fehaciente de ello.
El Departamento de Estado ha venido generando una retórica sobre Cuba en la que la isla y su Gobierno representan ya no solo una amenaza para los intereses geopolíticos o la seguridad nacional de Estados Unidos, sino también para el mundo.
Declarada como parte del eje del mal y responsable de desestabilizar social y políticamente al país mediante una red de organizaciones terroristas de izquierda, se ha diseñado la excusa perfecta para intentar revitalizar el clima retórico de la Guerra Fría, en el que la batalla contra el comunismo sirvió de vehículo para la consecución de los intereses del conservadurismo norteamericano, tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales.
Pero la narrativa que serviría para poner a Cuba en el centro de las elecciones de Estados Unidos, asimismo, podría estar dirigida no solo a moldear un estado de opinión favorable a una intervención, sino también a crear una retórica macartista que afecte a los grupos progresistas dentro del ala demócrata o vinculados a esta, que suponen una fuerza pujante y amenazante de cara al futuro.
En este sentido, como antaño, Cuba sería el sambenito a endilgar a cada político progresista, socialista o de izquierdas, como Zohran Mamdani y Alexandria Ocasio-Cortez, a fin de limitar las posibilidades de estos a una escala regional –Ocasio-Cortez se baraja como una opción presidenciable de cara a 2028–.
Al mismo tiempo, serviría como justificante que dote de legitimidad las políticas autoritarias de la Casa Blanca contra movimientos civiles dentro de Estados Unidos, así como sus políticas injerencistas en América Latina.












