Rusia e India en la estrategia de poder regional de China

Eduardo García | Diario Red
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Foto: Sputnik

¿Cómo se mueve China con estos dos grandes actores regionales y globales?

Es indudable que Estados Unidos se halla inmerso en una nueva reformulación imperial. La doctrina del Pivot to Asia, que marcó el rumbo de la política exterior imperialista de Washington entre 2009 y 2025, está abriendo paso a una nueva doctrina: la del repliegue hemisférico. No obstante, erra tozudamente cualquiera que piense que Asia-Pacífico —o el Indo-Pacífico, como prefieren los norteamericanos— no tiene cabida en la política exterior estadounidense de las próximas décadas.

Muy al contrario, Estados Unidos reconoce en su Estrategia de Defensa Nacional la centralidad de la región. De hecho, sigue considerándola (con razón) como la región central en la geopolítica contemporánea y reconoce (también con razón) una evidencia: que el Este de Asia, y muy particularmente el espacio económico, político y geoestratégico desde el estrecho de Malaca hasta Japón —es decir, las costas orientales del Sudeste asiático y de China, la península de Corea, Japón, la isla de Taiwán, los mares Amarillo, de China Oriental y (con especial importancia) el de la China Meridional— es el punto sobre el que pivota el área económica más importante del mundo.

Lo que parece cambiar con Trump no es la centralidad que se le otorga al Asia-Pacífico en tanto región, mucho menos en los diagnósticos de los expertos que definen las prioridades de la política exterior estadounidense. Lo que está cambiando es el abordaje de esta misma realidad: se apuesta por garantizar un acceso a Estados Unidos en esta zona, preferentemente evitando el conflicto, al mismo tiempo que Washington toma control por la fuerza del continente americano precisamente para dotarse de una “espalda” fuerte y poder afrontar los retos imperiales del futuro que, muy a menudo, se darán en esta misma región que Estados Unidos define como Indo-Pacífico.

En cualquier caso, e independientemente de los análisis sobre la posición estadounidense en Asia-Pacífico, lo cierto es que China lleva mucho tiempo percibiendo como amenazante el Pivot to Asia estadounidense. A decir verdad, tanto los precedentes de Washington en el mundo como las propias declaraciones de los sucesivos presidentes y secretarios de Estado estadounidenses dan la razón a Pekín.  Hay numerosos actores que dan forma a la estrategia china en Asia, pero dos de ellos suelen perfilarse de forma muy poco acertada: Rusia e India.

El “amigo” ruso

El caso ruso es enormemente particular. Aunque nunca ha tomado la forma de una alianza como tal, en la práctica la amistad sino-rusa es profunda y, sobre todo, crucial. Para Pekín, mantener a Moscú como un aliado de facto le proporciona lo que se conoce como profundidad estratégica y brinda a la República Popular de China influencia y protección en el entorno euroasiático. Todo ello en un contexto en el que Xi Jinping no ha hecho sino profundizar la apuesta de sus predecesores de reforzar las capacidades del Ejército de Liberación y en el que Estados Unidos ha reforzado su sistema de alianzas en la región —véanse, entre otros, el QUAD y el AUKUS—.

El progresivo aislamiento impuesto por Occidente contra Rusia ha favorecido la profundización de esta relación. De alguna forma, Rusia espera que China respalde —aunque sea por omisión— los intereses estratégicos de Moscú en Europa; Pekín espera que Rusia haga lo propio en el Asia-Pacífico.

Son llamativos varios fenómenos como la cooperación sino-rusa en la estratégica ciudad portuaria de Vladivostok, en el Mar de Japón, los crecientes lazos de China con repúblicas ex soviéticas de Asia Central o la aceptación de Moscú de un papel relativamente subordinado (que no súbdito) a China tanto en la Organización de Cooperación de Shanghai como en BRICS. Rusia entiende la dimensión sistémica del crecimiento de China y acepta tácticamente el papel de Pekín en el mundo.

Atrás parecen quedar los tiempos en los que las disputas fronterizas entre China y Rusia constituían verdaderamente un escollo en las relaciones entre ambas. Probablemente ha sido el “desempate” natural de las fuerzas con el paso del tiempo en favor del Pekín del Partido Comunista en contraste con el estancamiento del Moscú post-socialista el que ha decantado la balanza. Mientras China es la única gran potencia que constituye un reto integral para el imperialismo estadounidense —y empuja, cada vez en mayor medida, hacia el establecimiento de algo parecido a un orden bipolar—, Rusia conserva poder de presión en un único campo: la fuerza militar.

Así, el enfoque chino hacia Rusia es paradigmático. De la misma forma que Moscú constituye, de alguna forma, una ambigua profundidad estratégica para Pekín en la arena internacional, otros de sus “amigos” —puesto que China prefiere omitir las alianzas bilaterales formales— hacen lo propio. Corea del Norte, con quien Pekín siempre ha guardado una distancia notable, en la práctica contribuye casi sin querer a la disuasión china frente a Washington. Irán y Pakistán también… algo reseñable considerando que Islamabad tiene armas nucleares y brinda a China acceso al muy estratégico puerto de Gwadar, en el océano Índico.

El multialineamiento indio

En los últimos meses, el gobierno supremacista hindú de Narendra Modi en la India ha firmado acuerdos estratégicos —tanto económicos como de asociación bilateral— con actores como la Unión Europea o Filipinas. Estos acuerdos, junto al resto de los que se han firmado durante la era Modi, son parte de su estrategia de multialineamiento para la India.

En el caso de China, tras las disputas fronterizas entre ambos en el año 2020, en Nueva Delhi tomaron buena nota de los riesgos asociados a llevarse mal con Pekín. Evidentemente, si las tensiones bilaterales condujeran a algún tipo de conflagración bélica directa, sería Estados Unidos, en primer lugar, y Pakistán, en segundo, quienes más interés tendrían en una cronificación del conflicto que pudiera desgastar tanto a las fuerzas armadas de ambos Estados como a su población.

Al mismo tiempo, tanto India como China son dos actores económicamente decisivos el uno para el otro. Pekín mira al sur y encuentra un mercado descomunal para colocar sus productos; Nueva Delhi mira al norte y ve un suministrador de insumos sin los que algunos sectores de su economía no podrían funcionar.

Modi se ha acercado a China, ha comprado petróleo ruso, ha firmado un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea e incluso ha delineado un verdadero eje Tokio-Nueva Delhi. Forma parte del Cuadrilátero de Seguridad en el Indopacífico (QUAD) junto a Estados Unidos, Australia y Japón, participa en la Organización de Cooperación de Shanghai y es la “I” de BRICS.

A China le preocupa la afinidad estratégica entre Estados Unidos e India; a India le preocupa la alianza de facto entre China y Pakistán. A este peculiar ajedrez juegan las autoridades de los dos países más poblados del mundo, consciente uno de que está llamado a ser la potencia hegemónica del Índico y la otra a serlo en el Asia-Pacífico y, quién sabe, tal vez en todo el mundo.

Esta dinámica no tiene por qué tranquilizar a China, aunque establece una suerte de equilibrio tenso permanente que puede “ir tirando” siempre y cuando India siga considerando más favorable dejarse querer por el resto de los actores en lugar de alinearse con Estados Unidos. En este sentido, las relaciones entre ambos están marcadas no solo por el peso demográfico y económico que, evidentemente, comparten, sino también por sus históricos conflictos fronterizos que, al menos en la actualidad, ambos convienen en dejar aparcados.

Es difícil pensar que China pueda en algún momento conseguir que India acepte ser su “hermano pequeño”. Muy por el contrario, algo que probablemente refuerce que ambos Estados se respeten y convengan actuar permanentemente como dique de contención regional son las palancas que ambos tienen en relación al otro: Pakistán, por un lado, y el QUAD, por el otro.


"La realidad no ha desaparecido, se ha convertido en un reflejo"

Jianwei Xun
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