El peronismo vuelve
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Octubre 2019
Fotografia: Ronaldo Schemidt/Agence France-Presse ‚ÄĒ Getty Images

Alberto Fernández recibirá un país con pobreza e inflación en auge y a punto de quebrar. Para evitar las convulsiones que han sacudido a la región, debe apelar a la esencia peronista: incluir más allá de cualquier lógica aparente.

Un hombre frente al espejo, esta ma√Īana. El hombre se mira la cara; los hombres mayores tratan de no mirarse mucho, esquivar los estragos del tiempo en sus caras. El hombre mira, sin embargo, hoy -hay algo extra√Īo-, por m√°s tiempo esa cara que ya no es su cara: que se ha reproducido en miles de afiches, millones de boletas; el hombre mira la cara que en unos d√≠as va a estar en miles de retratos en miles de oficinas, cuarteles, hospitales. El hombre, en unos d√≠as, va a ser el presidente de un pa√≠s.

El hombre lo cree y no lo cree. Hace unos meses era un pol√≠tico semirretirado que pocos recordaban; no hay muchos casos de aparici√≥n tan s√ļbita, tan inesperada. El hombre va a mandar un pa√≠s. El pa√≠s est√° en crisis; el hombre debe estar lleno de s√≠, lleno de ideas, lleno de temores. El hombre, un suponer, est√° apurado: en un rato debe ir a ver al presidente y, poco despu√©s, van a abrir los mercados.

"Los mercados" es el eufemismo que se usa en la Argentina para nombrar a la Bolsa, los bancos y los grandes cambistas que rigen, a golpes de maniobras financieras, la vida del país, las vidas de sus ciudadanos. Anoche mismo, tras los primeros resultados, el gobierno liberal anunció que nadie podría comprar legalmente más de 200 dólares por mes -la medida menos liberal-, pero nunca se sabe.

Anoche el hombre, Alberto √Āngel Fern√°ndez, un abogado porte√Īo de 60 a√Īos atildado y sonriente, recibi√≥ los votos de m√°s de 12 millones de compatriotas -el 48 por ciento-, que hicieron innecesaria la segunda vuelta. El m√©rito no fue completamente suyo: tras cuatro a√Īos de gestion err√°tica, que terminar√° el a√Īo ara√Īando el 60 por ciento de inflaci√≥n y el 40 por ciento de pobreza, el rechazo del presidente Mauricio Macri, su adversario, fue una raz√≥n de peso.

Y, sin embargo, su resultado fue menor que lo esperado: cuando los pron√≥sticos auguraban 15 o 20 puntos de diferencia, fueron menos de ocho. En los √ļltimos d√≠as, el miedo u odio al peronismo, la reivindicaci√≥n del orden institucional y el recuerdo de las corruptelas le permiti√≥ al macrismo repuntar y perder casi digno.

Y aguarle la fiesta a su adversario: Fern√°ndez se imaginaba triunfador en todo el pa√≠s, una fuerza de unificaci√≥n avasallante, pero los resultados de la elecci√≥n no acompa√Īaron esa idea. Macri, pese a todo, le gan√≥ en los cinco distritos m√°s ricos: la Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, C√≥rdoba, Mendoza y Entre R√≠os. La divisi√≥n sigue firme: los resultados son un mapa de las clases sociales argentinas, provincias pobres peronistas, liberales las acomodadas.

Es cierto, adem√°s, que la derrota de Macri sigue el modelo latinoamericano actual: muy pocos l√≠deres, estos √ļltimos a√Īos, lograron reelegirse. Los partidos gobernantes pierden elecciones porque millones de ciudadanos est√°n insatisfechos y, sin muchas m√°s opciones, caen en el ida y vuelta: votan a un partido, no funciona, votan a su rival, tampoco, votan de nuevo al primero, menos todav√≠a. Hasta que, a veces, salen a la calle: estos d√≠as en Chile, por ejemplo, el proyecto del presidente Sebasti√°n Pi√Īera -la "versi√≥n exitosa de Macri"- se derrumbaba en calles y avenidas.

As√≠ que ahora en la Argentina la opci√≥n kirchnerista, que hace cuatro a√Īos parec√≠a acabada, ha vuelto con renovados br√≠os. O quiz√° no. No se sabe, y es la gran intriga.

Porque el prepresidente Alberto Fern√°ndez bas√≥ su campa√Īa, breve y terminante, en convencer a millones de que lo que volv√≠a no era el kirchnerismo sino el peronismo.

Son cosas muy distintas. El kirchnerismo es una forma política que se fue aislando cada vez más: se quedó con los incondicionales y fue excluyendo a todo el resto. El peronismo es, en principio, lo contrario: el arte de incluir más allá de cualquier lógica aparente.

El peronismo -que siempre derrota a los que intentan definirlo- es una m√°quina de concentraci√≥n y conservaci√≥n del poder que lleva 75 a√Īos dominando la escena pol√≠tica argentina; su met√°fora b√°sica es la bolsa de gatos. Ya lo dec√≠a su fundador, el general Per√≥n: "Los peronistas somos como los gatos. Cuando nos oyen gritar creen que nos estamos peleando, pero en realidad nos estamos reproduciendo".

Su gran arte consiste en mantener a los gatos en la bolsa. La potencia peronista siempre estuvo en la coexistencia inverosímil de todo tipo de variantes; el kirchnerismo no lo supo entender y por eso -y por sus descuidos con el dinero ajeno- perdió dos o tres elecciones seguidas y estuvo a punto de desaparecer. Macri, con su incompetencia y su maquiavelismo de moqueta, le hizo el favor de mantenerlo a flote, pero fue el peronismo "albertista" el que le dio la posibilidad de volver al poder con su silogismo ya casi famoso: "Sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza". La frase sintetizaba dos hechos concurrentes: que la expresidenta retenía 30 o 35 por ciento de los votos, que la otra mitad de los votantes jamás la elegiría.

Alberto Fern√°ndez es un hombre que, a lo largo de su vida, cambi√≥ muchas veces de ideas; hace tiempo encontr√≥ por fin este lugar donde casi cualquier idea puede encontrar el suyo. Y ha dedicado su campa√Īa a tratar de convencer a cuantos m√°s mejor de que est√° con ellos, prometerles lo que quieren o√≠r: que √©l es uno de ellos, aunque tambi√©n tiene que hablar con todos los dem√°s para que sus proyectos salgan adelante.

Fern√°ndez sabe hacerlo y lo ha hecho en estos d√≠as con banqueros, sindicalistas, empresarios, luchadores sociales, terratenientes, obispos, cultureros varios. Pero es cierto que en campa√Īa es -relativamente- f√°cil; la cosa se complica cuando el prometedor tiene que gobernar. Entonces debe tomar medidas efectivas y esas medidas favorecen a algunos, perjudican a otros. Por eso, por si acaso, Fern√°ndez insiste en que quiere empezar su gobierno con una especie de gran acuerdo nacional: todav√≠a nadie sabe en qu√© consistir√≠a, aunque se habla de precios y salarios y potenciar el papel del Estado y mejorar la situaci√≥n de los m√°s pobres. Pero es cierto que no ofrece nada muy estent√≥reo: ni el vamos por todo de Cristina ni la felicidad jajaj√° de Macri. Sus propuestas intentan ser m√°s o menos razonables, mesuradas; hay quienes se lo critican. Pero, frente a la griter√≠a reciente, eso sedujo o tranquiliz√≥ a muchos. Mientras tanto, su proyecto econ√≥mico no est√° nada claro -y, adem√°s, en la Argentina los proyectos econ√≥micos duran meses, semanas, hasta que la siguiente sacudida obliga a buscar otro-.

El hombre, en su camino hacia la Casa Rosada donde lo espera el presidente, recibe los primeros datos: el d√≥lar no se dispar√≥ y, siguiendo la tendencia de los √ļltimos d√≠as, la bolsa resiste.

Parece que, por el momento, los capitales lo apoyan, le confían -o que ya habían descontado su triunfo-. No sabe cuánto puede durar; nadie lo sabe. Mientras, el hombre se maravilla de cómo ha cambiado su destino: ahora, pase lo que pase, estará en los manuales de historia. Hace unos días decía que su aspiración era modesta: "Devolver la Argentina a la normalidad, terminar con el ciclo de crisis tras crisis". Parece poco y no hay nada, en verdad, más ambicioso: muchos ya fracasaron intentándolo.

Esta ma√Īana, en cualquier caso, empiezan sus mejores d√≠as, sus peores. En este mes y medio de poder sin gobierno que le queda hasta la asunci√≥n podr√° armar pactos, repartir promesas, conceder mercedes sin tener que confirmarlos en los hechos; mientras tanto, el que pronto ser√° su gran opositor seguir√° en el gobierno sin poder, capeando crisis, dividido entre su deber de sostener el pa√≠s y su tentaci√≥n de complicarle las cosas al enemigo que acaba de vencerlo. Para volver, eventualmente, Mauricio Macri depende de algo que, en la Argentina, siempre fue una buena apuesta: que al siguiente tambi√©n le vaya mal. O sea: que al pa√≠s le vaya mal. Es su √ļnica opci√≥n.

Antes, el 10 de diciembre, el hombre recibirá un bastón de mando, un sillón, vivas y vítores y abrazos y un país siempre a punto de quebrar. Entonces tendrá dos problemas principales. Deberá, para empezar, consolidar su poder dentro del peronismo: gobernadores, jefes sindicales, sectores económicos, caciques varios. Es fácil, en principio, para un presidente, que maneja la mayoría de los botones; parece más difícil cuando se recuerda que quien lo nombró fue su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Para que el hombre consiga gobernar, el peronismo debe terminar de imponerse al kirchnerismo, su idea incluyente a la práctica excluyente de su vice, la componenda a la pelea.

El hombre, ahora, no quiere pelea; los argentinos, ahora, se diría, no la quieren. Para evitarla, el hombre debe mantener a todos los gatos satisfechos en la bolsa; en cuanto vacile, en cuanto falle, ese reino de taifas ambiciosas que es el peronismo respetará sus tradiciones y se alzará en su contra.

Quiz√° pueda evitarlo, pero no ser√° f√°cil. Si lo logra, solo le quedar√° el otro problemita: la Argentina.

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