La doble moral de nuestros gobiernos
Por: Diego Fonseca / The New York Times
Septiembre 2020

Si eres de Latinoamérica quizás reconozcas una serie de dobles estándares de tu gobierno, por ejemplo: se persiguen actos de corrupción del pasado pero se justifican los de sus aliados.

 

La explicación fue excusa. Un medio publicó unos videos de Pío López Obrador, hermano del presidente de México, recibiendo dinero en efectivo de un operador político. Todos esperamos los pasos siguientes: escándalo, mea culpa, renuncias, investigaciones. Por ahora, no pasó nada.

P√≠o no se excus√≥ ni p√≠o y Andr√©s Manuel L√≥pez Obrador puso pa√Īos fr√≠os con velocidad de apagaincendios entrenado: que el dinero era menos que en sonados casos de corrupci√≥n -como si los principios se midieran por cantidad de billetes- y que las bolsas de papel con dinero en efectivo no eran lo que todos cre√≠an que eran sino contribuciones populares para financiar a su movimiento. "La Revoluci√≥n mexicana se financi√≥ con la cooperaci√≥n del pueblo", compar√≥.

El gobierno de AMLO cre√≥ un escudo de excusas para el extra√Īo comportamiento de su hermano. En sus Ma√Īaneras, el presidente de M√©xico ha mencionado sin cesar un video con maletas de dinero sucio como ejemplo de la corrupci√≥n "del pasado". Ahora, dijo que la difusi√≥n de las im√°genes de su hermano era una reacci√≥n de sus opositores por las investigaciones de la justicia sobre exfuncionarios del gobierno de su predecesor, Enrique Pe√Īa Nieto. Como si asumiera que la pol√≠tica constituye un intercambio p√ļblico de prontuarios para ver qui√©n m√°s sucio.

Los videos no tienen estatuto jurídico, pero sí ético y político: la doble moral es el trago de la casa. AMLO ha optado por establecer que la opacidad ajena siempre es corrupción, pero la propia solo puede ser financiamiento legítimo. No parece entender que llegó al gobierno con la bandera de la transparencia y la honestidad mientras dinero aparentemente no auditado engrasaba los mecanismos de su partido. Eligió poner en la balanza un argumento de pesos -nuestras bolsas de pan con cash, sus maletas de dinero electoral- cuando era de esencias: opacidad es opacidad, no importa si es tuya o mía.

Tras la difusi√≥n de los videos de P√≠o L√≥pez Obrador, el gobierno de M√©xico trat√≥ zanjar el asunto como suele hacer, con una declaraci√≥n definitiva. Por un lado, en su segundo informe de gobierno -su balance de dos a√Īos de gesti√≥n- AMLO asegur√≥ que la corrupci√≥n acab√≥ con la Cuarta Transformaci√≥n; todo lo malo es hijo del pasado. "Este gobierno no ser√° recordado por corrupto", dijo. "Nuestro principal legado ser√° purificar la vida p√ļblica de M√©xico y estamos avanzando". Por el otro, dio un paso propio de las revanchas autocr√°ticas: inculp√≥ a diversas organizaciones period√≠sticas de recibir financiamiento internacional para investigar proyectos de su gobierno con fines cr√≠ticos.

En corto: defiendo a los míos porque son menos malos que los demás y estigmatizo a quienes me cuestionan como enemigos de la causa. Otra vez, doble moral.

Construir listas negras y sembrar descr√©dito en los que piensan distinto y hacen su trabajo de contralor es una carta regular de proyectos autoritarios, incluso elegidos por el voto. La ultraderecha como la izquierda m√°s insustancial crean enemigos y alimentan conspiraciones mientras justifican los malos pasos de sus propios miembros, de P√≠o a Manuel Bartlett, funcionario de AMLO a quien investigaciones period√≠sticas han se√Īalado de posibles casos de corrupci√≥n. Ninguno fue mencionado en el informe presidencial.

El doble discurso es particularmente severo cuando sus promotores se presentan como salvadores morales.

Hay un subtexto interesante entre los dirigentes que se dicen progresistas y se aprovechan de su paso por el Estado diciendo que sus malos actos no son corrupci√≥n, malversaci√≥n o mala gesti√≥n sino justicia revolucionaria. Como si el af√°n redistributivo incluyese llenar los bolsillos de la militancia por los servicios prestados. Todos tienen un relato redentor cuando sus actos en la funci√≥n p√ļblica presentan resultados que da√Īan a los menos privilegiados. Robar para la causa -as√≠ sea dinero p√ļblico- es leg√≠timo.

Un periodista argentino, kirchnerista él, llegó a justificar ese tipo de corrupción como un movimiento de equilibrio político: los partidos progresistas, decía su tesis, arrancan tan atrás en términos de financiamiento respecto de las organizaciones conservadoras que deben aceptar fondos de todo tipo para equiparar las posibilidades de batalla contra los partidos del establishment y hacer visible la verdad revelada de las masas.

La doble moral de los cruzados es peor que la baja moral de los corruptos porque se presentan como probos. La nueva pol√≠tica que acabar√° con las castas aprovechadoras. Sus malos actos, por lo tanto, frustran una de las √ļltimas esperanzas de sociedades olvidadas. No tienen margen: si se suponen salvadores, deben ser mejores. Deben ser escrutados en profundidad y sujetos a est√°ndares mayores porque ellos solos elevaron la barrera. Los dem√°s pod√≠an pretender ser honestos; ellos no tienen m√°s opci√≥n que serlo. Sin embargo, no toleran que les se√Īalen su falta de integridad.

Si usted es latinoamericano, cuanto digo no le resultar√° extra√Īo. He aqu√≠ una lista del doble est√°ndar donde, probablemente, hallar√°s a tu gobierno: agravian a organizaciones que reciben financiamiento legal, pero defienden recibir dinero en efectivo en reuniones mal iluminadas. Postulan la democracia plebiscitaria, pero quien decide es el l√≠der. Se asumen abanderados del progresismo y sus naciones retroceden. Hablan de justicia, cooptan jueces. Prometen pa√≠ses de mayor√≠as inclusivas y ensanchan la pobreza. Levantan la bandera de la transformaci√≥n: dejan detr√°s un desastre que obligar√° a mayores esfuerzos para regresar al punto de partida. ¬ŅIgualitarios? Excluyentes. ¬ŅInteresados en defender a los pobres? Solo mientras obedezcan a su clientelismo.

Tampoco suelen ser los luchadores contra los oligopolios y las élites que suponemos: su plan a menudo es reemplazar un bloque hegemónico con un nuevo, pero suyo. Consideren este comportamiento como una concepción de la política que supone la captura del Estado como una eterna batalla de facciones entre probos y malos, y deja a los ciudadanos como espectadores.

Un modo perverso de hacer política: no defienden a las mayorías; apenas justifican el asalto al Estado burgués. Los líderes creerán que, para conseguir resultados transformadores, pueden doblar algunas leyes y pasar por alto varias normas. Y como ellos salvarán a los excluidos, ese fin justifica cualquier medio. Se llame Cuarta Transformación, kirchnerismo, uribismo o chavismo.

Es un problema doble, porque si se√Īalamos sus errores, no hay tolerancia. No son m√°s papistas que un papa: son una nueva Inquisici√≥n de moral flexible para los suyos y ferrosa para el resto.

 

Diego Fonseca es colaborador regular de The New York Times y director del Institute for Socratic Dialogue de Barcelona. Voyeur, su nuevo libro de perfiles, se publicar√° pronto en Espa√Īa.

 

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