La paradoja de Bolsonaro y Trump
Por: Jason Stanley y Federico Finchelstein / The New York Times
Junio 2020
Fotografia: Doug Mills/The New York Times

Los presidentes de Brasil y Estados Unidos están desacreditando a las instituciones estatales que ellos mismos lideran. Parece una contradicción, pero si revisamos la historia del fascismo encontraremos claves y antecedentes.

Asistimos a una suerte de paradoja central en la política. Líderes autoritarios como Jair Bolsonaro y Donald Trump han contribuido a desacreditar a las instituciones del gobierno que ellos mismos encabezan. Bolsonaro -el presidente de Brasil, a quien se le ha llamado el "Trump de los trópicos"- ha mostrado preocupantes tendencias dictatoriales y, en cierta medida, fascistas. Y, al igual que el presidente de Estados Unidos, denuncia frente a sus seguidores a los órganos del Estado que lidera.

La paradoja se profundiza cuando se recuerda que ambos líderes se postularon a la presidencia de sus países con una plataforma de ley y orden. A pesar de promocionarse como agentes de la ley, ahora que son presidentes, piden abiertamente una especie de revuelta contra las instituciones que la mantienen y regulan, de tribunales a funcionarios independientes de justicia.

Solo en las √ļltimas semanas, Bolsonaro despidi√≥ al director de la polic√≠a federal brasile√Īa, Mauricio Valeixo, y Trump despidi√≥ a cinco funcionarios encargados de vigilar y resguardar el Estado de derecho al interior de su gobierno.

Pero hay implicaciones m√°s graves en ambos casos. Despu√©s del asesinato de George Floyd a manos de un polic√≠a en Minneapolis, Trump ha amenazado con reprimir a los manifestantes e incluso Twitter despleg√≥ una advertencia en uno de los mensajes del presidente estadounidense por "glorificar la violencia". Tambi√©n Bolsonaro ha alentado la violencia. En una ocasi√≥n, durante la campa√Īa presidencial, le sugiri√≥ a sus seguidores disparar contra sus adversarios.

En lugar de promover la "ley y el orden", este tipo de líderes parecen querer transformar el sistema judicial en algo más parecido a una organización mafiosa, entidades que sean leales a ellos. Pero en lugar de brindar la estabilidad prometida, desestabilizan. Son, en pocas palabras, agentes del desorden.

Parece una iron√≠a, entonces, que Bolsonaro haya usado como s√≠mbolo de su movimiento a la bandera brasile√Īa: al centro de la insignia del pa√≠s est√° inscrito el lema "orden y progreso".

En este contexto, la historia del fascismo puede brindar analog√≠as √ļtiles para este momento. Y tambi√©n nos permite establecer distinciones importantes.

Hoy Brasil es una democracia gobernada por un autócrata. La pregunta clave es si Bolsonaro ha alcanzado la fase de movimiento fascista, promoviendo el desorden con el objetivo de imponer el orden dictatorial. Elegido democráticamente, el líder populista de extrema derecha parece jugar a iniciar una guerra civil que convertiría a Brasil en un Estado fuerte y violento. Todo indica que, preocupado por una investigación judicial abierta sobre posibles actividades criminales de su círculo íntimo -que incluye la difusión de noticias falsas-, Bolsonaro pretende que sus seguidores promuevan esta violencia y protesten contra la separación de poderes.

En este punto, el caudillo brasile√Īo se acerca a los l√≠deres fascistas que crearon la fantas√≠a de que la violencia reinaba en las calles y, con esa excusa, impulsaron la formaci√≥n de milicias fascistas que promov√≠an la mano dura. En otras palabras, establecieron una profec√≠a autocumplida: quienes promovieron el caos y la muerte fueron los que prometieron resolver el problema.

La creación de grupos milicianos se produjo tanto en la Italia de Mussolini como en la Alemania de Hitler antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. En el caso alemán, las camisas pardas y las SS eran civiles armados dentro del partido que luego se incorporaron al Estado.

La formación de grupos paramilitares en las dictaduras es bastante usual, pero el elemento definitivo que acerca a Bolsonaro al fascismo es la defensa de la violencia como un fin en sí mismo. Antes de llegar a la presidencia, Bolsonaro aseguró que el voto no era suficiente para cambiar las cosas y que era necesaria una guerra civil en la que murieran miles de personas.

Algunos de los peores dictadores de la historia llegaron al poder a trav√©s de v√≠as electorales y legales. Una vez en el cargo, transformaron las instituciones del Estado en organizaciones leales y, cuando enfrentaron obst√°culos, utilizaron la violencia con impunidad. La amenaza de violencia de las milicias armadas o grupos paramilitares de civiles contra las instituciones estatales es a menudo fundamental para el proceso mediante el cual los dictadores se adue√Īan de las instituciones que hicieron posible que llegaran al poder.

La ret√≥rica de Bolsonaro parece inspirada en los reg√≠menes totalitarios de Italia y Alemania, pero tambi√©n incorpora otros elementos m√°s recientes de l√≠deres autoritarios. Es el caso del presidente venezolano Nicol√°s Maduro -quien en alg√ļn momento orden√≥ militarizar a un mill√≥n y medio de civiles para enfrentar una supuesta invasi√≥n estadounidense-. Tambi√©n parece inspirarse en las posturas a favor de las armas de Trump, quien, seg√ļn algunos expertos, incit√≥ a un grupo de hombres que llevaron armas al Capitolio de M√≠chigan para pedir la "liberaci√≥n" de su estado. Argumentar que la libertad se defiende con la violencia ciudadana es grave durante la pandemia porque se corre el riesgo de equiparar la libertad de tr√°nsito con el leg√≠timo anhelo de una reapertura econ√≥mica. Esa ecuaci√≥n podr√≠a conducir a un resultado catastr√≥fico: m√°s violencia y descontrol y m√°s muertes ocasionadas por la COVID-19.

Es importante distinguir entre las distintas fases en la historia de los diferentes movimientos políticos y sociales. Debemos diferenciar entre el momento en que buscan llegar al poder y cuándo estos movimientos finalmente están en el poder.

El fascismo siempre constituye una amenaza. En el presente, esta amenaza es la del fascismo en su fase de movimiento. En esta fase, los fascistas socavan a las instituciones democr√°ticas desde adentro y lo hacen hasta que estas capitulan. Si lo que vemos en Brasil es el fascismo en su fase de movimiento, entonces las aparentes paradojas que enfrentamos pueden ser explicadas. Brasil representa una se√Īal de advertencia para el mundo, y en particular para Estados Unidos en la era de Trump.

Proteger la democracia requiere la dedicaci√≥n de los periodistas para investigar y revelar los abusos de poder. De este modo, el disgusto de los ciudadanos puede canalizar este conocimiento a trav√©s de reclamos concretos. Tambi√©n requiere aliados entre los conservadores de partidos aliados al poder, pol√≠ticos que sean capaces de poner su lealtad en la democracia multipartidista por encima del poder. Por √ļltimo, se requiere que la polic√≠a y las fuerzas armadas se pongan del lado de la Constituci√≥n. Cuando en el pasado ninguna de estas condiciones sucedi√≥, el fascismo termin√≥ triunfando.

 

Jason Stanley es profesor de Filosofía en la Universidad de Yale. Su libro más reciente es Facha.

Federico Finchelstein es historiador y profesor de la New School for Social Research. Su libro m√°s reciente es A Brief History of Fascist Lies.

 

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