Temo que las muertes en El Paso no cambien nada
Por: Jorge Ramos /The New York Times
Agosto 2019
Fotografia: Mario Tama/Getty Images

"No s√© por qu√© le quit√≥ la vida a mi ni√Īo de 15 a√Īos", me dijo entre sollozos Dora Lizarde, la abuela de Javier Rodr√≠guez, la v√≠ctima m√°s joven de la masacre en esta ciudad fronteriza y quien muri√≥ de un tiro en la cabeza. "Ten√≠a mucho tiempo para vivir, no s√© por qu√© se lo llev√≥. No lo voy a ver jam√°s. No lo entiendo, si √©l tambi√©n est√° joven".

S√≠, Patrick Crusius, de 21 a√Īos de edad , es joven y fue acusado de asesinar a veintid√≥s personas el pasado 3 de agosto. Diecinueve de los veintid√≥s muertos tienen apellidos hispanos. Se trata, por lo tanto, del peor ataque dirigido espec√≠ficamente contra latinos en la historia moderna de Estados Unidos. El gobierno de M√©xico lo ha calificado como un "acto terrorista" (ya que entre los muertos hay ocho ciudadanos mexicanos). Y es, tambi√©n, un crimen de odio.

La matanza de latinos en El Paso, Texas, es la expresión de rechazo más brutal y violenta frente a un futuro estadounidense dominado por minorías. Es lo que pasa cuando el odio racial se promueve desde arriba hacia abajo en un país donde hay más armas que personas.

Minutos antes de irrumpir en Walmart, seg√ļn las autoridades, Crusius public√≥ en l√≠nea un "manifiesto" en el que justificaba su acci√≥n. Escribi√≥ que el ataque era en respuesta a la "invasi√≥n hispana de Texas". Al leer el documento de 2300 palabras, un p√°rrafo me salt√≥. Dec√≠a: "No tiene ning√ļn sentido permitir que inmigrantes ilegales o legales inunden Estados Unidos, ni permitir que se queden decenas de millones que ya est√°n aqu√≠". Esas palabras podr√≠an perfectamente escucharse en un discurso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de miembros de su gabinete o de algunos pol√≠ticos de la derecha.

El problema es este: las palabras de Trump y las de Crusius se confunden. Cuando ambos hablan de "invasión" y exponen su visión negativa sobre los inmigrantes, es difícil saber de qué boca están saliendo.

Estados Unidos tiene un presidente que al menos dos candidatos presidenciales -Elizabeth Warren y Beto O'Rourke- han calificado como "nacionalista blanco". Trump, obviamente, no lo ve así. "Soy la persona menos racista que hayas conocido", dijo en una ocasión. Pero yo recuerdo perfectamente cuando dijo que los inmigrantes mexicanos -y yo soy un inmigrante mexicano- éramos criminales y violadores.

Esos son comentarios racistas, vienen del hombre m√°s poderoso del mundo y no debe sorprendernos que otros los repitan.

El excongresista y aspirante presidencial Beto O'Rourke me dijo en una entrevista que él está convencido de la influencia del presidente Trump en la masacre de El Paso. En un mensaje de Twitter, dirigido a Trump, O'Rourke escribió: "Veintidós personas de mi comunidad están muertas por un acto de terror inspirado por su racismo".

Otros líderes y políticos, como la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, también ya han perdido la paciencia con Trump. "Ya no quiero, de nuevo, oír la pregunta de si el presidente es un racista. Sí lo es", dijo en un discurso.

La xenofobia presidencial y la de millones de sus seguidores viene del temor de convertirse en minor√≠a en su propio pa√≠s. Los blancos (no hispanos) a√ļn son mayor√≠a en Estados Unidos. Pero en menos de treinta a√Īos ya no lo ser√°n. Se trata de una verdadera revoluci√≥n demogr√°fica que est√° poniendo a prueba la tolerancia de millones de estadounidenses. Aunque muchos le dan la bienvenida a un pa√≠s cada vez m√°s diverso, otros, como Trump, se resisten a un destino multi√©tnico y multicultural.

A golpes se me ha esfumado la esperanza de que Estados Unidos controle y limite el uso de armas. Ya perdí la cuenta de todas las masacres que he cubierto como periodista. Después de cada matanza -Columbine, Sandy Hook, Las Vegas, Parkland- creí que habíamos llegado al límite. Pero no fue así. Temo que las muertes en El Paso no cambien nada. Y que pronto tenga que subirme a otro avión para cubrir la siguiente masacre y la siguiente y la siguiente. Como padre, ya tuve esa difícil conversación con mis hijos: si les toca un tiroteo -les dije- traten de escapar, escóndanse o peleen. Pero no se queden inmóviles. Los pistoleros van cargados de balas, no de paciencia.

Se puede resolver el problema de las armas, pero el creciente racismo en Estados Unidos es a√ļn m√°s dif√≠cil de erradicar. Los grupos de odio han crecido en los √ļltimos cuatro a√Īos, seg√ļn el Southern Poverty Law Center. Y la ret√≥rica antiinmigrante va a terminar en gritos durante la campa√Īa presidencial de 2020.

Estamos en una temporada de odio.

Una ma√Īana cruc√© la frontera de El Paso a Ciudad Ju√°rez, en Chihuahua. Sobra decir que Ju√°rez fue considerada durante muchos a√Īos una de las ciudades m√°s peligrosas de M√©xico y de todo el hemisferio por la presencia de los c√°rteles de las drogas. La gran iron√≠a es que, tras la masacre en Texas, algunos habitantes de Ciudad Ju√°rez me dijeron que no se atrev√≠an a cruzar a El Paso con sus familias. Tem√≠an ser cazados o discriminados por el simple hecho de ser mexicanos. ¬ŅPor qu√© no quieren ir a Estados Unidos?, les pregunt√©. La palabra "racismo" estuvo en casi todas sus respuestas.

Nadie debería tener miedo por haber nacido mexicano o latino. Pero a eso hemos llegado en los Estados Unidos de Donald Trump. Lo que ocurrió en El Paso fue una masacre anunciada. Más allá de la absurda abundancia de armas de guerra en las calles, hay un hilo narrativo (feroz e inequívoco) desde las palabras de Trump en aquel julio de 2015 -"son violadores"- hasta la matanza en El Paso en este agosto de 2019.

Las palabras importan. Y, cuando van cargadas de odio, hacen much√≠simo da√Īo.

 

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