
Los estrategas políticos entendieron que las redes no eran solo espacios de movilización espontánea, sino máquinas de influencia.
Durante la crisis de 2008, la salida fue un enorme rescate estatal a los bancos y a las empresas consideradas sistémicas dentro del ecosistema financiero global, controlado por Occidente. El rol del Estado fue clave para frenar la crisis financiera y esto sirvió en su momento como cortafuegos de un desenlace que amenazaba con ser mucho peor si finalmente caía el sistema financiero global. Sin embargo, como explicamos, esto fue visto como injusto por amplios sectores que protagonizaron una serie de movilizaciones en todo el mundo.
Te puede interesar: De ocupar Wall Street a ocupar el Capitolio
Muchos gobiernos de derecha perdieron, hubo dictaduras que directamente cayeron y los gobiernos progresistas se vieron frente a un problema: la crisis continuaba y parte de su propia base electoral había sido convencida por narrativas que hablaban de enfrentar a los poderosos. La desregulación del sistema financiero era vista como causante de que el apalancamiento excesivo hubiera llevado al mundo al precipicio, impulsando una reacción contraria hacia la regulación.
Siguiendo procesos que empezaron en Europa, el gobierno de Biden impulsó investigaciones judiciales en contra de posiciones monopólicas de las grandes tecnológicas, algo que Trump inicialmente continuó. Los demócratas se ganaron un gran enemigo y, en cierto sentido, sepultaron su posibilidad de censurar posiciones políticamente contrarias que muchos asociaban con las extremas derechas.
El caldo de cultivo para una sobre-reacción sociopolítica en dirección contraria lo había generado la crisis financiera global y su resolución pro-élite. A eso hay que sumarle la pandemia global del COVID-19, que generó una búsqueda de culpables por privarle la libertad a los pueblos. En Argentina, personajes de extrema derecha como Javier Milei, que llama a los evasores de impuestos “Héroes”, sedujeron tanto a ese 1%, que. además, revolución tecnológica mediante, se había hecho con los nuevos medios de producción y reproducción de la información, como también al pueblo.
La sociedad que no encontró respuestas en las calles ni en los gobiernos de turno empezó a escuchar a la extrema derecha, que vino en todo el mundo con ideas simples. El problema no es solamente el 1% más rico; el problema son los políticos que quieren perpetuarse en el poder y por eso utilizan tu dinero para mantener planeros, inmigrantes o indigentes a cambio de votos. Así, con el discurso anti-casta en Argentina o el “drain the swamp” (vaciar el pantano) en EE. UU., la sociedad, tanto en sus élites como en las bases, ejecutó un giro político que la llevó a una nueva polarización, con el “wokeismo” y el socialismo de un lado, y las llamadas “ideas de la libertad” del otro.
Volviendo a la influencia de la tecnología, a comienzos de la década de 2010, las redes sociales parecían encarnar una promesa casi utópica: la de democratizar la organización política. Durante la Primavera Árabe, jóvenes de países como Túnez y Egipto utilizaron Facebook, Twitter y foros digitales para coordinar protestas, difundir abusos estatales y romper el cerco informativo de medios oficiales totalmente cooptados por los gobiernos de turno, en muchos casos dictaduras o cuasi-dictaduras con décadas en el poder. Las redes funcionaban como una infraestructura horizontal: permitían convocar marchas en horas, compartir tácticas y construir un relato común de indignación. Muchos analistas de la época hablaron de una “revolución conectada”, donde la tecnología amplificaba la capacidad de auto organización ciudadana frente a regímenes autoritarios.
Sin embargo, esa misma arquitectura digital, basada en la recolección masiva de datos, mostró pocos años después su reverso político. La lógica que permitía conectar multitudes también permitía segmentarlas, perfilar sus miedos y dirigir mensajes altamente personalizados. El caso paradigmático fue el referéndum del Brexit, donde el uso intensivo de datos de usuarios alimentó campañas de microtargeting político. Empresas como Cambridge Analytica demostraron que la huella digital (likes, hábitos de consumo, interacciones) podía convertirse en una herramienta de persuasión psicológica a escala industrial. De fondo se vislumbraba que, tanto para la Primavera Árabe como en el Brexit, los dueños del circo, por llamarlos así, eran quienes tenían el poder de “dejar jugar” o no a los actores políticos, ya fueran autoconvocados o profesionales.
En ese nuevo escenario, estrategas políticos entendieron que las redes no eran solo espacios de movilización espontánea, sino máquinas de influencia. Figuras como Steve Bannon impulsaron una lectura cultural del fenómeno: la batalla política ya no se libraba únicamente en discursos públicos, sino en algoritmos capaces de amplificar emociones, polarizar comunidades y reforzar identidades. La segmentación extrema permitía hablarle a cada votante con un mensaje diseñado para su sensibilidad particular, erosionando la idea de una esfera pública compartida.
El contraste histórico es notable. En la Primavera Árabe, las redes eran vistas como herramientas de emancipación colectiva; una década después, aparecían como plataformas donde datos personales podían utilizarse para orientar decisiones electorales y alimentar proyectos populistas o de extrema derecha. No se trata de que la tecnología haya cambiado de naturaleza, sino de que se volvió evidente su doble filo: facilita la organización democrática, pero también la manipulación sofisticada.
Así, la historia reciente de las redes sociales revela una tensión central de la política digital contemporánea: el mismo sistema que empodera a ciudadanos para coordinar protestas puede ser explotado por actores con recursos para moldear percepciones y comportamientos. Más que un giro moral de la tecnología, es una disputa por quién la entiende mejor y para qué fines, en una era donde los datos se convirtieron en el insumo principal del poder político. Al mismo tiempo, quienes controlan las plataformas controlan la moderación, o falta de moderación, que se hace de los contenidos. Entra dentro de la polarización actual la disputa sobre si se debe o no revisar los contenidos que circulan, algo que siempre sucede, pero que no siempre deriva en bloquear ese contenido. Las plataformas se convierten en guardianes de la subjetividad de los pueblos.
Ahora, como diría Hegel, cada nueva situación contiene las contradicciones que pueden hacerla estallar y dar paso a un nuevo momento histórico. Si el progresismo generó enfrentamientos con el establishment que luego no supo manejar, y al no resolver las demandas sociales unió a los más pobres con los más ricos, dio lugar a este giro hacia la extrema derecha. Trump y Milei también podrían sufrir un abandono de sus bases. La brutalidad de muchas medidas y las campañas de odio contra quienes piensan distinto también pueden unir a amplias mayorías que antes estaban divididas.
¿Dónde queda el periodismo en todo esto? El periodismo es visto como un enemigo por la extrema derecha, dado que es uno de los actores principales en la construcción de subjetividad. Aunque algunas críticas pueden ser acertadas, como la falta de cierta objetividad profesional en muchos medios o la idea de pasar opinión por información, hoy es más necesario que nunca el periodismo profesional.
Es fundamental que se siga chequeando la información, en especial la que proviene de sectores oficiales, como también que se investiguen los excesos que ocurren en todos los niveles de la sociedad. Además, en un ecosistema donde la información se ha convertido en arma y herramienta, donde las redes se utilizan para campañas de desinformación, es el periodismo el antídoto necesario.
El rol del periodismo es más necesario que nunca frente al avance de gobiernos que buscan cercenar el debate democrático y que, según nuestro análisis, y ojalá nos equivoquemos, no darán respuestas a las demandas que llenaron de manifestantes el mundo hace quince años y que pusieron en el poder a la extrema derecha actual.












