
Por mucho que ambos líderes intercambien palabras conciliadoras y opten por una distensión táctica, conviene recordar una cuestión básica del sistema internacional actual: China y Estados Unidos son rivales sistémicos.
Donald Trump ha viajado a China para reunirse de nuevo con Xi Jinping en una visita oficial de dos días que se produce en medio de un contexto internacional cada vez más inestable e impredecible, precisamente, en parte, como consecuencia de las políticas militaristas emprendidas por el presidente estadounidense: ataques en el mar Caribe, el secuestro de Nicolás Maduro o la guerra contra Irán.
Así las cosas, los líderes de las dos principales potencias del planeta buscan sellar una especie de tregua que otorgue estabilidad a la relación bilateral mientras ambos se centran en sus prioridades estratégicas.
Pese a la creciente rivalidad en múltiples ámbitos –desde la economía y la tecnología hasta la cuestión de Taiwán–, tanto en Pekín como en Washington existe la percepción de que suavizar parcialmente las tensiones a corto plazo beneficia a sus intereses más inmediatos. No es para menos.
Estados Unidos se encuentra inmerso en una guerra en el golfo Pérsico que no está sabiendo ganar y de la que tampoco tiene claro cómo salir. Una contienda que, además, está provocando un fuerte impacto en los mercados internacionales y reconfigurando las dinámicas regionales en Oriente Medio.
La administración republicana también mantiene entre sus principales prioridades el repliegue hemisférico y la gestión de los desafíos económicos que afronta la mayor potencia del planeta. Todo ello, además, en un contexto de desgaste interno: la encuesta de The Economist sitúa la desaprobación de su gestión en el 58%, en línea con otros sondeos como los de Ipsos o YouGov.
China, por su parte, considera positiva cualquier distensión con su competidor sistémico. En Pekín impera la sensación –al menos por ahora– de que el tiempo juega a su favor gracias a los avances tecnológicos y militares logrados en los últimos años y al progresivo declive del bloque occidental. Así pues, cualquier compromiso con Washington, por pequeño que sea, le permite centrar su atención hacia ámbitos que considera más favorables: la economía, la proyección exterior o Taiwán.
De hecho, en la última reunión mantenida por ambos líderes en octubre de 2025, China logró una tregua comercial que, aunque no solucionó el problema de fondo, sí permitió suavizar temporalmente la presión.
Estados Unidos, por ejemplo, se comprometió a suspender determinados controles de exportación tecnológica, posponiendo la polémica BIS 50 percent rule, que incluía en una lista negra a filiales controladas mayoritariamente por empresas chinas, impidiéndoles adquirir tecnología restringida susceptible de acabar en manos de sus matrices.
China también piensa que su posición frente a Estados Unidos se ha reforzado principalmente por dos factores. En primer lugar, Pekín cuenta hoy con más poder, voluntad y determinación para defender sus intereses. A diferencia de la guerra comercial de 2018, durante el primer mandato de Donald Trump, la potencia asiática sabe cómo responder y se siente mucho más preparada para afrontar los golpes procedentes del otro lado del Pacífico.
Así, por ejemplo, China ha utilizado su monopolio sobre las tierras raras –un recurso imprescindible para la fabricación de numerosos productos tecnológicos y armamentísticos– como herramienta de presión.
También destaca la reciente decisión de bloquear las sanciones estadounidenses contra cinco refinerías chinas por comprar petróleo iraní. La medida resulta especialmente relevante porque cuestiona uno de los pilares centrales del poder de Washington: su capacidad para utilizar las sanciones y el peso de su sistema financiero con el objetivo de convertir sus decisiones en normas de alcance global.
En segundo lugar, en Pekín existe la percepción de que, aunque Estados Unidos continúa siendo la principal potencia mundial, atraviesa un proceso progresivo de declive relativo.
Washington sigue teniendo capacidad para imponer su voluntad e intereses –como ocurrió en Venezuela con Nicolás Maduro–, pero permanece atrapado en conflictos considerados secundarios y sin una salida clara, como Ucrania o Irán, mientras disminuye su capacidad para doblegar a otras potencias que cada vez actúan con mayor autonomía en el sistema internacional.
Este es, brevemente, el contexto internacional en el que se celebra la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, un encuentro del que no se esperan grandes acuerdos ni compromisos, algo ya habitual en los últimos años. No obstante, previsiblemente, el republicano acude con varios objetivos en mente:
Lograr que China le ayude a desbloquear las negociaciones con la República Islámica de Irán, presionando a Teherán para poner fin a la guerra.
Aumentar las compras chinas de productos estadounidenses como soja, carne de vacuno, aviones Boeing o hidrocarburos –de ahí que al presidente le acompañen empresarios como Kelly Ortberg o Tim Cook–.
Conseguir que Pekín relaje las restricciones sobre la exportación de tierras raras.
Como ya se ha señalado, mantener una relación relativamente estable dentro de la tensión estructural existente entre ambos países.
Evidentemente, detrás de todo ello existe también un objetivo interno: vender una victoria de cara a las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, un proceso electoral que se presenta cada vez más complicado para el Partido Republicano.
Por su parte, Xi Jinping centrará sus demandas en cuestiones tecnológicas –un ámbito en el que Estados Unidos ha impuesto numerosas sanciones y restricciones– y, cómo no, en Taiwán.
El líder chino busca que Washington reduzca sus compromisos con la isla en un momento en el que el gobernante Partido Democrático Progresista (PDP) pretende impulsar un presupuesto adicional de defensa de 40.000 millones de dólares durante ocho años para adquirir más sistemas militares estadounidenses y elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB en 2030.
De todos modos, por mucho que ambos líderes intercambien palabras conciliadoras y opten por una distensión táctica, conviene recordar una cuestión básica del sistema internacional actual: China y Estados Unidos son rivales sistémicos que desconfían profundamente el uno del otro y que saben que, tarde o temprano, las tensiones latentes volverán a estallar.












